El edificio se había convertido en una prisión invisible. No había barrotes ni cadenas, pero la mirada constante de Damián era más opresiva que cualquier celda. Valeria caminaba por los pasillos con pasos medidos, fingiendo calma, mientras por dentro su mente ardía con una sola idea: escapar. La obsesión de Damián Damián la seguía a todas partes. —No quiero que estés sola —decía, con voz suave pero cargada de posesión—. Cada vez que te pierdo de vista, siento que el mundo se derrumba. Valeria lo miraba con cansancio. —Necesito espacio, Damián. Él sonrió, pero su sonrisa era inquietante. —El espacio es lo que nos separaría. Y yo no puedo permitirlo. Por las noches, guardaba cada objeto que ella tocaba, como si fueran reliquias. El trozo de tela que usaba para limpiar, la bote

