Desperté sobre saltada en la cama, de nuevo había tenido ese mismo sueño en el que veía a Samuel desvanecerse mientras Ramón nos arrastraba a Julieta y a mí a la camioneta. Había revivido esa pesadilla miles de veces desde que habían llegado a Uribia y estaban bajo la supervisión de Ramón. Cada día recordaba esa tortura de no saber si él estaría vivo o muerto, quería saberlo. Había intentado escapar de allí muchas veces y había tenido la oportunidad de hacerlo, pero sabía que si se iba, Julieta pagaría las consecuencias, así que sí o sí, de allí debían salir juntas.
Los días allí habían pasado lentos, sentía que había vivido más años en esos pocos meses que en toda su vida. Se sentía agotada mental y físicamente, a veces en las noches sentía que las veían y despertaba asustada al sentirse vulnerable y expuesta ante alguien que no conocían. Habían pasado muchas cosas desde que había decidido salir de mi casa y todas y cada una de ellas me habían convertido en una mujer demasiado desconfiada, no me sentía cómoda ni segura con nadie y en ningún lugar, le temía hasta a mi propia sombra. La única en quien creía era Julieta, porque ella también era víctima en todo este lío en el que, sin quererlo, habían quedado envueltas, pero aun así, mis sentimientos más profundos los guardaba para mí misma.
Mi mente era invadida por recuerdos de una Victoria alegre y llena de vida, con la ilusión de comerse el mundo entero, siendo opacada por un hombre que no la amaba y que destrozó su vida poco a poco y luego volviendo a nacer al sentirse amada. Samuel había sido mi salvación en los momentos de oscuridad y cuando había vuelto del horrible momento que había pasado con Rafael, él había sido mi primer apoyo. Así que imaginarlo muerto me destrozaba el corazón, más porque era mi culpa. ¿Y si lo hubiera detenido? ¿Si le hubiera pedido que se quedara a mi lado en vez de levantarse e intentar ir por Ramón? ¿Qué hubiera pasado con nosotros? Probablemente estaríamos felices viviendo nuestro amor, pero ¿Y Julieta? Era muy probable que Ramón la hubiera tomado como rehén y no sabríamos dónde estaría, o tal vez no, tal vez hubieran logrado detenerlo y salvarnos a las dos.
Me sentía decepcionada con el rumbo que había tomado mi vida, era como un ente, simplemente existiendo, convirtiendo oxígeno en dióxido de carbono. Sí, estaba estudiando la carrera con la que siempre había soñado, podría trabajar con niños como había deseado desde muy joven. Pero algo en su interior no se sentía bien, algo le faltaba, se sentía incompleta y no tenía nadie en quién refugiarse. Julieta había perdido todo interés en cualquier cosa que no fuera planear algo para huir de esa casa, cada semana algo nuevo se le ocurría y cuando intentaba ponerlo en marcha, terminaba golpeada hasta la médula, maldiciendo a todo el mundo y llorando con amargura.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Era un día más, me encontraba finalizando semestre y tenía un montón de trabajos, había elegido una universidad en la que, si todo salía bien, terminaría mi carrera en tres años y Ramón me había prometido contactarme con un buen jardín para empezar a trabajar, ¿de dónde conocía el contacto? No tenía idea, pero me servía para poder empezar a trabajar y ahorrar algo de dinero, aunque no sabía para qué planeaba un ahorro si era evidente que él no nos dejaría irnos, por lo menos no pronto.
Había tenido que estudiar con algunas compañeras y empezaba a oscurecerse, la biblioteca de la universidad cerraba a las diez de la noche y de ahí habíamos dicho que nos reuniríamos en la casa de una de ellas. Estábamos empacando nuestras cosas, cuando mi teléfono sonó.
- ¿Diga?
- ¿Dónde cree que está metida Victoria? ¿Por qué no ha llegado a la casa? - Ramón se escuchaba bastante molesto al otro lado de la línea.
- Estoy en la universidad y vamos para casa de una de las chicas a terminar el trabajo.
- ¿Usted está loca? ¿Quién le dio permiso?
- Creo que ya estoy algo mayor para pedir permiso, ¿no cree? - Escuché un suspiro al otro lado de la línea y yo me enfadé, quién se creía él para darme órdenes?
- La quiero en media hora en la casa Victoria, si no, no respondo. No se le olvide bajo qué condiciones está estudiando.
- Me importa poco lo que tenga que decirme, tengo que terminar ese trabajo. Estoy en entregas finales, usted no puede hacerme esto. - Levanté la voz más de lo normal y las chicas voltearon a verme confundidas, acostumbraba ser una persona bastante tímida, así que nunca me habían escuchado hablar tan fuerte.
- Bien. - Colgó.
- ¿Todo bien?
- Sí, solo era mi padre. - Prefería ya no decir nada de lo que pasaba con Ramón, sabía que no me creerían.
- Ok, vamos.
- Me muero de hambre. - Dijo Amelia, una de las chicas. - Deberíamos ir a comer algo antes de irnos para la casa de Tammy.
- Me parece bien, yo tampoco he comido bien estos días y siento que me voy a desmayar del hambre.
Salimos del edificio y empezamos a caminar por el campus, íbamos alegres cuando el hombre que siempre me vigilaba se me puso en frente.
- Victoria. - Las chicas se quedaron mirándolo embobadas, era un hombre bastante guapo, acuerpado y enorme, era casi dos veces yo.
- ¿Qué haces aquí? - Desde que había empezado a estudiar jamás se había cruzado en mi camino, mantenía un perfil bajo, así que ellas ni lo habían notado.
- Victoria, ¿no nos vas a presentar? - Tammy habló por las otras tres que asentían nerviosas detrás de ella.
- Emmm... no. - Volteé a ver al chico y le hice caras de que se fuera.
- Mucho gusto, Fernando. Soy el novio de Victoria.
- ¿El novio? ¿Por qué no nos dijiste que tenías novio Vicky? - Amelia se puso junto a Tammy y pestañeó coquetamente hacia él.
- Y-yo...
- Lo que pasa es que Victoria es muy tímida, no habla mucho de nosotros. Tenemos que irnos, tu padre nos espera.
- ¿Qué?
- Adiós chicas. - Fernando, que por fin sabía cómo se llamaba, me tomó de la mano y me arrastró hasta una camioneta negra. Yo forcejeaba con él para que me soltara, pero era obvio que no podría safarme.
- ¡Ya suéltame!
- Mira niña, agradece que no hice lo que Ramón me pidió, ¿sí?
- Así y qué se supone que te pidió. - Crucé mis brazos sobre mi pecho, me sentía indignada.
- Que espantara a tus amiguitas, si sabes a lo que me refiero.
- Bien ya entendí.
Subí a la camioneta de mal humor y Fernando subió a mi lado. Estuvimos todo el camino en silencio, pero pude notar que él me miraba de reojo. ¿Y este qué tanto mira?