“Pasó Cupido y me dijo: «Tú no, tú viaja»”.
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Diez días después…
No se sentía real hasta que lo vivió. Era el viaje más largo que había hecho en toda su vida, desde América hasta Europa, sin escala. Tenía dolor de cabeza, los oídos le pitaban, tenía náuseas. Eso sin contar que su corazón se le iba a salir del pecho, de lo fuerte que le palpitaba. Mientras que Farah y David se habían dormido prácticamente todo el tiempo que duró el vuelo, ella ni cerca de hacerlo..
Siete horas en el aire, en ese momento entendía, porque Zennen llegaba destruido, y solo quería que ella lo mimara. Sonrió al recordar la primera vez que fue por ella. La noche que salieron a bailar, él no le había dicho que se sentía mal, hasta que ya no pudo controlar el malestar.
Mientras iba en el taxi camino al hotel que había reservado recordó la cara escandalizada de su madre, cuando le dijo que había echado de la casa a James, y que se iba del país. Porque se le había presentado una oportunidad laboral. Por no decir, que la más importante de su vida.
—¿Te vas a Europa y no me dijiste que lo tenías planeado? —le recriminó su madre.
A ella no le importaba que los demás lo supieran, al final no tenía porque hacerlo, solo sus hijos tenían derecho a estar informados. Al siguiente día de irse James de su casa. Les invitó a desayunar, y les dio la noticia. No dejaron de gritar y saltar de alegría. Por supuesto, ya sabían la condición. No decirle nada a nadie hasta que ella lo hiciera.
Se sentía fuera como un pez fuera del agua, porque era cierto que venía de un país tercermundista. Aunque ella era una fiel participante de la globalización, y cibernauta con todas las letras.
Todo lo planificó minuciosamente, al punto de que había alquilado un apartamento amoblado con todas las comodidades, y servicios. También realizó el pago tres meses, porque quería sentirse estable, y sabía lo agobiante que era el tema de la renta. Toda la negociación había sido por internet, y por criptomoneda.
«¡Mil gracias Dios! Por haber nacido en la era tecnológica», se dijo.
Estaba relativamente cerca de dónde Zennen le había encontrado trabajo, así como de colegios, hospitales y centros comerciales. La ubicación era magnífica, y eso era una gran ventaja
Los niños miraban con asombro la ciudad a través de los vidrios de la ventana del vehículo. Tenía que reconocerlo, era muy hermosa. Las edificaciones antiguas entre casas modernas, daba un toque especial. Como lo era el apartamento que había arrendado en un edificio de construcción nuevo.
Llegaron a las diez de la mañana de ese día. Abby decidió quedarse en un hotel, estaba muy cansada y tenía que hacer aún muchas cosas. Por eso quería descansar, para llamar un poco más tarde a la persona que le entregaría las llaves de su nuevo hogar, y por supuesto a Zennen.
Cuando despertó eran ya las dos de la tarde, los niños estaban con cara de aburridos. Abby seguía un poco desorientada, con un poco de náuseas, y todavía un ligero dolor de cabeza.
—Mami, tengo hambre —le dijo el pequeño.
—Tal vez deberías decir, que nos estamos desmayando de hambre —agregó Farah.
Se sentó en la orilla de la cama, para alcanzar su teléfono celular en la mesita de noche.
—¡Oh niños! —exclamó mirándolos apenada—. Lo siento mucho. ¡Dios qué tarde es!
Observó que sus hijos estaban con otra ropa, eso significaba que solo esperaban por ella.
—¡Ya se bañaron! —estaba asombrada, generalmente ella tenía que apurarlos para salir.
—Por supuesto, mami. Sabes la obsesión de David con los baños —la chica hizo gesto con el pulgar hacía su hermano.
No era una acusación, porque era totalmente cierto. Su hijo tenía cierta manía con los baños. Él afirmaba que si el baño estaba feo, todo lo demás también.
Fue su turno para ir a bañarse y vestirse. Lo peor era que estaban en otoño, y la brisa era un poco fría. Ellos venían de un país tropical, y de una ciudad en donde los trescientos sesenta y cinco días del año era verano.
