Era una cálida mañana en Nueva York. El ajetreo matutino de los trabajadores, los estudiantes colegiales y universitarios se notaba en las calles de par en par. Y aquí estaba yo. En una mañana común y corriente en mi trabajo. Debo destacar que soy espía. Si, espía, de esos que capturan a los malos y hacen misiones. En pocas palabras, soy como de los hombres de n***o; pero sin los extraterrestres.
Soy parte de una agencia secreta llamada Programa de Protección Internacional, o también conocida como PPI. Nos encargamos de velar por la seguridad de la población mundial en general. Hacemos trabajos como espiando a los países que quieran atentar contra otros (sí, trabajamos en lo de Corea del Norte y Corea del Sur. Larga historia), deteniendo a criminales, narcotraficantes, asesinos que quieran amenazar a grandes autoridades como los ministros y los presidentes. Esa clase de cosas.
En la agencia, nos dividimos en tres niveles: los del nivel ciudadano, que son los espías recién graduados de la escuela de entrenamiento. Para comenzar a familiarizarlos con el peligro, se les asignan trabajos fáciles como escoltar a alguien de renombre en la ciudad o simplemente espiar a personas sospechosas. Asesinos, por ejemplo. Si la situación se pone un poco intensa, entran los espías de nivel estatal. Estos, hacen trabajos en el estado sin alejarse mucho de la agencia y la mayoría del tiempo trabaja en conjunto con un supervisor, que vendría siendo un espía de nivel internacional. Los espías internacionales somos los que más llevamos riesgos y atendemos misiones en varias partes del mundo. Y bueno, yo soy una espía de nivel internacional, y no es que me guste presumir, pero si te gusta la acción y el peligro, lo internacional es lo tuyo.
En este momento estoy encubierta como dama de compañía de un mafioso francés llamado Gabrielle Braund. Entró a EE.UU utilizando una visa falsa, ya que en Francia lo habían apresado por transporte ilegal de mujeres. Un tipo simpático, en verdad. Como chica, no podía negar que su acento francés derretiría a la mujer más dura. Y ni hablar de sus ojos azules y su cabello rubio con rizos sin llegar a la exageración. Si no supiera que era mafioso y me invitara a tomar un café, no lo pensaría dos veces.
–Preciosa –me habló, mientras levantaba mi barbilla para que lo mirara a los ojos–, ve y espera en la habitación. No hagas nada divertido sin mí –dicho eso, plantó un beso en mi frente y continuó hablando de perfumes con un hombre que parecía poco interesado en el tema.
Al alejarme, encendí el micrófono que planté en el cuello de su camisa y acomode el audífono en mi oreja para escuchar la conversación. Me mantuve 10 minutos sentada en la recepción del hotel, pero al parecer mi estimado mafioso francés tenía una leve obsesión con los perfumes. Miré la hora; eran las 11:00am. Me levanté y me dirigí al chico sentado detrás de la barra de la recepción.
–Hola –saludé–, por favor, la llave la habitación del señor Gabrielle Braund –pedí, con una sonrisa. El recepcionista era visiblemente alto, un metro ochenta más o menos, de tez morena y la camisa con la placa que tenía grabada su nombre se le cernía perfectamente al pecho y los brazos. Mucho tiempo de calidad en el gimnasio, al parecer. Sin mirarme, se dio la vuelta y se acercó a los agujeros en donde guardaban las llaves de las habitaciones. La llave estaba un poco alta, así que el extendió el brazo para alcanzarla y pude notar como la camisa se le moldeaba perfectamente en esos tan trabajados hombros anchos.
Oh, mierda.
Si James supiera que estoy mirando a los chicos mientras trabajo me cortaría el cuello con la espada de doble filo que mantiene en la pared de la oficina. Pero soy una chica de 18 años, estoy en la etapa en donde mis hormonas están a flote, y sobre todo por eso brazos...
–Aquí está la llave –me las entregó, junto con una sonrisa–, piso quince, segundo pasillo, Suite Presidencial –sonrió–. Disfrute su estadía.
