¿Por qué tenía que verse tan endiabladamente guapo? En cuanto bajé del viejo coche acondicionado para matrimonios, lo vi parado fuera de la iglesia esperándome. No se veía bien, al contrario, su rostro me recordó a los días de “El tormento”, cuando recibió la foto de Diego y yo. Sufría. Eso era. Para mí, esta última semana sin él, se me hizo eterna. Había decidido dejar de verlo porque verlo me hacía mal, ¿qué pasaría los siguientes siete años? Yo sabía que no sería capaz, pero ¿y si él no me perdonaba? Diego lo jaló hacia adentro, habíamos quedado prendados con nuestras miradas. Lo amaba, no podía negarlo. Y él me amaba, no podía refutarlo. El pasillo desde la puerta hasta el altar, se me hizo eterno. El órgano comenzó a tocar una suave y delicada música a medida que avanzaba.

