El aroma a café, a pastel y a mar, y la alegría del verano, que entraba a raudales por las ventanas de la cafetería, se conjugaban con el aroma a sándalo de la loción de Samuel, perturbando sus emociones. Sus ojos negros y su sonrisa la embriagaban. Esa sonrisa que hacía que su rostro resplandeciera como si todo el sol del Mediterráneo brillara en él. Hacía cuatro meses que lo conocía y que su corazón lo seguía. Poco a poco. Al principio pensó que la relación entre él y Tiia había derivado en algo serio, pero se había dado cuenta de que su amiga había retomado la compañía de su antiguo grupo. Sin embargo, una parte de ella se resistía a sucumbir. No quería enamorarse otra vez. Hasta había aceptado algunas invitaciones a cenar de un compañero con el anhelo de olvidar a Samuel. No lo había l

