CAPÍTULO 7: EL CONTRATO

1094 Palabras
El informal acuerdo no le duró mucho al ingeniero mental de Elías. Tres días después, apareció en el Limonetto con cara de haber preparado un plan de evacuación emocional. Maya estaba en la barra colocando etiquetas a los frascos de azúcar cuando lo vio entrar con una carpeta azul bajo el brazo. —Uy, hoy vienes muy serio, como si fueras a presentar una tesis. ¿Dónde están las diapositivas? —se burló. Él negó. —No hay diapositivas. —Entonces no me interesa —siguió bromeando. Sonrió ampliamente, pero él no. Se notaba tenso. —Maya, ¿podemos hablar un momento? —preguntó—. Sin bromas de por medio —puntualizó. Ella lo miró con curiosidad. Lo llevó a una mesa al fondo, lejos del ruido. No era la 12. Ya era un progreso. —A ver —dijo, sentándose—. ¿Qué pasó? ¿Te demandó alguien? ¿Te confundiste de novia? Él puso la carpeta sobre la mesa y la deslizó hacia ella. —Lo estuve pensando —empezó—, y si vamos a seguir con esto… quiero hacerlo bien. Ella abrió la carpeta. Adentro había varias hojas impresas, con encabezados formales y párrafos justificados. —No… —murmuró ella, sintiendo la risa subirle—. No puede ser. —Es un contrato —explicó él, muy serio—. De asesoría sentimental. Tú eres la asesora. Yo el cliente. —¿En serio acabas de convertirme en una consultora de tu corazón? —dijo ella, riéndose ya sin poder contenerse—. Elías… esto es otro nivel. —No es gracioso —respondió él—. Hablamos de tiempo, de dinero, de confidencialidad. Es un trabajo. No quiero que sientas que abuso de ti ni que esto es un juego. Tampoco que soy tu obra de caridad. Ella dejó de reírse. Lo miró con un poco más de respeto. —Yo nunca dije que lo fueras. —Pues actúas como si… —respondió él. Maya entendió lo importante que era para él, así que dejó de tomárselo con gracia. —¿Puedo leer? —preguntó. —Para eso es. Pasó hoja por hoja. Había apartados como: Objeto del contrato: Asesoría en materia de relaciones sentimentales. Honorarios: Una suma de 20.000 dólares por mes, pagada puntualmente. —¿Qué? ¿En serio me pagarás esa cantidad de dinero? —Sí, ¿por qué? ¿Te parece poco? —¿Qué? No, es más del doble de mi salario. Es solo que no creí que fueras tan pudiente. —Ya ves, ser un robot da sus frutos —dijo cruda y sarcásticamente—. Sigue leyendo, por favor. Confidencialidad: Ninguna información sobre las citas puede ser divulgada a terceros. Duración: Desde el día de la firma hasta el 31 de diciembre. Maya seguía leyendo cada palabra que allí estaba escrita con cierto interés, hasta que llegó a una cláusula que jamás pasó por su mente. —“Cláusula 7: ninguna de las partes podrá involucrarse emocional o románticamente con la otra durante la vigencia del contrato” —leyó—. ¿Qué es esta estupidez? Elías se aclaró la garganta. —Es… una medida de prevención. Para que no se mezclen las cosas. Ella lo miró con cara de “¿en serio?”. —¿De verdad piensas que necesito un contrato para recordarme que tú eres mi cliente? —preguntó—. ¿O te da miedo enamorarte de mí, Harrington? Él se atragantó con su propia saliva. —Yo… no dije eso. —Ay, tranquilo, que para que yo me enamore tienen que pasar muchas cosas —dijo ella, riendo—. Y tú apenas estás aprendiendo a mirar a los ojos, no exageres. Él no supo si sentirse aliviado o herido. —Solo quiero que las cosas estén claras —insistió—. No quiero aprovecharme de ti ni que sientas que esto es informal. Tu trabajo merece respeto. Eso sí la tocó diferente. Maya volvió a bajar la mirada al papel. Nadie le hablaba de su trabajo así. La mayoría de la gente veía “solo una camarera”, alguien que llevaba bandejas y sonreía. Pocos entendían que se mataba trabajando, que hacía malabares con horarios, cuentas y cansancio. Que alguien como Elías dijera que su tiempo merecía respeto… le revolvió algo bonito en el pecho. —Aun así, creo que la paga es muy alta —dijo, señalando la cifra, al sentirse culpable por burlarse de él. —Ya te dije, puedo permitírmelo —respondió él—. Y lo vale si… si de verdad consigo algo diferente esta vez. Ella lo observó unos segundos. —¿Estás seguro? —Dije que sí… —Entonces te lo acepto —dijo—. Porque necesito el dinero. Y porque, aunque no me pagues, igual me metería en tu vida. —¿Perdón? —Nada —sonrió—. ¿Y qué pasa cuando llegue el 31 de diciembre? Él enderezó la espalda. —Si para final de año no he encontrado a alguien con quien quiera intentar una relación seria, terminará el contrato. Y dejaré de buscar citas a ciegas. Maya levantó las cejas. —¿En serio? —Sí. No puedo pasarme la vida en esto. Ella asintió, más seria. —Tres meses —dijo—. De hoy a Año Nuevo. Suena razonable. Tomó el bolígrafo que él le extendía. Cuando lo hizo, sus dedos se rozaron un segundo de más. Los dos lo notaron. Los dos lo ignoraron. Firmó. —Listo —dijo, devolviéndole el papel—. Ya tienes tu consultora oficial. Y, por cierto, tu cláusula siete es ridícula. —¿La cambias? —Eso debiste negociarlo antes de firmar. Realmente serías alguien muy fácil de estafar. Ella lo miró de mala gana. Él se quedó mudo. Ella se levantó. —Deberías usar ese mismo tono con el que me tratas para tus citas. Te aseguro que funcionaría mejor que hablar de estadísticas mientras haces anotaciones en tu tonta libreta. Elías abrió la boca para responderle, pero los clientes comenzaban a llegar más seguido y no quería ser regañada por su jefe. Así que ella siguió hablando, quitándole el espacio de defenderse. —Ahora, cliente —dijo con voz profesional falsa—, vamos a planear tu rehabilitación. Y mientras ella se iba hacia la barra, él metió cuidadosamente el contrato en la carpeta, evitando que incluso las puntas se arrugaran. Lo guardó como algo tan delicado e importante que debía ser asegurado lo mejor posible.
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