–Ah...–Balbuceé–. Claro, gracias –le sonreí de vuelta.
–Por casualidad –me detuve en seco–, ¿es usted la novia del señor Braund? –La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Qué le digo? Quizás preguntaba porque quiere invitarme a salir. Me odiaría toda la vida si dejo ir a semejante Dios griego. Y además, me vería mal sabiendo que tengo 18 años y tomé la llave de la habitación de un hombre de 40 años. Tengo que pensar en algo.
–No –hice un gesto de "restale importancia"–. Somos primos –¡¿Qué?! ¿Eso es lo mejor que se te pudo ocurrir, Sonny?–. Primos lejanos –le sonreí.
Uhg. Ahora creerá que soy una retrasada.
Él se rió timidamente mente–. Tranquila. Es solo que... –Se inmutó, pero continuó, algo indeciso–. Tenía curiosidad. Luces muy... joven.
–Ah -articulé-. Solo somos primos –En ese momento, volví mi atención al audífono que tenía en mi oído. Gabrielle estaba finalizando la conversación y se dirigía hacia dentro. Saqué mi teléfono y vi un mensaje de Bryan, mi compañero de misión. Me llevaré un buen regaño por esto.
–Tengo que irme, un gusto hablar contigo –vi su placa y divisé su nombre–, Scott –Le guiñe el ojo y me lancé al ascensor, cuidando de que sueño francés, como había apodado a Gabrielle, no estuviera pisándome los talones.
***
Entré a la habitación y de inmediato escuché seguros de armas abrirse. Diez agentes estaban apuntándome con sus armas listas para disparar.
–Calma, chicos –levanté las manos en señal de que me rendía. Bryan salió de detrás del sillón.
–¿En dónde estabas? –Me reprendió– Se suponía que tenías que estar aquí a las 10:50am –estaba respirando agitado y estaba frunciendo el ceño mientras me miraba enojado. Todo un amor, ¿no?
–Estaba escuchando la conversación de Gabrielle. Quería esperar por si decía algo importante –le contesté de vuelta–. Y por cierto, viene subiendo el ascensor –miré a Bryan con suficiencia. Sabía que odiaba trabajar conmigo tanto como yo odio las rosas. Es amor mutuo. Chasqueó la lengua, exasperado, y ordenó al equipo esconderse de nuevo.
Minuto después, Gabrielle tocó la puerta. Esperé unos segundos y abrí:
–Hermosa –me tomó en sus brazos y aspiró el aroma de mi cuello–. Te he elegido bien, tu aroma es embriagador. Disfrutaré mucho contigo –me rodeó la cintura y aspiró el aroma de mi cabello también.
Le di la señal a Bryan y en ese momento, salieron de todas partes agentes armados listos para disparar. Gabrielle se sobresaltó por el ruido del seguro de las armas abrirse y se incorporó confuso.
–¿Que sucede aquí? –Preguntó con el ceño fruncido, obviamente confundido. Le di una ágil patada en el estómago, haciendo que se encorvara de dolor. Un agente lo tomó de los brazos y esposó sus manos.
–Esperó que pases unas lindas vacaciones en prisión, Gabrielle –le despedí con la mano. Ni siquiera tuvo tiempo de preguntar quiénes éramos. Le cubrieron la boca de inmediato.
–Fue más fácil de lo que pensábamos –dijo Bryan, mientras guardaba su arma en la cintura, una calibre 22. Poco efectiva, pero por alguna razón, amaba esa arma. Muchos dicen que era de su padre que murió en un tiroteo por una bala perdida. No lo entendía, según había escuchado su padre era profesor. Pero Bryan era muy callado y reservado. Casi nadie sabía sobre su pasado o su familia.
–Demasiado fácil –le dije de vuelta, no muy satisfecha. Como por arte de magia de mis palabras, entraron por las ventanas, haciéndolas trizas, más o menos 10 ó 15 hombres vestidos con trajes blancos.
