ELENA
Mi cuerpo reaccionó por instinto. La forma en que se movía dentro de mí me hacía perder el control. Aunque gemía una y otra vez, nada parecía suficiente para liberar lo que hervía por dentro. Los ojos se me pusieron en blanco; el placer era tan crudo que dolía. Apreté mi v****a con fuerza, sintiendo cómo la envolvía, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Él se volvía cada vez más salvaje, más intenso… y entonces, una embestida profunda desató mi orgasmo sin aviso.
Me recorrió un escalofrío violento. Temblaba. Mis gemidos se volvían más fuertes, desgarrados. Él no se detenía. Podía notar cómo su cuerpo también se acercaba al límite. Su erección palpitaba, desesperada, latiendo dentro de mí.
Rodeé su cuello con mis brazos y le susurré al oído:
—No te corras dentro.
Solo le bastaron dos movimientos más antes de retirarse y terminar sobre mi trasero. Sentí el calor de su semen esparciéndose mientras su boca buscaba mi cuello, lamiéndolo, chupándolo sin tregua.
—¡Damian! —protesté, sin poder evitar un jadeo.
Él solo soltó una risa y me apretó contra su pecho.
—¡Otra vez me marcas! —me quejé, apartándome con molestia. Lo fulminé con la mirada, pero le daba igual.
Me observaba con ese aire arrogante que tanto me irritaba.
—Al menos así todos sabrán que tienes dueño —dijo, sin vergüenza.
Rodé los ojos. Sabía muy bien a quién se refería: a los idiotas de la oficina que no dejaban de invitarme a salir.
—Y van a preguntar quién fue el cabrón que se atrevió —solté con rabia.
Él gimió y volvió a hundir su rostro en mi cuello.
—j***r, nena... yo gritaría que eres mía si pudiera. ¿Tú no harías lo mismo por mí?
Suspiré. Le tomé el rostro con cuidado y lo obligué a mirarme. Sus ojos estaban bajos, como si esperara una negativa.
Pasé los dedos por su mejilla y hablé con calma.
—Sabes que no puedes. No ahora. Tu reputación lo arruinaría todo. Eres el CEO que se acuesta con su secretaria. Nadie te lo perdonaría.
—Serías la burla del sector —añadí con amargura.
Él me sostuvo la mano con fuerza, la alzó y la besó.
—A mí solo me importas tú, Elena.
—Pero yo sí pienso en lo que pueda pasar. Espera a que me gane un lugar real. ¿Puedes hacer eso por mí, amor?
Suspiró hondo. Dudaba, pero lo disfrazó con una broma. Me abrazó de nuevo y, antes de que pudiera decir algo más, lo sentí entrar otra vez dentro de mí, lento, provocador.
—Una ronda más y te prometo que lo pensaré —susurró con una sonrisa traviesa.
—¡Idiota! —reí, golpeándole el brazo sin fuerza.
Sus ojos se entrecerraron con esa maldita mirada. Se levantó, me cargó sin esfuerzo y me dejó sobre la mesa. Su m*****o se hundía cada vez más profundo mientras subía mis piernas a sus hombros.
—Daría lo que fuera por dejarte embarazada.
Abrí los ojos de par en par. Lo fulminé con la mirada.
—Ni se te ocurra correrte dentro. No ahora. No estoy lista —le advertí, sintiendo cómo comenzaba otra vez su vaivén.
—La próxima vez —respondió, sin dejar de moverse.
Mis brazos se aferraron a su espalda. Nada nos interrumpía. La oficina era nuestra y, con la puerta cerrada, mis gemidos quedaban atrapados entre las paredes insonorizadas.
Terminamos donde él quería. La mesa, el sofá, incluso el baño… recorrimos cada rincón como si estuviéramos compensando una eternidad sin tocarnos. Me ardía el cuerpo, una mezcla de dolor y placer que no me dejaba pensar con claridad. Lo habíamos hecho el día anterior, pero la necesidad seguía viva, arrastrándonos de nuevo a su oficina.
—No quiero que me llames mañana —le dije mientras me acomodaba la ropa—. Todo el mundo anda con sospechas, y ya empezaron a preguntarme por mis informes.
Me giré para ver su cara y ahí estaba, frunciendo los labios como un niño al que le quitan un juguete. No le gustaba lo que oía, pero yo no podía ceder.
—Ve mañana al piso… al nuestro, ¿sí? —le dije, más suave, mientras le daba un beso corto.
—¿Y si no tengo opción? —suspiró, abrazándome de nuevo. Sentí su aliento irregular rozando mi cuello.
—Debo regresar. Ya deben de estar preguntándose por qué tardo tanto —murmuré mientras me apartaba de sus brazos.
Me clavó los ojos.
—Te amo —susurró.
Le sonreí con ternura, acariciándole la mejilla. Increíble que ya fueran casi tres años juntos. Todo funcionaba, salvo los rumores que a veces lo ligaban con mujeres que no conocía.
—Yo también te amo —le respondí, y empecé a alejarme.
Habíamos comprado un piso para poder vernos sin complicaciones. Era cómodo, privado, y él podía ir y venir cuando quisiera.
Justo cuando iba a abrir la puerta, me detuve un segundo para mirarlo otra vez. Seguía allí, observándome fijo. Le lancé una sonrisa apretando los labios.
—Me voy —dije sin voz, solo moviendo los labios, y salí.
—¡Madre mía, la cara que traes! ¡Seguro que te volvió a dar una buena tratada! —exclamó Clara apenas me vio.
—Nuestro jefe está insoportable —añadió Lucía con una risita nerviosa—. Tendrías que esforzarte más para que el tipo no te vuelva a llamar.
Hice una mueca en silencio.
Si supieran la clase de "regaño" que me dio, dudo que corrieran como ratoncitas. Más bien se lanzarían de cabeza a su oficina sin pensarlo.
No dije nada. Me dejé caer en mi silla, completamente agotada.
¡Maldita sea! Era demasiado. Ya ni sabía cuántas veces lo habíamos hecho.
Solo sacudí la cabeza. Sentía los ojos de ambas encima, llenos de lástima. Seguramente pensaban que me había tocado otro sermón o un aluvión de papeles.
No tenían ni idea de lo que de verdad agota: venirse una y otra vez.