El calendario del café marcaba octubre.
La pizarra del día decía: “Especial de la casa: capuchino con canela”.
Y la servilleta de la mesa 12 estaba a punto de convertirse en el documento estratégico más importante de la vida sentimental de Elías.
—Necesitamos un plan —dijo Maya, ya sentada, con la lengua entre los dientes mientras dibujaba cuadros y flechas.
—Pensé que el contrato era el plan —comentó él.
—No, eso solo es el marco legal de tu desastre —respondió ella—. Esto es el plan real.
Dibujó una línea de tiempo.
—Mira: octubre, noviembre, diciembre. Tres meses.
Objetivo: que a más tardar el 31 de diciembre estés con una mujer que, mínimo, te provoque quedarte en la misma mesa sin mirar el reloj.
—Eso no es un objetivo técnico.
—No estamos en una auditoría —dijo ella—. Estamos en “operación: que dejes de ser tan infeliz”.
Empezó a enumerar en voz alta:
—Primero: dejarás de salir con mujeres solo porque cumplen los requisitos de tu lista.
—¿Cómo decidiré con quién salir, entonces?
—Con intuición —dijo ella.
Él hizo una mueca.
—La intuición se equivoca.
—Tus listas también —le recordó—. Así que vamos a probar con la otra mitad de la humanidad.
Escribió:
1. Menos filtros absurdos.
2. Más curiosidad genuina.
3. Prohibido sacar la libreta en la primera cita.
—¿Qué? —se quejó él— Como anotaré todo?
—Puedes tomar notas mentales.
—Pero luego puedo olvidarlas.
—Ese es el punto —dijo ella, mirándolo—. Que vivas la cita, no que la registres.
Siguió anotando.
—Haremos una cita “entrenada” a la semana. Yo estaré detrás evaluando y, al final, repasamos. También quiero…
Se detuvo, mirándolo seria.
—Quiero que hagas cosas que no tengan que ver con citas.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo qué?
—Salir solo, ir a un lugar nuevo, hacer algo que te haga reír sin estar pensando si eso suma puntos en algún lado. Quiero que conozcas cómo eres cuando no estás en modo entrevista.
Él consideró eso, incómodo.
—No sé si tengo tiempo para—
—Lo tienes —dijo ella—. Te lo voy a sacar aunque sea de las hojas de Excel.
Anotó:
4. Una actividad fuera del café cada 15 días.
—¿Con quién? —preguntó él.
—Con quien tú quieras. Tienes amigos?
—Si.. Laura y… —No terminó de hablar cuando ella de inmediato lo interrumpió.
—Perfecto. Puedes salir Con tu amiga Laura, o conmigo… —se dio cuenta de lo que acababa de decir, carraspeó—
—Tengo más amigos… —Dijo el, un poco tímido, aunque ella tomó su respuesta de una forma diferente.
—Pues sal con tus otros amigos, O solo. El punto es que salgas de esta mesa.
Lo miró.
—Y otra cosa —agregó, escribiendo la número cinco—: quiero que me prometas que, si en algún momento te sientes mal, no vas a fingir que todo está bien solo para que el plan no se “rompa”.
Él la observó, sorprendido.
—Como sabes que haré eso?
—Por qué te he visto hacerlo en tus citas a diario.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó, sin ironía esta vez.
Maya se tardó un segundo en responder.
—Porque… —se encogió de hombros— porque me caes bien. Aunque a veces quiera golpearte con una taza.
Él sonrió, genuino.
—Supongo que es un avance.
—Lo es —dijo—. Cliente que hace sonreír a su asesora: punto extra.
Al final, la servilleta estaba llena de garabatos, fechas, flechas y una frase, escrita en grande por ella:
“Premisa: no estás solo en esto.”
Maya arrancó la servilleta con cuidado y se la extendió.
—Guárdala.
—Es una servilleta —dijo él, pero la tomó.
—Es más que eso. Es el proyecto que he denominado, “AÑO NUEVO” además, te sirve como recordatorio —respondió—. Cada vez que quieras salir corriendo, la ves. Y te acuerdas de que ya firmaste, y que yo no pienso dejarte rendirte.
Él la dobló con una delicadeza que nunca le había tenido a ninguna servilleta en su vida. La metió en el maletín, entre documentos importantes.
—Está bien —dijo—. Confiaré en tu plan.
—Segundo milagro del mes —murmuró ella.
Y sin que ninguno lo notara todavía, el 31 de diciembre dejó de ser una fecha en un contrato y empezó a convertirse en una especie de reloj silencioso… que contaba hacia algo más grande que un “objetivo cumplido”.