No entiendo a qué se refiere cuando dice que no me puede decir lo que sintió porque no le volveré a hablar; y la verdad, tampoco es que me importe. Sí existe el paraíso, y en este momento estoy en él, entre los brazos de Daniel. No nos hemos movido, no hemos pronunciado ninguna palabra desde hace un buen rato, pero el silencio no es incómodo, más bien es reconfortante, y las sensaciones que evoca en mi interior son realmente placenteras. Un más que leve movimiento de sus caderas rosándome suavemente la pelvis me hace suspirar y me obliga a reprimir un gemido, porque su erección debe doler debajo de esos pantalones. Estoy en el nirvana, mi propio país de las maravillas. La vibración de un celular desvía mis pensamientos, me hace recordar dónde estamos y que el reloj a duras penas