–¿Que rayos...? –Chillé, al voltearme, recibí un golpe en la nariz, tirándome de inmediato al piso. Los hombres tenían máscaras blancas, solo había agujeros en sus ojos, nariz y boca. Volteé hacía la derecha y Bryan le había disparado a dos hombres que ahora yacían en el piso. El hombre que me golpeó me tomó por un tobillo y de inmediato lo golpeé en la espalda con mi pierna libre. Cayó de bruces en el piso, tomé su cabeza entre mis manos y la estrellé fuertemente contra al piso, dejando al hombre inconsciente. Detrás de mí venían dos hombres, igual enmascarados, obviamente no querían platicar conmigo.
El primero se me acercó y lo pateé en la entrepierna, pero no se inmutó y lanzó un golpe a mi estómago. Logré esquivarlo a la izquierda, pero el segundo me tomó por debajo de mis brazos, inmovilizándome, y de repente, cayó al suelo. Bryan lo había golpeado. Le di una sonrisa rápida y tomé un arma que estaba en el piso y disparé contra el hombre. La habitación quedó en silencio.
Jack, uno de los agentes se acercó a nosotros algo agitado.
–Eran hombres de Gabrielle –afirmó–, por suerte, los chicos allá abajo lo tuvieron fácil y escaparon sin luchar. Van en camino con Gabrielle a la agencia.
–Es bueno saberlo –suspiró Bryan. Tenía un corte en la parte superior de una ceja y su labio inferior estaba sangrando. Intenté limpiarlo, pero me esquivó.
–Está bien –levanté las manos, simulando derrota–. Te caigo mal. No intentaré ser amistosa de nuevo.
–Tú no deberías ser agente internacional –dijo, limpiando bruscamente su labio.
–Y según tú, ¿por qué? –Le pregunté irónicamente.
Bryan era mucho mayor que yo, tenía 23 años y según todos en la agencia, no le agradaba por qué no toleraba a los niños. Algo radicalmente estúpido ya que era oficialmente mayor de edad.
–La agencia te sobrevalora solo por qué tus padres son los mejores espías de la agencia.
–¿Envidioso? –Arqueé una ceja. El dio una risa ahogada.
–¿Por ti? –Me miró altaneramente–. No vale la pena –dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
La sangre me hervía. Tenía tanto derecho como el de ser agente internacional. Me lo había ganado luego de tantos años de esfuerzo y entrenamiento arduo. No sabía cuál era su problema conmigo. Tampoco es que me haya esforzado en caerle bien, pero había sido claramente respetuosa en todo momento. La sangre calentaba mis mejillas y tenía los nudillos blancos de tanto apretar mis puños. Golpeé una mesa que se encontraba al lado del sillón. No me llevaba a ningún lado, pero tenía que descargar mi ira.
***
–Salgamos esta noche.
Me encontraba hablando por teléfono con Amy, mi mejor amiga desde el jardín de niños. Es el tipo de chica que pasa horas peinando su cabello rubio y pintando sus uñas mientras ve MTV. Su sentido de la moda es casi como un don.
Ah, y no sabe que soy espía.
Aún no he...tenido el valor de decírselo. No sé cómo reaccionaría y como influiría eso en su vida y en la mía, así que estamos bien así.
–No quiero ir a ninguna parte –le dije, suspirando–. Estoy agotada, no puedo dar ni un paso más.
–Siempre estás cansada –casi pude escucharla haciendo puchero–. Ya no tienes tiempo para mí, ¿que ya no me amas?
–Ya –le dije entre risas–, sabes que te amo, pero te dije que iba a estar ocupada este verano.
–Ya que –suspiró–. Llámame si estás libre –y colgó.
Miré tristemente mi teléfono y sentí un dolor en el pecho. Desde que ascendí a nivel internacional, había dejado de salir con Amy. A veces extrañaba las noches en su casa o en la mía, después de un largo día de compras. Mis padres me advirtieron, me hablaron acerca de la responsabilidad y el sacrificio de ser agente internacional. Tenía que dejar cosas atrás, además que no iba a tener la misma libertad y el mismo tiempo de sobra.
