Después de una noche de insomnio, dando vueltas en la cama por la excitación, el primer rayo de sol encontró a Dulce ya despierta. Su ritual matutino fue una ceremonia de anticipación: una ducha rápida, el frescor de la crema hidratante, un toque de carmín que brillaba como su estado de ánimo y una trenza cuidadosa que sujetaba su cabello. Se vistió con una camiseta rosa y pantalones blancos de algodón, sintiendo la suave tela como un presagio de la aventura que comenzaba. Bajó las escaleras de dos en dos, impaciente, hacia el salón donde Iván y su madrina aguardaban. —Buongiorno, Dulce —la saludó Iván con una sonrisa amplia, desplegando el italiano que a ella tanto se le resistía. Se inclinó para darle un beso en cada mejilla con una elegancia natural—. Ahora sí estamos en Italia. —¡Vay

