Prólogo.
-¿Es ella? -Preguntaba aquel hombre, vestido con un perfecto traje de gabardina azul hecho a la medida.
Encendió un cigarrillo y lo llevó a su boca, analizando la foto encima de su escritorio de la chica que había arruinado su vida. Nada más verla sintió el estómago desgarrándose. La odiaba más que a nada en el mundo, y aunque había pasado un poco más de dos años, el odio aún seguía creciendo fervientemente. Aunque estaba un poco cambiada, con cabello n***o azabache totalmente liso y largo, aún no se quitaba de su mente la imagen de la chica semi-rubia apuntando un arma a su cabeza.
-Está un poco cambiada, señor -le explicó su ayudante-. Pero es ella.
-¿Qué más encontraste?
-Es una espía de nivel internacional ahora -dijo-, es complicado siquiera llegar a su fecha de nacimiento.
-Eso no es mi problema -soltó el hombre, con énfasis de enojo en su voz-, quiero a esa chica arrodillada a mis pies pidiendo perdón, suplicando que la deje vivir. ¡Eso es lo que quiero! -gritó irritado. Barrió todas la cosas de su escritorio hacía el piso mientras gritaba maldiciones en francés. Se detuvo y tomó unas respiraciones largas. La ira no iba hacer llegar a la chica a su puerta. Su pecho subía y bajaba a causa de la agitación, su cabeza dolía palpitante y las lágrimas picaban sus ojos.
Pero era un hombre poderoso ahora. Había cambiado. Tendría a su disposición cuántas personas fueran suficientes para clavar un cuchillo en la garganta de esa chica.
-¿Quisiera algo más, señor? -Preguntó tímidamente el ayudante.
-Vete -le ordenó secamente, y el chico abandonó la sala a grandes zancadas respirando nerviosamente.