¡Una maceta de orquídeas! Como tres libélulas blancas con los ojos de color rosa y las alas batiendo al viento, las flores la miraban con amor. Como él. Se hallaban sobre el escritorio de su cubículo dándole los buenos días. Con disimulo, Alejandra hundió la nariz en uno de sus pétalos —no quería llamar la atención de sus compañeros —, aspirando su aroma. Se moría por las orquídeas y, curiosamente, en aquel país las había de todos los colores y de todos los tamaños. Le había resultado extraño, porque Colombia era por excelencia una tierra con gran variedad de orquídeas, pero no había visto tantas juntas como en aquel lugar. Adornaban los establecimientos, los restaurantes y hasta las peluquerías. Sujetó la maceta contra su pecho mientras flotaba en el sueño de amor en el que vivía últi

