Vaya por Dios, esa gente sí que tomaba el diseño en serio. Se acercó y, en una hojita vacía, colgó su abrigo n***o, que se veía serio y aburrido junto a los otros. Tommi se quedó esperándola en su cubículo y, cuando regresó, la llevó a cada departamento, presentándola. Cuando terminó, quedó mareada con tanto nombre ambiguo, donde predominaban los sonidos de las consonantes k y t. Estaba segura de que tendría problemas para recordarlos. Sus propietarios, de edades heterogéneas, usaban ropa informal y holgada, con diseños tan vivos y originales que se sintió provinciana y estirada. «Mañana me pondré unos vaqueros», se prometió, y, de paso, escondería sus tacones en el fondo del armario, pues en ese silencio le estaban haciendo pasar mucha vergüenza. —V en, te mostraré el salón donde organi

