Alberto —Mariana por favor hablemos. —el corazón del lobo le golpeaba el estómago causándole un dolor pulsante. —¿de qué?, de lo único que tenemos que hablar es de nuestros hijos, de que tenemos que ir a buscarlos. —los ojos de Mariana parecían como si le lanzara llamaradas a su alguna vez hombre amado. —mi querido Alberto deja la intensidad y disfruta este momento de triunfo, —el ángel se acercó tocándole el hombro y prosiguió. —haz como los demás, disfruta el espectáculo. —no señor Ángel, ella tiene razón, debemos buscar a nuestros hijos. —Alberto intento sonreír para no llorar. —oh, si es por eso, pues… —el ángel agacho un ala tocando el suelo y al girarla aparecieron los bebes en una hermosa carriola, dorada. —oh mis hijos. —Mariana corrió a revisar y besar a sus críos. —tranquil

