Desde aquel dia su estancia fue una pesadilla. No solo porque ya no recibía ayuda de nadie. Sino porque ahora las miradas entre ambos solían toparse más seguido, y ella agachaba la vista tratando de ignorarlo. Era casi como si el príncipe la estuviera vigilando. Ella sentía que todos sus movimientos estaban siendo cuestionados, tenía pavor de que las cosas se le salieran de las manos.
Respiraba agitadamente y apenas podía dormir por las noches pensando que alguien podria entrar a su celda y cortarle el cuello. Tal y como ya lo había visto hacer a Elian. Tenia pesadillas donde el la asesinaba y luego tomaba su sangre de una copa mirándola con aquellos ojos llenos de ira y rabia contenida, y sus cabellos oscuros haciendo un contraste hermoso con el brillar de su armadura. Una belleza mortal.
No era la primera vez que veía sangre en su vida, pero no sabía porque está en particular la había afectado tanto. Quizás porque este hombre había querido ayudarla, y ella no pudo hacer lo mismo por él.
Se sentía enferma. Siempre con el cuerpo adolorido, siempre vacía por dentro.
Nunca quiso darle la satisfacción de verla débil, asi que fingía. Cuando sus ojos se topaban con los de aquel monarca fingía no verlo. Fingía fortaleza. Él era como un buitre acechando a su presa, tan solo listo para verla caer y abalanzarse sobre ella.
Pero no siempre la voluntad y el espíritu de un hombre podía con las necesidades del cuerpo. Y en algún momento esta se desmayó. No era raro que un esclavo desfalleciera del cansancio en medio de sus jornadas de trabajo forzado. Después de todo, muchos eran explotados, más aún sabiendo que casi todos eran enemigos del reino. Con la diferencia, que ella era la única princesa. ¿de que valía su corona ahora?
Lo último que recuerda haber visto cuando cerró los ojos aquel dia, fueron los labios de alguien murmurando cosas que ya no escuchaba.
A la hora que volvió a despertar, estaba en su celda recostada aun en el frio del mármol de su cama a sus espaldas, con la única diferencia de un manojo de paja reposando debajo su cabeza. Tenía frio. Aún estaba mal, cansada, con hambre, y débil.
—¿Te vas a morir ya?— y aquella voz conocida que parecía empeñado con ella lleno la estancia. El jamás se daría por vencido. Jamás estaría satisfecho
Ella volteo su cabeza ligeramente hacia la derecha para ver al mismísimo príncipe. ¿Por qué molestarse a bajar hasta aquí por ella? Quizás solo para comprobar que ya estaba muerta. Lo que tanto el deseaba
—Aun no— menciono con voz baja, su pecho pesaba
—Avísame cuando lo quieras. —y se tocó la espada que descansaba en su regazo casi como brindándole una opción. Una última mirada de asco surco por sus ojos antes de salir de la celda y desaparecer
Ella se volvió a meter en su mundo de sueños, con fiebre alta y pocas ganas de vivir. Quizás si moría el dolor se acabaría. Quizás…
Pero no. Porque recordó los ojos de aquella joven. “¿estas segura?” se repetían las palabras en su cabeza, y ella respondía “sí. Yo puedo hacerlo. Volveré”
Cumpliría su promesa. Ella regresaría a su reino.
Abrió los ojos por segunda vez en el dia. Aunque el sol ya se había ido por completo. Miro por los únicos barrotes donde se filtraba la luz de la luna.
¿Qué haba dicho Elian? “Una princesa viva, era mejor que una muerte”
Sacudió su cabeza. No. Su hermana mayor estaba viva. Protegida y a salvo en su reino. El tratado de paz la protegía. Además, Elian aun no era el rey.
Si quería sobrevivir, si quería mantenerse viva, las cosas tendrían que cambiar.
Ella era lista, encontraría la manera.
Y lo hizo. Con el pasar de los días hallo algo más fuerte que el miedo en los hombres. La codicia. Gente dispuesta a desobedecer al mismísimo príncipe a cambio de dinero. Y ella era una princesa. Aun tenía infiltrados fuera de las murallas. Y empezó a hacer canjes. Después de todo, al crearse la paz entre ambos reinos, el comercio empezó a ser permitido. Entonces encontró a alguien dispuesto a hablar con su informante de afuera, conseguiría y metería todo el oro del mundo dentro del palacio sin que nadie sospechara. Y empezaría a vivir mejor. Comida. Medicina. Todo cuanto necesitaría lo conseguiría comprándolo.
Una semana después, ella parecía recuperada. Nadie entendía el gran milagro de sus curaciones, pero solo otros pocos sí. Miradas furtivas que se escapaban manteniendo un secreto. La forma de hacer los canjes era solo de expertos ladrones y espías. Se dio cuenta de que meter armas era prácticamente imposible. Toda cosa que ingresaba al palacio era revisada y toda cosa extraña confiscada. Por suerte no tenían esa restricción con las joyas y el oro.
Entonces, asi encontró solución a su problema. Resistiría.
Mientras limpiaba el suelo del piso superior alzo su vista, y se dio cuenta de que el, como de costumbre, ya la estaba observando. Pero esta vez, ella no retiro la mirada. El sol resplandeció en sus ojos ambarinos con la fiereza del mundo retándolo.
No importaba cuanto se esforzará Elian, ella viviría para ver el siguiente amanecer.