Sentado en silencio, con aparente calma, esperaba a que se vaciara la sala para pedirle a Sanna que le acercara la silla de ruedas que había dejado en una esquina del recinto, escondida entre las sombras. Agradeció en el alma que Alejandra no lo hubiera visto en ella. Se había dado cuenta de su presencia tan pronto como la joven entró en la sala, y se felicitó por haber insistido en sentarse en una de las butacas. Todavía no asimilaba los sentimientos que lo habían invadido al verla: pasión, ternura, admiración… Tenía la impresión de que se ahogaba en ellos. Para rematar, le dolía la espalda; parecía como si un martillo aporreara con vigor sus músculos. Ante su silencio, Sanna lo miró preocupada. —¿Te sientes mal? Has estado muy silencioso. Tienes dolor, ¿verdad? Sí, se sentía mal, per

