El eco de los pasos de Valeria se había perdido en la oscuridad. El derrumbe que ella provocó bloqueaba el pasillo, dejando a Damián atrapado dentro del edificio. Por un instante, el silencio lo envolvió, y su respiración se volvió errática. —Valeria… —susurró, con voz quebrada—. No me dejes. Se arrodilló frente a los escombros, golpeando con las manos ensangrentadas, intentando abrirse paso. El dolor físico no importaba; lo único que lo consumía era la idea de perderla. La furia Su desesperación se transformó en furia. Golpeó las paredes, lanzó objetos contra el suelo, rugió como un animal herido. —¡No puedes escapar de mí! ¡No puedes! Los recuerdos de cada momento juntos lo invadieron: las batallas contra los cazadores, las miradas compartidas, las palabras de esperanza. Para

