LA MONEDA DE ORO
El aire en "El Antro de Judas" era una mezcla densa de tabaco barato, perfume caro y el olor metálico del miedo. Ubicado en los suburbios más peligrosos de la ciudad, este no era un bar para cualquiera; era el territorio donde las leyes del gobierno morían y nacían las de los señores de la guerra.
Zoe Rivas se miró en el espejo roto del baño de empleados. El reflejo le devolvió una imagen que apenas reconocía. Su tío Horacio la había obligado a ponerse un vestido de seda roja, tan corto que se sentía desnuda, y unos tacones que la hacían tambalear. A sus diecisiete años, su cuerpo aún conservaba la delicadeza de la adolescencia, una fragilidad que esa noche parecía un pecado capital.
—Por favor, Dios mío, que esto termine pronto —susurró, con la voz quebrada.
Sus manos temblaban mientras intentaba retocarse el labial. Pensó en sus libros de medicina, escondidos bajo el colchón podrido de su habitación. Ese era su único refugio, el sueño de curar heridas en lugar de recibirlas. Pero en la casa de Horacio, los sueños se pagaban con sangre.
—¡Zoe! ¡Muévete, carajo! —La voz ronca de su tío retumbó tras la puerta antes de que él entrara sin llamar.
Horacio Rivas era un hombre pequeño de alma, pero inflado por la avaricia y el alcohol. Sus ojos recorrieron a su sobrina con una lascivia comercial que a Zoe le revolvió el estómago. Para él, ella no era la hija de sus difuntos hermanos; era el boleto de salida de sus deudas de juego.
—Mírate… —dijo Horacio, acercándose y apretándole la mandíbula con fuerza—. Estás preciosa. Eres mi moneda de oro, Zoe. Hoy vas a pagar cada maldito plato que te has comido desde los cinco años.
—Tío, me duele… por favor, yo no quiero estar aquí —sollozó ella, intentando zafarse.
—¡Cállate la boca! —le soltó una bofetada seca que le dejó la mejilla encendida—. Te vas a tomar esto y vas a salir a atender la mesa privada del fondo. Sin preguntas. Si te escucho quejarte, te juro que desearás haber muerto en ese accidente con tus padres.
Él le extendió un vaso con un líquido ambarino. Zoe sabía que no era solo whisky. Sabía que había algo más, algo que le nublaría los sentidos. Pero la mirada asesina de Horacio no le dejó opción. Bebió el contenido de un trago, sintiendo cómo el fuego le quemaba la garganta y, casi de inmediato, cómo el suelo bajo sus pies empezaba a balancearse.
Mientras tanto, en la zona VIP del club, el ambiente cambió drásticamente. Los gritos de la música urbana y el bullicio de los borrachos se apagaron como por arte de magia cuando las puertas pesadas de hierro se abrieron.
Entró él.
Máximo Bermúdez, "El Diabl0", caminaba con la seguridad de quien es dueño no solo del lugar, sino de la vida de quienes lo habitan. A sus veinticinco años, Máximo era una leyenda urbana forjada en pólvora y traición. Su rostro, de una belleza agresiva y masculina, no mostraba ni un ápice de humanidad. Vestía un traje n***o hecho a medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos, revelando el inicio de un tatuaje que subía por su cuello.
A su lado, su escolta personal, hombres armados hasta los dientes, mantenían el perímetro.
—Patrón, la mercancía de Colombia llega a las tres de la mañana al puerto —le susurró Iván, su mano derecha.
—Que nadie se retrase, Iván —respondió Máximo con una voz profunda, gélida—. El que llegue un minuto tarde, no necesita reloj, necesita un ataúd. ¿Entendido?
—Clarísimo, señor.
Máximo se sentó en el centro del reservado principal. Sus ojos oscuros, casi negros, barrieron el lugar con desprecio. Odiaba estos antros de mala muerte, pero los negocios lo obligaban a descender al fango. Pidió un tequila puro. Estaba de mal humor. Había rumores de que una facción rival de la ciudad vecina intentaba filtrar información a la DEA, y Máximo no tenía paciencia para ratas.