A veces me arrepentía, pero no me iba a rendir a mitad de camino. Tomé una ducha caliente y me metí en mis jeans ajustados, me coloqué una camisa azul abotonada que se cernía al cuerpo.
***
Se suponía que tenía dirigirme a la agencia apenas concluyera la misión, pero no iba a compartir auto con Bryan. Ni en sueños.
El edificio del PPI era un completo rascacielos, pero pasaba desapercibido y se mezclaba con los demás. No parecía para nada una agencia de espías. La puerta era automática así que coloqué mi identificación de espía en la pared a la derecha de la compuerta, haciendo que esta se abriera. Excelente sistema. Crucé un pasillo largo, la puerta se deslizó y abrió paso al centro de la agencia. A mi derecha había computadoras inteligentes, cada una con más de 3.000GB de capacidad, y a mi izquierda, igual, en el centro, había una mesa extendida a lo largo y en la pared, había una pantalla gigante. Todo esto iluminado por luces blancas fluorescente y paredes grises y negras. Saludé a mis amigos y me adentré por un pasillo a la izquierda, que llevaba a la cafetería y más adelante se encontraba el arsenal y un poco más allá, nuestro campo de entrenamiento. A la derecha se abría una antesala. A lo que es la oficina del jefe, James Smith. La oficina tenía vidrios reemplazando paredes, algo muy clásicas y novedosas y a la derecha de la antesala, se encontraba otro pasillo, con oficinas y habitaciones y al final podríamos encontrar nuestro laboratorio.
Si, este lugar es todo un laberinto encantador.
No vi la necesidad de tocar, así que entre de una vez. Al levantar mi mirada, vi a Bryan sentado con los codos en él apoya brazos y las manos entrelazadas en frente de su cara. Se veía tan...Guapo y asaz en esa posición.
Esto solo lo diré en mi mente.
–Con que aquí estas, pequeña Sonny –me saludó James. Se incorporó en su silla y apoyó los codos en su escritorio–. Justo ahora, Bryan me estaba informando acerca de la misión. Quisiera oír que tienes que decir tú.
–Ya yo le expliqué con detalles, señor –replicó Bryan.
–Exacto. Yo solo venía a reportarme –hice ademán de salir pero James se aclaró la garganta, dejando mi cuerpo detenido en seco. Mierda, si estoy aquí con Bryan esto acabará mal.
–No tengas tanta prisa, pequeña. Siéntate –señaló con la mano la silla al lado de Bryan. Suspiré hondo. Me senté al lado de Bryan, haciendo caso omiso a las miradas de reojo que me daba este.
–Los demás chicos del equipo me informaron acerca de su... relación –continuó–. Y para nadie es un secreto que ustedes no se llevan bien, así que comenzaré con una advertencia. Mejoren su relación. Rápido. Si no quieren que tome medidas drásticas en el asunto –concluyó, con una extraña sonrisa.
Yo me aclaré la garganta, un poco incómoda–. Son solo diferencias, James. Todos tenemos diferencias.
–No hay de qué preocuparse –dijo Bryan–, no hay realmente de qué preocuparse.
James nos estudió a ambos, viendo que podría sacar de nosotros, pero solo suspiró y señalo la puerta con la mano.
–Lo dejaré pasar. Pero quiero que vayan a entrenar. Juntos. Y pórtate bien, Sonny. Tus padres me pidieron que pusiera un ojo en ti. Ya estas lo suficientemente grande para eso.
Bryan y yo salimos de la oficina y nos dirigimos en un silencio incómodo hacía el campo de entrenamiento. Bryan caminaba a mi lado, y fácilmente me sacaba una cabeza de altura. Tenía hombros y brazos exageradamente definidos, sin llegar a ser grotesco. En algunas ocasiones mientras entrenaba, se quitaba la camisa, y podía notar su sixpack. Las facciones de sus rostros parecían perfectamente cinceladas, ojos verdes mar, labios delgados y con una sonrisa encantadora, aunque no sonreía mucho. Tenía el cabello color café, liso y lo peinaba casi siempre descuidadamente.