Después de estar lista, decidió ir con Farah y David a un centro comercial, de manera inmediata quería comprar una tarjeta sim para su teléfono celular, algunos abrigos para los niños, y se dio cuenta de que no tenía ropa para ir al trabajo.
Tenía planiado ir al día siguiente a la empresa en donde iba a trabajar. Tenía que causar una muy buena impresión. También podía darse ese gusto, porque tenía como y lo mejor con qué dinero hacerlo.
Estaba feliz de ver a sus hijos tan animados. En sus ojos se reflejaba la alegría que sentían. Farah insistió en comprara artículos necesarios para arreglarse en casa. Le recordó que estaban en Europa en donde todo era chic y fashion.
Luego de haber almorzado y hecho las compras, se dispuso a llamar a la persona que sería su casero para citarse con él, y que le entregara las llaves del lugar que sería su nuevo hogar. Con un poco de verguenza le pidió que por favor la acompañara, porque aún no conocía la ciudad, y estaba un poco desorientada. La persona fue muy amable y lo hizo.
El lugar era más bonito de lo que mostraba la foto de internet, incluso era más grande, tenía ciento setenta y cinco metros cuadrados, con razón el precio. El acuerdo entre ellos era por tres meses, si le iba bien económicamente renovarían el contrato.
Tenía cuatro cuartos, una sala, un estar, cocina – comedor, detalles en madera, yeso y piso de granito n***o, cinco baños y medios, una terraza, dos puestos de estacionamiento. En las áreas comunes había una cancha de tenis, otra de fútbol y una piscina. De verdad era hermoso. De momento solo esperaba poder continuar pagándolo, porque costaba un poco más de dos sueldos mínimos mensuales en ese país, más los servicios que no sabía aún cómo eran de costosos. Aunque no quería pensar en eso, porque al final ella podía darse el lujo de eso, y hasta un poco más.
Esa noche durmieron en el hotel. Abby habló con sus hijos que al día siguiente en la mañana iba al lugar en donde iba a trabajar. Le ordenó a David que mientras estuviese fuera, debía hacerle caso a Farah, y a ella le ordenó que tuviese cuidado que si querían desayunar o cualquier cosa la pidieran a la recepción. Pero que a la hora del almuerzo estaría de vuelta, y los invitaría a comer.
«La primera impresión es la que cuenta», se dijo cuando se vio frente al espejo.
Cuando salieron de compras Farah le había hecho comprarse una plancha para el cabello, para alisarlo. En ese instante se veía mucho más largo, hasta la cintura. Lo traía recién pintado con muchas mechas color champagne, también le había hecho comprar varios vestidos pero, para pedir una cita con recursos humanos quería algo que le diera seguridad.
Por eso se puso un pantalón marrón bota recta sin bolsillos, se molestó al saber que aunque había adelgazado unos kilos igual su trasero sobresalía. No era para nada discreto así que tenía que hacer algo. Utilizó para eso un blusón color crema sencillo, manga corta con detalles en las orillas de flores en tonos vino tinto, marrón y un toque amarillo. Los zapatos cerrados tipo botín marrones también que combinaba con su bolso. La chaqueta era color marrón también pero un poco corta le llegaba hasta la cintura los zarcillos solo eran unas perlas delicadas y el maquillaje lo más natural posible, no uso perfume solo una crema para el cuerpo de vainilla con manzana.
Decidió que iba a ir caminando, siempre le habían dicho que en ese país la gente caminaba mucho. De esa forma conocería el entorno. El trabajo quedaba exactamente a cuatro cuadras del apartamento que había arrendado, pero no del hotel. Sus planes se frustraron al caminar media cuadra, tuvo que pedir un taxi.
Quedó sin habla cuando el chófer la dejó en frente de la sede de su nuevo trabajo. Era un edificio de cuatro pisos, pero demasiado lujoso, era como una torre empresarial pequeña.
Llegó a recepción, y se presentó enseguida le dieron un carnet de visitante y la enviaron al área de recursos humanos. Por fuera la estructura era lujosa, por dentro aún más. Consiguió la oficina que buscaba y tocó la puerta, le contestaron de forma rápida y la hicieron pasar.
