Alberto no respondió mientras se levantaba del suelo del salón. Su cuerpo aún vibraba por la batalla contra Juan, cada músculo temblando como si recordara cada golpe, cada mordida, cada decisión. La espalda brillaba con un fulgor sobrenatural, como si el metal bajo su piel ardiera con un fuego que no era suyo. Los lobos del clan lo observaban en silencio. Algunos con reverencia, otros con duda. Todos con miedo. El aire estaba cargado, denso, como si el salón entero contuviera la respiración del mundo. Alberto dio un paso al frente. Su voz no tembló. No pidió respeto. Lo exigió diciendo: —¿Quién cuestiona mi liderazgo? El eco de su voz se estrelló contra los muros de piedra, rebotando como un trueno contenido. Nadie respondió. El silencio se volvió absoluto. Hasta que un paso resonó como

