Fastidio (Victoria)

1676 Palabras
*Editado Al llegar a la mansión, lancé mis cosas como una endemoniada y fui directo al estudio en el que estaba el único teléfono con línea directa a Ramón. El guardia que estaba encargado de custodiar ese aparato estaba recostado en su silla con los pies sobre un escritorio y mirando directamente a una televisión en la que pasaban un partido de fútbol que me importaba menos que nada.  - Quiero hablar con Ramón ahora. - Siempre me había jactado de tener una paciencia enorme, pero en este momento me sentía en la necesidad de reventarle la cara a alguien a golpes si no hacían lo que quería cuando yo lo quería.  - Ahora no puedo, estoy ocupado. - Ni siquiera volteó a mirarme cuando dijo esas palabras.  - Le estoy diciendo que quiero hablar con Ramón. ¡AHORA! - Estaba harta de que alguien más decidiera por mí, que se atreviera a ignorarme o restarle importancia a lo que le decía. Yo no quería hablar con él en un rato, quería hacerlo ahora.  - Y yo le dije que estoy ocupado.  - ¡MALDITA SEA! ¡Llámelo YA! - Golpeé con mi puño la mesa y por fin llamé la atención del hombre. - ¿Estamos veintiochudas*?  - ¡Cállese y llame! - El hombre soltó una carcajada y pasó de mí por completo. - ¡Agh! - Salí del estudio en busca de mi guardaespaldas, necesitaría algo de ayuda.  En la parte de atrás de la mansión, había una pequeña casa en la que se quedaban los guardias de turno, rotaban cada semana, a excepción de nuestros guarda espaldas que debían estar permanentemente con nosotras. Golpeé fuerte y uno de los hombres abrió la puerta.  - Pero mira a quién tenemos aquí, una de las damitas de Ramón.  - ¿Dónde está Fernando? - ¿Fernando? Aquí no hay ningún Fernando muñequita, creo que te equivocaste. Pero si gustas... - Agachó la cabeza a mi altura. - Yo te puedo ayudar con lo que quieras. - Mordió su labio y terminó de irritarme. No sé de dónde saqué la fuerza, pero mi puño terminó pegado a su nariz. - ¡Agh! Maldita puta. - Los gritos del hombre alertaron a los demás que fueron llegando poco a poco. Pude ver entre la multitud al supuesto Fernando y lo llamé.  - ¡Vaya! No pensé que supieras defenderte.  - Me importa poco lo que pienses, necesito hablar con Ramón y el guardia del estudio no quiere hacer la llamada. Necesito que me ayudes con eso.  - Primera vez que me pides un favor ¿y lo haces mal? Me parece terrible.  - No estoy de humor para bromas. - Levantó las manos como si se hiciera el inocente y sonrió.  - Claro que te ayudo.  Fui hecha una furia hacia la casa con Fernando pisándome la espalda, me sentía indignada. Ya no tenía ni siquiera la autonomía de tomar un maldito teléfono y marcar por mi cuenta. Todo debía hacerlo bajo estricta vigilancia, tenía mi teléfono chuzado y me había dado cuenta porque había intentado marcar a la policía alguna vez y me lo habían quitado durante una semana.  Llegamos nuevamente al estudio y el gorila que estaba custodiando el teléfono volteó a verme con fastidio.  - Ya le dije que estoy ocupado, no me interrumpa.  - No veo qué es lo que te tiene tan ocupado Cristián. - La voz de mi guardaespaldas sonó desde la puerta.  - Señor, no sabía que estaba aquí. Que pena con usted. - El hombre se levantó rápidamente e hizo un saludo militar. ¿No era muy exagerado para un simple guardia? - La señorita le pidió un favor, ¿qué pasa? - Fernando levantó una ceja hacia el gorila y este me miró de mala manera.  - El señor Ramón pidió que no se le interrumpiera esta noche, yo solo estaba siguiendo una orden señor.  - Pues yo le estoy dando la orden ahora. - El hombre asintió, sacó unas llaves de su bolsillo y abrió el cajón en el que guardaban con tanto recelo un simple celular. Marcó y su mirada vagaba entre el piso, Fernando y yo.  - Señor, qué pena molestarlo. El señor Fernando quiere hablar con usted. - ¿Señor Fernando? ¿Por qué tanto respeto? Mi guardaespaldas caminó hacia el teléfono y con una sonrisa lo tomó.  - Buenas noches... - Estuvo un momento en silencio y de vez en cuando ponía los ojos en blanco, probablemente Ramón lo estaría regañando en este momento. - Sí, sí, lo que digas. Victoria quiere hablar contigo. - Jamás había escuchado a ninguno de los empleados hablarle con ese tono despectivo a Ramón, al parecer Fernando tenía mucho más poder del que me imaginaba dentro de la mansión y podría ser un gran aliado si lograba ponerlo de mi parte.  