Alberto Despertó solo, con el pecho hundido como si le hubieran vaciado el alma durante la noche. La habitación estaba en silencio, pero no era paz: era abandono. Mariana no quería estar con él, y eso lo atravesaba más que cualquier herida de guerra. Se sentó en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas, mirando el suelo como si allí pudiera encontrar respuestas. El aire olía a polvo y a recuerdos. En la esquina, el coche dorado donde alguna vez vio a sus hijos por primera vez brillaba tenuemente, como si también extrañara a Mariana. Alberto se levantó, caminó hacia el espejo y se observó: no era el mismo. El alfa, el guerrero, el líder… ahora parecía un hombre común, roto por el amor. —¿Qué sentido tiene todo esto si ella no está conmigo? —susurró. Pero entonces, una voz s

