Las siguientes tres semanas fueron días plenos de descubrimientos para Mika. Su vida transcurría entre el abundante trabajo que tenía como director y la exploración de aquel periodo dulce y lleno de magia que vivía con Alejandra. La llevaba a cenar, a museos, a exposiciones de arte y a las veladas a las que él tenía que acudir por compromisos laborales. Lo invadía un irracional orgullo al presentarla como su novia. Cada momento que compartían era un hallazgo de sus expresiones, de sus gustos, de sus pensamientos, de sus ideas acerca del mundo e incluso acerca de la religión. Descubrió que la fe católica que ella profesaba era una convicción profunda y viva en su alma, y para un agnóstico como él, se le antojaba un ideal incomprensible y al mismo tiempo maravilloso. Conocía el sabor de su

