Enciendo el auto con el corazón latiendo a mil. Pongo marcha atrás y salgo del estacionamiento del restaurante. Para variar, lágrimas comenzaron a salir por mis ojos, pero esta vez no son lágrimas de tristeza, sino, de rabia y humillación. ¿Como se había atrevido? Mi hija no es algo que se pueda comprar, mucho menos con un millón de dólares. Mi celular suena, y el número aparece en la pantalla del tablero del auto. Abogado. Corto la llamada y apago mi teléfono. A penas leí las dos palabras ennegrecidas en el documento que me entregó, tomé mis cosas y salí del restaurante. A Ariana nunca la había hecho falta nada, mucho menos ahora. El abogado puede meterse el dinero por donde mejor le quepa, y no me refiero a su cuenta bancaria. Subo la música y me meto en la carretera a toda veloci

