Alberto Por unos momentos parecía que fuera a descampar y de pronto el cielo rugió estremeciendo a los presentes y una luz azul iluminó la noche, causando que un indigente pronunciara. —Chucho, nos está tomando fotos, ojalá que no sea para el último réquiem. —¿Para dónde cojo? —Alberto se preguntó indeciso de su próximo movimiento al no lograr encontrar el rastro de Juan, cuando una ráfaga de disparos lo sacó de su divagar y luego lo estrellaron contra unas sillas de concreto que adornaban la avenida y cuando rebotó contra ellas, pensó: “Volvieron los cazadores” Intentó recomponerse, pero sintió unos punzones en la piel que lo quemaban al son ensordecedor de un ronco tamborileo. —¡Déjenos, no le hemos hecho nada! —la indigente gritó hasta que un disparo la silenció para siempre. —¡Mal

