ALBERTO —Llevamos caminando sin parar, podríamos detenernos para respirar o algo. —Alberto, no encuentro mi billetera, no tengo dinero ni para una gaseosa; aparte, todos nos miran debido a que nuestra ropa está hecha añicos y está ensangrentada. Es mejor que le apuremos, ya está amaneciendo y la policía nos puede echar mano. —Juan, la verdad es que no puedo más, perdí mucha sangre y aún no me recupero de todas las heridas y de toda esa agua sucia que tragué. —Tragaste y sigues con hambre, ten coherencia. —Me dan ganas de volverme un lobo y buscar comida en las canecas de la basura. —Huy, no, eso es de quinta, somos lobos, no perros carroñeros. —Entonces dime qué somos, Juan —respondió Alberto, deteniéndose en seco frente a una tienda cerrada—. ¿Somos guerreros? ¿Somos fugitivos? ¿So