—Traigan a la mujer —ordenó Máximo, sin mirar a nadie en particular—. Y que sea algo que valga la pena, o quemaré este nido de ratas antes de que amanezca.
Zoe sentía que el mundo se derretía. Las luces del bar eran estallidos de colores que le lastimaban los ojos. El ruido era un eco lejano. Sus piernas pesaban como el plomo.
—Camina, estúpida —la empujaba Horacio por el pasillo de las habitaciones privadas, en el segundo piso—. El comprador te está esperando en la 402. Ya me pagó la mitad, no me vayas a arruinar el negocio.
—Me siento mal… tío… el aire… —balbuceó Zoe. Su cabeza cayó hacia atrás, su visión se tornaba borrosa.
Horacio, en su prisa y nerviosismo al ver a unos hombres armados caminar por el pasillo contrario, entró en pánico. Al divisar una puerta entreabierta y con el logo de "Reservado de Lujo", empujó a Zoe con fuerza.
—Entra ahí y haz lo que te pidan —siseó él, cerrando la puerta y desapareciendo por el pasillo antes de ser visto por los guardaespaldas de la competencia que lo buscaban por deudas viejas.
Pero Horacio, en su desesperación, se había equivocado de dirección. No estaba en la 402. Había empujado a Zoe al ala oeste, la zona que Máximo Bermúdez había confiscado para su uso exclusivo.
Zoe tropezó con la alfombra gruesa de la suite. El silencio de la habitación la golpeó con más fuerza que el ruido exterior. El olor a tabaco de alta calidad y un perfume amaderado y costoso inundaron sus sentidos. Intentó sostenerse de una mesa, pero sus rodillas cedieron.
—¿Quién carajos eres tú?
La voz era como un trueno. Zoe levantó la vista, luchando contra la neblina de la droga. Frente a ella, sentado en un sillón de cuero, un hombre la observaba. No era el viejo asqueroso que ella imaginaba. Era un dios oscuro. Un hombre cuya mirada prometía el infierno.
Máximo Bermúdez dejó el vaso de tequila sobre la mesa. Su instinto de depredador se activó al instante. Observó a la chica: el vestido rojo desgarrado, la piel pálida, los ojos dilatados por los químicos y ese aire de inocencia que no encajaba en aquel antro de pecado.
—Te hice una pregunta, muñeca —dijo Máximo, levantándose. Su altura era imponente, su presencia llenaba cada rincón de la habitación—. ¿Quién te envió? ¿Eres un regalo de los colombianos o una espía que voy a tener que descuartizar?
Zoe intentó hablar, pero solo un gemido salió de sus labios. Se desplomó hacia adelante, pero antes de tocar el suelo, unas manos grandes y fuertes la sujetaron por los brazos. El contacto fue eléctrico. Máximo la atrajo hacia su cuerpo, sintiendo el calor de su piel y el temblor errático de su corazón.
—Ayúdeme… —susurró Zoe, antes de que la oscuridad la reclamara por completo, desmayándose en los brazos del hombre más peligroso del país.
Máximo la miró con una mezcla de curiosidad y una posesividad repentina que lo sorprendió incluso a él mismo. Notó las marcas de dedos en su mejilla, el rastro de las lágrimas. Nadie tocaba lo que caía en sus manos, y aunque no sabía de dónde venía esta niña, algo en su interior, una parte salvaje e indomable, decidió en ese segundo que ella no saldría de esa habitación.
—Iván —rugió Máximo sin soltar a la chica.
La puerta se abrió de inmediato.
—¿Sí, Patrón? ¡Carajo! ¿Y esa quién es?
—No importa quién es. Ahora es mía —sentenció Máximo, cargándola en brazos como si no pesara nada—. Averigua quién la trajo. Quiero el nombre de cada hombre que la haya tocado esta noche. Y preparen la camioneta. Nos vamos a la hacienda.
—¿Y el negocio del puerto, señor?
Máximo miró el rostro angelical de Zoe descansando contra su pecho. Una sonrisa cruel y seductora se dibujó en sus labios.
—El negocio puede esperar. El Diabl0 acaba de encontrar un nuevo juguete… y tengo curiosidad por ver cuánto tiempo tarda en romperse.