Samuel abrió los ojos y por un momento esperó escuchar el canto de los pájaros a través de la ventana de su apartamento en Cali, pero al sentir las agujetas por todo su cuerpo recordó que estaba en Helsinki, durmiendo en un incómodo sofá cama. Se incorporó un poco y sintió que algo se movía en su pecho. Ah, sí, la hermosa visitante que había llegado en mitad de la noche. ¿Qué podía decir? Era un latin lover. Se rio de sí mismo; ya lo quisiera él. La única razón por la que las mujeres se le acercaban se debía al monto de su cuenta bancaria. Eso, y por su ilustre apellido materno, sello y garantía de su viejo. Alzó a su bonita compañera de cama y la estudió. Ella maulló en protesta. Se rio y la volvió a colocar sobre su pecho. Sintió el ronroneo, como el carburador de un motor, mientras la