Fernando me extendió el teléfono y yo caminé hacia él. - No te tardes. - Salió de la habitación y yo me quedé dentro con el gorila que me estaba mirando con cara de pocos amigos.  - ¿Qué quieres Victoria? - ¿Por qué mandaste a Fernando a sacarme de la universidad? Te dije que tengo que terminar un trabajo muy importante para poder pasar el semestre.  - En la casa de tus amigas no puedo mantenerte vigilada, por lo menos con Fernando sé que no te vas a escapar.  - Si hubiera tenido la oportunidad ya lo habría hecho.  - Lo sé, por eso tienes prohibido ir con tus amigas. La próxima vez llévalas a la casa.  - ¿Estás loco? No voy a poner en riesgo a las chicas solo porque tienes la idea de que voy a salir huyendo en cualquier momento.  - Bueno, pues entonces no sé cómo le vas a hacer para terminar tus trabajos y entregarlos a tiempo. Ahora no tengo mucho tiempo para perder, si no hay nada más que decir, adiós. - Colgó la llamada y cuando intenté volver a marcar el teléfono ya se había bloqueado y pedía una contraseña. - Mierda. - Puse el teléfono en el escritorio y salí hecha un demonio del estudio.  No sabía cuánto tiempo más iba a soportar toda la situación, estaba a nada de explotar y estaba segura que no sería nada bueno. Suficiente había tenido durante toda su vida como para que ahora le estuviera pasando esto y pensaran que lo iba a aceptar como estúpida. Estaba llegando al límite de su paciencia y si Ramón no las dejaba libres pronto, no sabía de lo que podía ser capaz.  - Qué humor de perros el que traes mujer.  - No digas nada. Estoy harta de esto.  - ¿Qué pasa?  - Ramón actúa como si fuera nuestro padre, ¿acaso pretende que nos conformemos con esto toda la vida? ¿Está loco? No soporto un minuto más acá encerrada. Quiero irme de aquí.  - ¿Crees acaso que yo estoy feliz? - Te va mejor que a mí.  - ¿En serio? ¿Estás segura? - Ya ni lo sé. Por favor Julieta, vámonos de aquí, no aguanto más.  - ¿Qué pretendes que haga? Sabes que lo he intentado y siempre termino golpeada.  - El problema es que quieres irte sola y actúas en un arranque. Si salimos de aquí tenemos que hacerlo juntas.  - No son arranques, solo quiero aprovechar la oportunidad de huir. Tú la tienes mucho más fácil que yo, el idiota de tu guardaespaldas ni siquiera te pone cuidado.  - Pues hoy entró en escena.  - ¿Cómo así? - "Órdenes de Ramón". - Me lancé hacia atrás en la cama y me quedé mirando el techo. No había caído en cuenta y había una puerta que probablemente conducía a un ático. - Julieta, ¡Julieta! - Ella se había encerrado en el baño.  - ¿QUÉÉÉÉÉÉ?  - Ven rápido. - No molestes Victoria, no estoy de humor.  - ¡Que vengas!  - Ya, ya, ¿cuál es el escándalo? - Salté de la cama y corrí directo hacia ella, tomé su cara con una mano y levanté su cabeza para que viera lo que probablemente sería nuestra salvación.  - ¿Eso es lo que creo que es? - Julieta, podremos salir de aquí.  - ¿Cómo? Llegar allá es imposible Victoria.  - Eso lo vemos luego, lo importante es mirar por la casa si hay más trampillas.  - ¿Y qué pretendes? - Julieta, cada noche nos encierran en esta habitación, supongo que los guardias no estarán toda la noche en la puerta si hacen eso, entonces podríamos salir por ahí. - ¿No se te olvida algo? - ¿Qué? - Me dio un golpecito en la cabeza y me miró como si fuera una niña pequeña a la que hay que explicarle todo.  - Hay cámaras por toda la casa, ¿cómo vamos a evitarlas? - Pues en las películas siempre hallan la forma de pasar desapercibidos.  - No lo sé Victoria, no estoy muy segura. Piénsalo, logramos subir y por el otro lado ¿cómo vamos a bajar? - Las ilusiones que tenía se derrumbaron como si fueran un castillo de naipes golpeado por el viento.  - No lo había pensado.  - Eso noté.  - Quiero irme de aquí.  - Yo igual, pero no podemos hacerlo a la ligera, ya hemos visto cómo me resulta a mí actuar por arranque. Lo mejor es que pensemos algo más sencillo.  - No va a ser fácil y lo sabes.  - Créeme que lo sé, pero ya se nos ocurrirá algo.  - Espero que sea pronto.  Cada una se fue a su cama y yo me quedé mirando el techo. ¿Por qué no simplemente me iba? Tenía miles de oportunidades dentro del campus, lo había experimentado por mi propia cuenta. ¿Por qué no salía corriendo y que pasara lo que tenía que pasar?  *En Colombia los hombres mencionan esto cuando las mujeres están irritadas y lo asocian con los cambios hormonales que sufrimos durante el SPM o el periodo. 
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