Un error en la ecuación

938 Palabras
Sara Llegué toda sudada y temblando a la vez. El mensaje de mi jefe era claro, algo había sucedido en esta mañana que no apareció el terror de la aldea de los quienes y ahora tendría la respuesta. Tomé el pomo de la puerta y la visión que tuvieron mis ojitos me dejó en estado de shock. La luz del flexo del escritorio de mi jefe se proyectaba como un halo cruel sobre la escena, pero ni esa intensidad lograba competir con el estruendo que llenaba la oficina. Robert Klaus, mi implacable jefe, no paraba de gritarle al bebé que tenia en sus brazos, y yo, por mi parte, no atiné a nada mejor que acercarme. Mi primer impulso fue el de huir, de dar media vuelta, agarrar mi bolso y pretender que la puerta de esta absurda y fría empresa nunca me había visto entrar. Pero luego escuché la desesperación en su voz. No era el tono de un jefe tiránico regañando a su subordinada–como cada día–; era el sonido roto de un hombre superado por lo incomprensible. Avancé con cautela. El piso de mármol pulido amplificaba el llanto agudo del bebé, una sinfonía de angustia que chocaba contra los gritos guturales de Klaus. —¡Cállate! ¡Ya basta! ¡No entiendo tus gritos! ¡Maldición, mi cabeza! Esto no puede ser posible, ¡Eres un error en la ecuación!—rugía él, como si el bebé fuera el único responsable de que el universo de los números no cuadrara hoy en ese infinito perfecto en el que vivía el señor Klaus. Llegué al borde del inmenso escritorio de caoba. Su altura, normalmente una barrera psicológica para recordarme mi posición, ahora era solo un obstáculo que me obligaba a alzar la voz. —Señor —digo, intentando que mi voz se escuchara firme sobre el caos de esos dos, pero ninguno de los dos me escucha. Klaus está demasiado concentrado mirando fijamente al bebé, al que sostiene con una torpeza aterradora, como un objeto pesado y frágil a la vez. Y ese pobre bebé resuella como si sintiera dolor por como lo sostienen. Tuve que ponerme seria. Tragué saliva y solté el volumen que reservaba para emergencias de la vida real y creo que esta es una de esas. —¡SEÑOR! Ya estoy aquí. ¿Qué pasó? El grito lo sacó de su trance. Se giró hacia mí, y el bebé, una pequeña regordete envuelta en una mantita que reconocí vagamente de una tienda de lujo, siguió berreando con una energía que desafiaba su tamaño. —Pasó esto, ¿no lo ves? ¡Calla a esta cosa, Sinclair! —me espetó, señalando a la niña. El gesto era dramático, excesivo, pero la furia habitual de su rostro había sido reemplazada por algo que me heló la sangre. Por primera vez, mi jefe me miró con algo más que desdén; sus ojos suplicaban ayuda. El Señor Klaus, el Grinch de mi jefe, el genio, el frío arquitecto de datos que había levantado un imperio global descifrando tendencias económicas, parecía petrificado y mojado de orina en su pecho. La bebé en sus brazos, llorando sin consuelo, era un problema que no podía resolver con un algoritmo, una variable inesperada que había destrozado su perfecta ecuación. —Lo trajeron… yo lo traje...— balbuceó, su voz volviendo a ser un murmullo roto. Se tambaleó ligeramente y dejó caer la pesada carpeta que tenía bajo el brazo. Al caer, se abrieron sus páginas, revelando una serie de garabatos y cálculos imposibles, con una gran mancha de lo que parecía ser... ¿leche? Me acerqué un paso más, la adrenalina comenzando a hacer su trabajo, forzándome a ser práctica. La bebé se veía caliente, roja y furiosa.Yo estaba pálida, fría y asustada. —Señor, tiene hambre. O el pañal mojado. Es… una de esas cosas —dije, sintiéndome estúpidamente obvia, como si le estuviera explicando la ley de la gravedad. —No. No es una de esas cosas —negó Klaus con la cabeza, sus ojos grises fijos en los míos, cargados de una urgencia que no entendía—. Esto no debería estar aquí, Sara. La ecuación… el proyecto... tenía un error de origen. Un fallo en la integración del nuevo código. Y este… este es el resultado. Mi mente giraba. ¿El resultado? ¿Estaba diciendo que...? —Señor, ¿está diciendo que este niño es...? —¡Es una niña! ¿Qué no lo ves? Sinclair —me interrumpió en mi estúpido pensamiento sobre números y la posibilidad de un bebé nacido de una ecuación o algo así, me tendió a la bebé. Me la entregó como si me estuviera pasando un bloque de uranio inestable que ya no quería sostener—. Por favor. Ayúdame. No sé cómo… no sé cómo hacer que deje de llorar. El error en la ecuación no era solo una hermosa bebé; era la prueba de que, incluso en el mundo de la lógica pura de Klaus, el factor humano siempre podía aparecer, y con él, el más hermoso y ruidoso de los desastres. Debo estar inspirada que pienso tantas estupideces, ¿será que me atropellaron en el camino hasta acá y esto solo es una proyección de mi conciencia? Parece que no es así. Tomé a la pequeña regordeta y cálida, y por un momento, el llanto pareció disminuir, aunque fuera solo una fracción. La bebé perfecta copia de Klaus me miró con sus ojos grandes y azules, y yo supe que este no sería un día de oficina normal. Ya no lo era ¿no?
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