Después de nadar durante más de una hora y de recibir el masaje terapéutico que solía recibir una vez por semana para evitar los dolores osteomusculares inherentes a su condición de parapléjico, Mika se dirigió a su piso. Una vez allí, sin encender la luz, se quitó la ropa de invierno y deslizó la silla de ruedas por el suelo de abedul blanco, sintiendo en toda su dimensión el peso de la soledad. Era curioso, pero era la primera vez en su vida que se sentía solo. No sabía qué nombre ponerle a todo eso que lastimaba e inquietaba su sensibilidad de hombre en aquel instante. ¿Añoranza? ¿Anhelo? ¿Desilusión más anhelo? Lo cierto era que —y le daba vergüenza constatarlo— tenía un nudo de lágrimas sin derramar que estrangulaba su garganta, dejándolo sin aire y sin fuerzas. No le gustaba penetr

