**ADRIANA** Nos sentamos juntos en la cama, sin prisas, sin necesidad de palabras que llenaran el silencio. El vestido aún permanecía puesto, como una segunda piel que había sido testigo de la jornada, y su saco descansaba sobre el sillón, como un escudo de protección. Nuestros pies entrelazados, sin pensar, como si esa unión fuera un acto instintivo y sagrado. La cercanía no era solo física; era la conexión de dos almas que, en el fondo, habían esperado toda una vida para encontrarse. —Te imaginaba muchas veces —confesó Tomás, mirando fijamente al techo—. Pero nunca así. Nunca tan cerca, tan real, tan tangible en cada gesto, en cada suspiro. Le miré con una mezcla de nostalgia y alegría, sintiendo que esas palabras resonaban profundamente en mi corazón. —Yo también te imaginé —le resp

