La confesión se le atragantaba una y otra vez. Después de innumerables intentos fallidos, Alexio claudicó: la verdad sobre su identidad quedaría enterrada. El miedo a ver el odio en los ojos de Dulce, a perderla para siempre por haber construido una mentira tan elaborada, era más fuerte que su voluntad. Su mirada, cargada de angustia, se posó en Iván, el único hombre que había sido su roca en medio de todos los temporales de su vida. —¿Qué pasa, Alexio? —inquirió Iván, captando al instante la turbación de su jefe—. Esa mirada no presagia nada bueno. —Estaba pensando,Iván. Solo pensando. —Pensamientos que te nublan el rostro.Cuéntame. —Me preguntaba…¿quién llamó a Josué? —Era lo lógico.Su amigo podía ayudarle. —Temo que Josué está en las mismas condiciones que yo—confesó Alexio con un