–¿Que tanto me observas?
–No te estoy observando. No eres tan guapo como para fijar mi mirada en ti –él rió.
–Soy muy guapo –dijo firmemente–, todos lo saben.
Ambos reímos y luego nos miramos. Nos aclaramos la garganta, incómodos. Obviamente este será el primer y el último gesto de simpatía por parte de ambos.
Entré a los vestidores y me coloqué el uniforme de entrenamiento de la agencia, que consistía en pantalones deportivos, para las chicas, brasieres deportivos y una sudadera con el logo de la agencia. Salí al campo y estaba totalmente desolado. Vi el día y la hora, los del nivel ciudadano no entrenaban hoy, y la mitad de la agencia estaba en misiones.
Eso significaba: Campo solo para mí.
Bueno, con Bryan.
Él ya se encontraba levantando pesas, ambas de 30kg. Eso significaba que fácilmente podría colgarme a mí de bolso. Yo, por otro lado, comencé a golpear un saco de boxeo. Se sentía bien. Sentía como la ira iba manando hacía afuera en mis puños y patadas. Mi cuerpo se iba calentando, mi sangre reemplazada por lava y la adrenalina se apoderaba de mis sentidos.
Quería en este momento destrozarle un brazo a alguien.
–Ey, princesita –me llamó Bryan. Di un último golpe al saco antes de mirarlo. Estaba totalmente relajado, sin una gota de sudor, mientras que yo estaba completamente bañada en él y sin duda muy desaliñada, sin hablar de mi respiración entrecortada.
–¿Qué quieres?
–Una lucha. Dos de tres. Ganas si tiras tu oponente al piso –ofreció. Me miró engreídamente.
–Claro –acepté–. Limpiaré el piso contigo –tomé una toalla y sequé mi cara y manos.
Él se levantó y tronó sus dedos y su cuello–. Ven aquí. Te romperé una costilla –dijo y se colocó en posición de atacar. Yo hice lo mismo.
Ataqué primero, buscando golpear su estómago, pero este fue más rápido y me lanzó en un movimiento ágil hacía la izquierda. Di una vuelta y caí de pie y sin darme tiempo de respirar, lanzó una patada a mi hombro, tambaleándole, golpeé su pierna derecha con mi puño y pateé su brazo izquierdo. Di una voltereta con un salto y atrapé su cabeza entre mis muslo (ventajas de ser delgada), él tomó mi cabello y me lanzó hacía un lado, y yo lo atraje conmigo, ambos cayendo al piso. Nos levantamos de inmediato y comenzamos y arrojarnos golpes y patadas, acertando en mi cuerpo la mayoría. Él era más pesado que yo, así que sus golpes eran más fuertes. Tomé su brazo y traté de doblarlo, me pateó mi espalda, arqueándome dolor. Caí de rodillas en el piso, jadeando y sin oxígeno.
–No es justo –me quejé, aun jadeando–. Tienes el doble de mi peso, es obvio que tus puños son más fuertes –chillé. Me sentía adolorida en todo el cuerpo, pero me dolía más mi orgullo. Apenas logré acertarle unos cuántos golpes. El me miró. No era capaz de descifrar lo que quería decir su mirada, así que se agachó a mi lado.
–¿Qué harías si tu enemigo tiene el doble de mi peso? –Apartó un cabello que se extendía en mi frente. Continuó–. Tienes que ser estratégica. Usa su peso en su contra. Eres liviana y flexible, puedes hacer sus golpes más lento y usar tu ligereza en su contra. Puedes atacar con velocidad.
–Gracias. Supongo –me levanté con un poco de dificultad y me puse en pie tambaleándome. Bryan se dirigió a la puerta sin mirarme antes de salir por ella.