La variable inesperada

1198 Palabras
Sara. Apenas sentí el peso de la bebé en mis brazos, un instinto ajeno a la hoja de cálculo o al informe trimestral se disparó. Mi atención se centró de inmediato en esa pequeña. Era sorprendentemente liviana y su calor corporal me quemó a través de la tela de mi blusa de trabajo. El llanto, aunque aún potente, cambió de tono, pasando de un grito de pánico a un gimoteo más rítmico, casi musical. Me la pegué al pecho, por mero instinto, y comencé a balancearme sin pensar, un movimiento rítmico y circular que debía haber visto en alguna película o haber heredado de alguna memoria ancestral. —Shhh. Ya, ya, cariño. Estás a salvo conmigo—murmuré, una tontería sin sentido, pero que pareció funcionar mejor que cualquier grito de mi jefe. Ese que ahora me observaba con una mezcla de fascinación y horror. Su rostro, generalmente una máscara de cálculo implacable, era la de un científico viendo cómo su "experimento" más complejo de repente salía bien por una variable que nunca consideró: la intuición. —¿Có… cómo hiciste eso? —preguntó Klaus, su voz era un susurro de incredulidad. Se pasó una mano por su cabello castaño y perfectamente peinado, desordenándolo por primera vez desde que lo conocía y se veía... bien. —No hice nada, señor. Solo... la abracé y acuné—respondí, sin dejar de balancearme. Bajé la mirada hacia la bebé. Tenía un mechón de pelo oscuro y rizado, contrastando con el castaño de su supuesto "padre". Sus ojos azules, inmensos y brillantes, me miraban fijamente, como si estuviera tratando de decodificarme. «Es una preciosidad» Y recién ahí caí en cuenta de la situación: Yo, Sara Sinclair, la analista de datos de profesión y asistente personal de Robert "el Grinch" Klaus, que apenas lograba pagar el alquiler y susbistir día con día, sostenía la bebé que su jefe genio y socialmente inepto afirmaba haber creado a través de un error de codificación – esa seguía siendo mi mera especulación porque vamos, mi jefe es loco, pero ¿llegar a esto?–. Y lo peor de todo, yo era la única que podía calmarla. —Tiene hambre —sentencié, oliendo una mezcla de talco y, definitivamente, leche agria en su cuello. Klaus parpadeó, volviendo a la realidad tangible. —Sí. La mujer me dejó un… un termo —dijo, buscando desesperadamente detrás de su silla ergonómica. Se agachó y sacó una bolsa de tela de diseñador—que bien valdría mi sueldo de tres meses. Nota al margen, dos puntos y aparte— , que contenía una botella de cristal térmico y un biberón. Los colocó sobre el escritorio como si fueran piezas de evidencia crucial en un juicio en el que tenía todas las de perder. —Según el manual, es una fórmula muy específica. Balanceada. Lo último en nutrición infantil. Le di la mitad hace una hora, pero siguió llorando. —Bueno, una bebé de este tamaño no va a dejar de llorar a menos que esté llena —dije, sintiéndome extrañamente confiada. Lo más cerca que había estado de cuidar a un niño era regar mi suculenta de escritorio, esa que me regalaron para la navidad pasada—. ¿Está caliente? Klaus se acercó el termo con cautela, como si fuera a explotar y juro que me aguanté la risa. —Supongo. Lo calenté con un dispositivo especial. El manual decía que la temperatura óptima es de 37^circtext{C} —informó, con la precisión de un ingeniero espacial, loco ¿no?.A propósito, ¿de qué manual hablaba? Tomó el biberón, lo llenó y me lo ofreció. Estaba tibio—sí, lo comprobé como lo hacen las mamás, tan bruta no soy—. Mientras lo hacía, la bebé soltó un quejido impaciente, golpeando mi pecho con su puñito diminuto y regordete. —Señor, ¿podría, por favor, mover todo eso? Necesito sentarme y, francamente, estoy preocupada por la mancha de café que está justo debajo de ese informe. Klaus, ante una orden tan simple y práctica, pareció encontrar su cable a tierra. Rápidamente, quitó todos los documentos y hojas de cálculo, despejando el sofá de cuero blanco que usaba solo para sus reuniones más importantes. Me senté, recosté un poco a la bebé en mi regazo y le ofrecí el biberón. En el momento en que sintió el chupete, succionó con una urgencia que no dejaba dudas sobre su apetito. La paz, una quietud casi religiosa, descendió sobre la oficina y por fin pude suspirar. Klaus se dejó caer en su silla, observándome alimentar a su "error en la ecuación" como si estuviera viendo una función matemática trascendente. El silencio era tan fuerte que podías oír el zumbido constante de los servidores en la sala contigua. —Sara —dijo finalmente, y su voz estaba desprovista de su habitual arrogancia—. La niña… se llama E. —¿"E"? —pregunté, un poco aturdida, mirando a la bebé que ahora tragaba con fervor. —Sí. Por Error, creo– era raro verlo dudar, pero ahí están yo viendo lo inexplicable–. Es el resultado de la función fallida. Necesito una solución, una variable que me ayude a reintroducirla en el sistema sin generar una anomalía. No puedo mantenerla aquí. No sé qué hacer. Quería darle con lo primero que tuviese a la mano, para que dejara de hablar en terminología que apenas si entendía, pero lo único que tenía era a esa pequeña y su biberón. Mi jefe me miró suplicante, esperando un plan de negocios, una estrategia de salida, un diagrama de flujo o lo que fuera que mi cabeza inventara para sacarlo de este aprieto. Pero solo obtuve una respuesta: —Señor, E no es una variable. Es una bebé. Y lo que necesita ahora no es un sistema, sino una persona que sepa sus horario y... una manta limpia. Y tú... necesitas calmarte. Lo tutee sin remordimientos, era lo menos que se merecía para salir de la alocada idea que tenía y de que me contase la verdad, pero nada. Solo nos miraba como si fuéramos dos alienígenas que diseccionar. Terminé de darle el biberón a E, que ahora me miraba con ojitos somnolientos. Mi corazón se encogió. Y tomé una decisión. El Grinch no podía resolver esto; solo una persona podía. —Dame la noche, señor. Me encargaré de la pequeña —propuse, sorprendiéndome a mí misma con mi audacia—. Mañana, discutiremos el plan para introducir la "anomalía" de vuelta en el mundo– me volví loca, igual que mi jefe. Sí, lo admito –. Pero ahora, tiene que confiar en mí. Estaba loca igual que él, pero sabía que un buen descanso podría hacer maravillas y traer de su mundo de variables y números a mi jefe o por lo menos eso esperaba. Klaus asintió lentamente, todavía en shock, pero con una chispa de esperanza brillando en sus ojos. Parecía que, al final, la solución al problema más complejo no estaba en la lógica binaria, sino en la compasión humana. —Irán a mi casa. Sentenció y mi mandíbula cayó estrepitosamente. Esto no era lo que esperaba.
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