El sábado olía a café recién molido, a lluvia lejana y a nervios.
Maya revisaba la hora en el móvil mientras caminaba de un lado a otro detrás de la barra.
—Relájate tú también —dijo Julián—. Parece que la cita fuera tuya.
—Es mi paciente —respondió ella—. Si sale mal, es mi reputación como asesora la que queda dañada.
—¿Tu reputación dónde? —se burló él.
No le contestó, porque en ese momento Elías entró por la puerta.
Traje azul oscuro, camisa azul claro, zapatos impecables. El pelo, como siempre, perfectamente peinado hacia atrás, ni un solo mechón fuera de lugar.
Maya lo miró de arriba abajo, se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
—No.
—¿No qué? —preguntó él, confundido.
—Así no —sentenció—. Pareces un gerente de banco a punto de negarle un crédito a la muchacha.
—Este es mi atuendo habitual.
—Ese es el problema.
Lo arrastró, literalmente, hacia el pasillo del baño.
—Maya… —protestó él.
—Shhh! Confía en mí. O finge que confías.
Lo paró frente al espejo.
—Mírate —le ordenó.
Él se observó. Traje perfecto. Corbata perfecta. Expresión tensa.
—Estoy bien —dijo él.
—Estás… demasiado bien —dijo ella—. La idea es que la chica piense “qué guapo”, no “qué miedo”.
Se acercó y, sin pedir permiso, le aflojó la corbata.
—Respira —le ordenó.
—Estoy respirando.
—No se nota.
Le desabotonó el primer botón de la camisa.
Él se puso rígido.
—Maya…
—Tranquilo, no te estoy desnudando, solo quitándote el disfraz de robot.
Le despeinó un poco el cabello. No mucho, pero lo suficiente para que pareciera que había viajado en el tiempo, y había usado la gomina que usaban en la película “GREASE”
Se alejó un paso y lo evaluó.
—Mejor.
—Me siento… desarreglado —dijo él, incómodo.
—No estás desarreglado, solo… luces más fresco
—Y para verme fresco debo parecer como si no colocara empeño en mi aspecto?
—Ay, no seas exagerado. Solo te desabotoné un botón y te sacudí un poco el cabello.
—Jum! —Exclamó poco convencido.
—Bienvenido al mundo de las citas —respondió ella—. Ahora, regla rápida: nada de hablar de trabajo los primeros quince minutos.
—¿Y de qué hablo, entonces?
—Pregúntale cosas sencillas. Sus hobbies, su familia, lo que le gusta hacer un domingo.
—¿Y si dice algo que no me interesa?
—Finges interés.
—No me gusta fingir.
Ella sonrió.
—Entonces has que te interese. Pero tienes que aprender a ver más allá de tus listas.
Volvieron a la sala principal. La chica ya estaba ahí, sentada en una mesa cercana a la ventana. Cosa que se inmediato alertó a Elias.
Se llamaba Sofía. Tenía el cabello rizado, suelto, una blusa amarilla con flores pequeñas y unos ojos oscuros que sonreían antes que su boca. Maya la conocía: era clienta frecuente, siempre pedía mocaccino y se llevaba un libro para leer.
—Buena elección, admito —murmuró Maya.
—Que? La mesa? No me gusta…
—No tonto! La chica.
—La escogiste tú —recordó él.
—Por eso mismo.
Cuando Sofía vio a Elías, se levantó, sonriendo.
—Hola —dijo—. Por fin te conozco en persona. Maya sin dudarlo se alejó en dirección a la barra
—Hola —respondió él, y por un segundo, se quedó en blanco.
Maya, desde la barra, movió los labios exageradamente para que él la leyera:
“SON-RÍ-E”.
Él lo hizo. Una sonrisa un poco tensa, pero real.
Se sentaron. Maya se ocupó de llevarles las bebidas ella misma, en lugar de mandar a otro.
—Aquí tienen —dijo, dejando el café de Sofía y el de Elías—. Que lo disfruten.
Sofía le sonrió.
—Gracias, Maya.
Elías la miró, sorprendido.
—¿La conoces?
—Vengo mucho —dijo Sofía—. Aquí hacen los mejores mocaccinos de la ciudad.
—Lo sé —respondió Maya, guiñándole un ojo—. Los dejo.
Se retiró, pero no demasiado lejos.
—Que raro, nunca antes te había visto.
—Es que siempre me gusta ir a la terraza. Aunque yo sí te había visto varias veces.
Durante los primeros minutos, Elías cometió sus errores habituales: habló de su trabajo con demasiados detalles, mencionó un informe, hizo un comentario sobre la puntualidad.
Pero Sofía no se aburrió. Le contó sobre su amor por los perros, sobre las ilustraciones que hacía, sobre un viaje que quería hacer sola.
—Suena… arriesgado —dijo él.
—La vida lo es —respondió ella, riendo.
Desde la barra, Maya hacía caras, indicándole a Elías con gestos que hiciera preguntas, que se riera, que no corrigiera cuando Sofía dijo “haiga” por accidente.
Él lo notó, y se tragó la corrección.
En un momento, Sofía contó cómo su perro se había comido el pastel de cumpleaños de su sobrino y terminaron todos cantando alrededor de una tarta medio destruida.
Elías, sin pensarlo, soltó una carcajada.
No fue una risa tímida, fue una risa honesta que lo tomó por sorpresa a él mismo.
Sofía se rió también.
—Eso habría arruinado el día de mucha gente —comentó él.
—A nosotros nos hizo más feliz —respondió ella—. ¿No te pasa a veces que las cosas salen mal, pero salen mejor?
Él miró de reojo a Maya, que los observaba con atención.
—Últimamente, sí —dijo.
Cuando la cita terminó, Sofía lo miró a los ojos.
—Me gustó hablar contigo —dijo—. Fue… diferente a lo que esperaba.
—¿Diferente bien o diferente mal? —preguntó Elías.
—Diferente bien —confirmó ella—. Si quieres, podemos repetirlo.
Elías se quedó un segundo en silencio, y luego asintió.
—Me gustaría.
Sofía se despidió, le dio la mano con calidez y se fue, oliendo a perfume suave y café.
Maya apareció inmediatamente.
—¿Y bien? —preguntó, apoyando las manos en la mesa.
—Creo… que funcionó —dijo él—. No fue perfecta, pero no fue un desastre.
—No sacaste la libreta —observó ella.
—La tengo aquí —señaló el maletín—. Pero no sentí que… la necesitara tanto.
Ella sonrió, satisfecha.
—Esa fue tu primera cita bajo supervisión Maya. Resultado: aprobado, con potencial.
—Ella dijo que podríamos vernos otra vez —admitió él, como si no terminara de creerlo.
—¿Y tú quieres verla otra vez? —preguntó ella.
Él se quedó pensando unos segundos.
—No lo sé —dijo honestamente—. Me cayó bien. Pero no sentí… algo fuerte. No todavía.
Maya lo miró, sin juicio.
—Está bien. No tienes que sentir fuegos artificiales en la primera cita. A veces solo necesitas saber que no quieres salir corriendo.
Él sonrió.
—Hoy no quise salir corriendo.
—Entonces es un gran avance —respondió ella—. Y, dato importante: te reíste. Dos veces.
—¿Estabas contando?
—Siempre cuento —dijo ella—. Soy tu asesora… y tu fan no oficial cuando dejas de ser tan intenso.
Él se recostó en la silla.
Por primera vez desde hacía mucho, sentía que una cita no había sido una pérdida de tiempo.
Y también, por primera vez, se dio cuenta de que lo que más esperaba… era el análisis de Maya después.