El acuerdo no empezó con firmas ni apretón de manos. Empezó con un suspiro.
Fue dos días después del diagnóstico brutal. Elías llegó al Limonetto a la misma hora de siempre, bien vestido con uno de sus traje como siempre, pero con una expresión diferente. Menos segura. Más… abierta.
Maya lo vio entrar y supo que algo había cambiado.
Se acercó a la mesa 12 con su sonrisa de combate.
—Buenas tardes, paciente favorito —saludó—. ¿Hoy qué tenemos? ¿Cita 636? ¿637? ¿Un maratón?
—Una sola —respondió él—. Y… una propuesta.
Ella arqueó una ceja.
—Me interesa más la propuesta que la cita. El café luego.
Se sentó. Él abrió su maletín, pero no sacó la libreta negra, sino una carpeta con hojas impresas.
—Te escucho —dijo ella, cruzando los brazos.
—He estado pensando en lo que dijiste —empezó él, bajando un poco la voz—. Y admito que… puede que tengas razón. En algunas cosas.
—Corrección: Tengo razón en todo —lo interrumpió ella con una sonrisa.
—No exageres —murmuró él, pero se le escapó una media sonrisa.
Maya lo miró con atención.
Él no parecía el mismo hombre de hace dos días que se defendía de todo. Seguía formal, sí, pero había algo nuevo: vulnerabilidad.
—Quiero que me ayudes —dijo al fin.
Maya se acomodó en la silla.
—Más fuerte, que no te escuchó.
Él carraspeó.
—Quiero que me ayudes —repitió, esta vez más seguro—. Con mis citas. Con todo esto.
Ella no se burló. Solo sonrió, suave.
—Bien —dijo—. Empezamos hoy.
—¿No vas a preguntar cómo, cuánto, bajo qué condiciones…?
—Eso ya lo veremos —respondió—. Por ahora, dime qué tienes esta tarde.
Él abrió su libreta.
—Cita con… Cristina Hunt. —leyó—. 29 años. Diseñadora gráfica. Nos conocimos en una aplicación. Le gusta el arte, la fotografía, los perros—
—Stop —dijo Maya, levantando la mano—. No estás leyendo la etiqueta de un producto.
—Solo estoy—
—¿Qué fue lo que más te llamó la atención de ella? —preguntó, mirándolo directo.
Él se quedó unos segundos en blanco.
—Su… perfil era muy claro —dijo—. Explicaba bien sus intereses. Escribía sin faltas de ortografía.
Maya apoyó la frente en la palma de la mano.
—Y tú te preguntas por qué sigues soltero.
Él bufó.
—¿Qué se supone que diga?
—No sé, algo como “me gustó su sonrisa” o “tenía una mirada interesante” o “parecía divertida”. Algo humano —respondió ella—. Mira, primera tarea: hoy no puedes comentar nada sobre ortografía, ni sobre productividad, ni sobre horarios eficientes.
—¿Y de qué hablo, entonces?
—De ella. —Maya señaló su pecho—. Le preguntas qué le gusta, cómo se siente, qué la hace reír. Y escuchas. Sin interrogar.
—Eso es… muy vago.
—Eso se llama conversación, cariño.
Se inclina hacia él.
—Y otra cosa: hoy quiero que, al menos una vez, te rías de verdad.
—Yo me río.
—Te hace cortocircuito el cerebro cada vez que te ríes —se burló—. Parece que te doliera.
Él la miró, ofendido… pero con brillo divertido.
—Está bien —cedió—. Intentaré reírme de verdad.
—No intentes. Déjalo pasar. Y si ella dice algo absurdo, en vez de corregirla, pregúntale por qué piensa así. A veces las cosas absurdas son las mejores puertas.
La cita con Cristina ocurrió una hora después. Maya se movía por el local, pero su radar estaba pendiente solo de la mesa 12. Observó a Elías intentando no sacar la libreta, abriendo la boca para corregir y frenándose, forzando una sonrisa que, de a poco, se volvió menos forzada.
Cristina contó una anécdota de su perro que se comió un pastel de cumpleaños. Él se rió. Una risa corta, pero real.
Cuando la cita terminó, Cristina se marchó con un: “me gustó hablar contigo, espero que nos veamos otra vez”, que sonó genuino.
Maya se acercó apenas ella salió.
—Informe —pidió.
—Creo que salió… bien —dijo Elías, sorprendido—. No fue perfecta, pero tampoco fue incómoda.
—Te vi reír —lo felicitó—. Casi se te caen los esquemas.
Él jugueteó con el borde de la taza.
—No fue tan terrible como pensé.
—¿Ves? Y eso que todavía no me pagas —bromeó.
—¿Pagarte?
—¿Crees que mi sabiduría viene gratis? —alzando una ceja—. Pero tranquilo, todavía estamos en la fase gratuita de la trama.
Y así, sin actas ni firmas, quedó establecido un ritual:
Cada cita de Elías terminaba con un análisis en la mesa 12 con Maya.
Él exponía.
Ella comentaba.
Él se defendía.
Ella se reía.
Y, entre comentario y comentario, sin que ninguno de los dos lo notara, Elías empezó a buscar su opinión no solo por curiosidad, sino porque cada vez le importaba más su mirada de aprobación … que la de cualquiera de las mujeres con las que salía.