Cenizas del Sur
La copa de vino giraba entre mis dedos como un trofeo vacío. Roja, espesa, dulce como la sangre de mis enemigos. Frente a mí, Therion sonreía. Esa sonrisa encantadora que siempre me ponía en alerta.
—Aun no te lo crees, ¿eh, hermana? —dijo, con ese tono burlón que solo usaba cuando ganaba algo.
—No del todo. —Tomé un trago—. Pero debo admitirlo: hiciste lo imposible.
Therion alzó la copa hacia mí como si brindara por la muerte misma.
—Tres mil hombres del Este cayeron. El general Yarik degollado frente a sus tropas. ¿Quién lo habría imaginado de mí, el hijo menor, el débil?
Sonreí, apoyando el codo en la mesa.
—Nunca fuiste débil, solo eras un cobarde con encanto.
Él rió. Esa risa cálida, dorada como su cabello. El comedor del palacio del Sur era amplio, adornado con candelabros de oro rojo, tapices de dragones y máscaras del viejo imperio. La comida aún humeaba. Ciervo asado, raíces del pantano, frutas del oasis... todo un festín.
El catador había probado cada plato. Como siempre. Como mandaba la costumbre.
Aún así, cuando entró el sirviente pálido como la luna, sudando como un cerdo antes del sacrificio, supe que algo no iba bien.
—Mi señora… mi señor… el catador… acaba de morir —jadeó, sin aliento—. Envenenado.
Me giré hacia Therion con una ceja en alto. Él simplemente soltó una carcajada.
—¿Otra vez? Qué falta de originalidad.
—Usan veneno y ni siquiera investigan que nuestra madre era del Oeste —añadí con una sonrisa de medio lado.
—Inmunidad natural desde el útero. —Tomó un trozo de fruta y lo masticó con descaro—. Si van a intentar matarnos, al menos que sean creativos.
Sacudí la cabeza.
—Y pensar que querías más acción.
No terminamos de comer. No por miedo, sino por aburrimiento. Me despedí con una inclinación de cabeza y abandoné el salón, mientras escuchaba a Therion tararear una canción de victoria como si nada hubiera pasado.
Los pasillos estaban en calma. Las antorchas parpadeaban en las paredes de piedra, proyectando sombras danzantes sobre los tapices. Las botas resonaban firmes sobre el mármol, como si cada paso reafirmara mi existencia.
Yo era Isveth de Surion.
La Loba del Sur.
La Espada Roja.
Nadie me tocaba. Nadie me traicionaba. Nadie…
Tropecé.
El mundo dio un pequeño vuelco.
Apoyé una mano contra la pared, jadeando. El aire se volvió espeso, pesado, caliente.
Un segundo… dos…
Las antorchas parpadeaban más rápido.
Mis piernas temblaron.
No...
No.
No puede ser.
Soy inmune a los venenos.
El sudor me cayó por la frente, frío como el agua de los manantiales del Norte. Un zumbido me llenó los oídos y sentí la garganta cerrarse. Las fuerzas me abandonaban. El corazón se desbocaba como un caballo en batalla.
—¿Qué…? —susurré.
Entonces lo sentí.
Un susurro tras de mí.
Un movimiento.
Por instinto me giré, pero era demasiado tarde.
Una mano se cerró en mi cuello, otra me empujó por la espalda. Mi rostro golpeó la piedra. Intenté girarme, lanzar un codazo, una patada, lo que fuera. Pero mi cuerpo no respondía. Como si el alma se me resbalara entre los dedos.
Vi una silueta. Alta. Encapuchada.
Y luego… oscuridad.
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El traqueteo fue lo primero que escuché. El chirrido de las ruedas, el golpeteo de los caballos, el sonido hueco de la madera cerrada. Intenté moverme.
Error.
Los brazos estaban atados.
Las piernas también.
Y la boca… amordazada.
Mi respiración se aceleró. El corazón tamborileaba en mi pecho como los tambores de guerra que una vez me anunciaron. Miré alrededor, la oscuridad apenas rota por la tenue luz que se filtraba por unas rendijas.
Un carruaje. Cerrado. En movimiento.
Me secuestraron.
A mí.
A mí.
Isveth de Surion. Comandante del Sur. Hermana del Rey. Invicta en treinta y seis batallas.
La rabia me quemó más que el veneno. Me retorcí, intentando aflojar las cuerdas. Cada movimiento era un desafío, un rugido interno. No sabía cuánto tiempo llevaba inconsciente. Pero sí sabía algo:
Esto no fue un ataque al azar.
Alguien me quería lejos.
Alguien lo planeó todo.
Y lo hizo desde dentro.
¿Un sirviente?
¿Un traidor en la guardia?
¿Therion…?
No.
No… ¿verdad?
Mi hermano había envenenado a nuestro padre. Lo sabía. Siempre lo supe. Pero ¿yo?
¿Después de todo lo que hice por él?
Un ruido metálico me sacó del pensamiento. Afuera, una voz gritó órdenes.
El carruaje se detuvo.
Y supe que el verdadero infierno estaba por comenzar.
Y yo…
yo estaba lista para arder.