Ante la señal verde del semáforo, Samuel presionó el pie sobre el acelerador con suavidad. Hacía casi cuatro meses que había llegado a Finlandia, pero sentía como si llevara más de dos años. Todo lo que le había tocado asumir en ese corto tiempo había sido de tal relevancia y profundidad que su mundo estaba del revés. Había asimilado la traición de su viejo y de su hermano; había hecho a un lado el sube y baja que sentía en su estómago cuando se acordaba de que no tenía empleo y buscaba uno con ahínco; había experimentado la inmensa felicidad de encontrarlo, contra todo pronóstico, en una de las compañías más representativas del mundo, y, lo más importante, había despejado las dudas en su corazón. En él crecían y se afianzaban inexplicables sentimientos de amor. Había que reconocer que Ti

