El convoy de camionetas blindadas rugió al salir del estacionamiento privado de "El Antro de Judas". Máximo iba en el asiento trasero de la Suburban principal, con el cuerpo inerte de Zoe recostado contra él. Sus manos, acostumbradas a empuñar calibres gruesos y firmar sentencias de muerte, ahora recorrían la seda del vestido de la joven. Era suave, pero ella lo era más. —Patrón —dijo Iván desde el asiento del copiloto, mirando por el retrovisor—, mis muchachos encontraron al tipo que la metió en su reservado. Se llama Horacio Rivas. Un borracho muerto de hambre, jugador empedernido. Debe dinero hasta a los santos. Máximo no apartó la vista de Zoe. Con el pulgar, delineó el labio inferior de la chica, que soltó un pequeño suspiro entre sueños. —¿Qué relación tiene con ella? —preguntó

