Era la primera vez en su vida que experimentaba tanta alegría. Y le daba miedo. Habían terminado el copioso almuerzo y, perezosos, deambulaban por las calles de Tallin. Se sentía amada y mimada. Y no encontraba palabras para definir aquel torbellino de emociones que la asaltaban cada vez que él la miraba. Presentía que amarlo significaba entregarle todo lo que ella tenía y lanzarse al vacío de lo inesperado, sabiendo que si algo salía mal, se destrozaría. Pero no quería escapar; ¿cómo hacerlo si la ternura de Mika rasgaba a jirones de placer su alma? La maravillaba que un hombre tan varonil pudiera ser tan sensible a los sentimientos de una mujer como ella. A pesar de su discapacidad, era muy seguro de sí mismo; se desenvolvía en todas las circunstancias con una calma y una suave firmeza