—¡Oh bienvenida, señorita Bohorquez! —le saludó efusivamente el gerente de esa área. Un hombre bien parecido de algunos cuarenta años—. Es un gusto poder conocerla al fin.
—Muchas gracias. —dijo Abby con un poco de pena.
—Hace días estuve a punto de preguntar si mandaba a anular su contrato, puesto que está hecho desde hace nueve meses.
Abby parpadeó al darse cuenta del tiempo que había pasado.
—Perdón, no pude venir antes, las cosas se me complicaron un poco.
—La verdad es que no sé quién es su influencia en la gerencia —el tono que utilizó era de doble sentido—, pero usted ya goza de todos los beneficios de esta empresa, desde que firmó el contrato. —tecleó en su computador—. Tiene póliza de seguro médico para usted y sus hijos. De hecho se le ha enviado por un servicio de remesa el treinta por ciento de su sueldo, el setenta por ciento restante, está en una cuenta fideicomiso.
—Disculpe, es que estoy sorprendida, esto no me lo esperaba.
El hombre continuaba extrañado al saber de su desconocimiento al respecto.
—Todo eso fue autorizado, por el abogado de la empresa.
¡Oh Jesús! Zennen había pensado en todo. Qué tonta fue al no confiar en él, se reprochó.
—No hay más nada que decir. Solo explíqueme cual es mi función aquí, y cuando comienzo.
—Comenzará este lunes, si usted quiere.
—¿En qué área?
—Según dice su resumen curricular, usted es especialista en tributos.
—Sí, esa es mi especialidad, pero no son los mismos que en mi país.
—Entonces le sugiero que aproveche el tiempo que le queda libre, para estudiar un poco nuestras leyes tributarias. Porque por órdenes de la gerencia su cargo es en contabilidad, pero la parte de importación, exportación e impuestos.
—¡Oh está bien! —le dijo emocionada dándole la mano antes de levantarse—. Muchas gracias no le haré más perder el tiempo. El lunes vendré temprano y pasaré primero por aquí, para que usted me indique el área de trabajo.
—No se preocupe —también le dio la mano— Bienvenida al país, y a la empresa también.
Cuando ella iba cruzando la puerta.
—Disculpe mi imprudencia, sé que lo que le voy a preguntar está fuera de lugar, y puede que sea hasta un poco absurda, pero tengo mucha curiosidad.
Abby asintió para que continuara
—¿En su país todas tienen el cabello como usted?
—Realmente no lo sé. —al escuchar aquello frunció el ceño, y se encogió de hombros.
—He conocido a muchas mujeres de su país, y la mayoría tiene el cabello así.
—Pues esa es una similitud en todas las mujeres latinas —le sonrió y se marchó.
Fue al hotel rápidamente para buscar a los niños e irse a su nueva casa. Se terminaron de instalar a media tarde; les pidió que la acompañaran al supermercado y ellos aceptaron completamente encantados.
Ese fin de semana, la pasaron disfrutando, conociendo la ciudad, pasaron por una librería, y compraron algunas leyes del país. Para no estar tan perdida cuando fuese a trabajar. El domingo por la mañana estaba chequeando uno de los emails que le había enviado Zennen; específicamente en donde le informaba que el cupo para el colegio de sus hijos estaba listo. Les dejó un mensaje, para que se comunicaran con ella y darle más información.
Los niños estaban un poco inquietos, por no decir que asustados por el cambio de colegio, para todos ellos era empezar de cero. Aunque ellos seguían pensando que volverían a su país en unos meses. Abby les comentó que ese era el objetivo del viaje, pero que de igual forma debían estudiar.
Se sentó con ellos en el sofá uno a cada lado, los abrazó fuerte y le dio un beso a cada uno por encima de la cabeza.
—Ustedes querían un cambio. —los niños asintieron.
—Esta es nuestra oportunidad para hacerlo —suspiró, volvió a abrazarlos, pero esa vez más fuerte, y con esas palabras sus hijos, y ella se sintieron con mucha más seguridad..