CAPÍTULO 10: PEQUEÑAS VICTORIAS

1218 Palabras
A partir de ese día, todo empezó a moverse. No con grandes eventos, sino con cosas pequeñas. Pequeñas, pero importantes. *** Una tarde, Maya se acercó con dos cafés y se sentó sin preguntar. —Hoy no tienes citas —dijo—. Cancelé la de hoy. Él la miró, alarmado. —¿Qué? ¿Por qué? —Porque llevas cinco días seguidos conociendo gente nueva —respondió—. Necesitas un descanso. —Pero el plan… —El plan incluye que no te desgastes —lo interrumpió ella—. Hoy tu cita eres tú mismo. —Eso suena… deprimente y desgastante. —Solo si eres mala compañía. ¿Eres mala compañía, Elías? Él dudó. —No lo sé. —Pues vamos a averiguarlo. Yo seré tu cita, entonces. Ese día no hablaron de aplicaciones, ni de perfiles, ni de potenciales candidatas. Hablaron de música. —No te imagino escuchando música —dijo ella, riéndose. —¿Por qué? —Tienes cara de silencio. —Escucho jazz —respondió—. Y música clásica cuando trabajo. —Eso confirma mi teoría —bromeó—. Pero está bien, es lindo. Eres como un alma vieja. También hablaron de películas. —Odio las comedias románticas —dijo él. —¿Por qué? —se escandalizó ella—. Eso es traición. —Son poco realistas. Todo se resuelve con un gran gesto y nadie habla de los problemas de verdad. —Lo dice quien tiene mínimo una cita a ciegas todos los días esperando encontrar al amor de su vida. —No espero encontrar el amor, solo… alguien compatible. Maya liberó un enorme suspiro. —La vida da giros raros, Elías —replicó—. A veces, cuando menos te lo esperas, descubres que hasta el gesto más insignificante puede despertar sentimientos en ti, tal como ocurre en las comedias románticas. Se rió, pero él, en cambio, se quedó pensativo. —¿No te regañan si sigues aquí, conmigo? —preguntó finalmente, luego de mirar hacia la barra. —No, no en mi día libre. Elías se quedó otra vez pensativo. No entendía por qué Maya perdería su día libre con él; sin embargo, estar con ella fue mucho mejor que estar en otra cita con una desconocida. *** Otra pequeña victoria vino unos días después. Elías entró al Limonetto… y se sentó en la mesa 8. Maya estaba cargando una bandeja cuando lo vio. Se detuvo tan brusco que casi se le cayó una taza. —¿Estás bien? —preguntó Julián. —Se cambió de mesa —susurró ella—. Voluntariamente. Fue hacia él con una mezcla de orgullo y drama. —¿Mesa 8? —dijo, teatral—. ¿Quién eres y qué hiciste con Elías? Él se encogió de hombros. —Había ruido cerca de la 12 —mintió a medias. —¡Mhm! —dijo ella—. Claro. Puramente acústica la decisión. No tiene nada que ver con que estás intentando ser menos predecible. —Tal vez un poco —admitió él. Ella dejó el café y sonrió como quien ve dar los primeros pasos a un bebé. —Estoy orgullosa de ti. —Solo cambié de mesa, Maya. —Sí, y eso es mucho para alguien que llevaba dos años con el trasero tallado en la 12. —¡Exageras! —Exagero… incluso cuando alguien más intenta sentarse en esa mesa, ella misma se retira. —¡Jaja! —Elías soltó una carcajada imprevista y natural, que controló de inmediato. Maya lo miró con genuina satisfacción. Ese día tuvo dos citas que tampoco encajaron con él. Las conversaciones también cambiaron. Una noche, cuando el café estaba a punto de cerrar, se quedaron solos en la mesa del fondo. Las luces estaban más bajas, el ambiente más íntimo. —¿Alguna vez te enamoraste de verdad? —preguntó Maya, jugando con la cucharita. Él tardó en responder. —No lo sé —dijo al fin. —¿Cómo que no lo sabes? —ella se rió—. Eso se siente. Se nota. —Creo que alguna vez me ilusioné con la idea de estar enamorado —explicó—. Había una chica en la universidad. Salimos un tiempo. Era… agradable. Intelectualmente compatible. Teníamos objetivos similares. Pero cuando todo terminó, lo único que sentí fue molestia por el tiempo invertido. No dolor. —Entonces no estabas enamorado —sentenció ella. —Eso creo —suspiró—. A veces pienso que tal vez hay algo en mí que no funciona. —No digas eso —replicó, seria—. No estás roto, Elías. Solo te enseñaron a medirlo todo con reglas que no aplican a los sentimientos. Él la miró, interesado. —¿Y tú? —se atrevió a preguntar—. ¿Te enamoraste alguna vez? Maya jugueteó con el borde de la taza. —Sí —respondió—. De un idiota. Él sonrió. —Suena… complejo. —Lo fue —dijo—. Era todo lo contrario a ti: irresponsable, desorganizado, impulsivo. Yo era un desastre y él era el triple de desastre. Éramos una bomba de tiempo. Nos hicimos daño. Pero ¿sabes qué? —lo miró—. A pesar de todo, con él aprendí que el amor no es una ecuación. Duele, molesta, no tiene sentido, pero también te hace sentir viva. —¿Y ya lo superaste? —preguntó él. —Sí —dijo, convencida—. Me rompió, pero también me enseñó a no aceptar menos de lo que merezco. Por eso estoy tan encima de ti —sonrió—. Porque no quiero que tú te conformes solo con alguien que encaja en tu tabla. Él respiró hondo. —A veces siento que… me ves más de lo que quisiera que me vieran. —Ese es el punto —respondió con suavidad—. O te ven completo o no es amor. Lo otro es… maquillaje. Él se quedó mirando la espuma de su café, pensando. *** También hubo momentos tontos, llenos de humor, que parecían no significar nada, pero lo cambiaban todo. Como cuando Maya lo obligó a probar un postre empalagoso que él jamás habría pedido. —No me gusta el exceso de azúcar —advirtió. —Te hace falta —replicó ella—. Para la vida también. O la vez que derramó sin querer café sobre la libreta negra y él casi entra en shock. —¡Maya! —exclamó. —Tranquilo, que no es la Constitución Política —dijo ella, limpiando rápido—. Además, te hace bien perder datos de vez en cuando. O cuando Julián los encontró riéndose tanto de una anécdota absurda que tuvo que recordarles que el café ya estaba cerrado. —Se van o duermen aquí —les dijo. —No sería mala idea, así vigilo que no tengas más citas desastrosas sin supervisión —bromeó ella. Elías se fue a casa muchas noches cansado, con más preguntas que respuestas, con citas que seguían sin cuajar del todo… pero con una sensación nueva en el pecho. Por primera vez, el proceso ya no se sentía como un trámite interminable. Se sentía como algo que estaba viviendo. Y, aunque todavía no lo quisiera aceptar, la razón principal era siempre la misma: Maya.
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