Verdadera identidad

1185 Palabras
HADLEY Desde que le di mi ADN a Ryker, el tipo desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Ni un mensaje, ni una llamada, nada. Me tenía como loca, dándole vueltas a todo. ¿Y si el tipo era una persona con malas intenciones y quiere hacerme algo? ¿O le pasó algo malo y yo acá pensando tonterías? No lo se, pero lo que si se es que me parece todo muy extraño esto. Recién el domingo a la noche se dignó a aparecer. Me mandó un: perdón. Que la verdad no me convencía y me invitó a cenar a un lugar de esos caros en donde la mayoría de personas que llegan en realidad tienen dinero. Yo seguía enojada con él, no voy a mentir, pero no me pude resistir a las comidas deliciosas que estaban en el menú. —Hadley, de verdad lamento no haber contestado antes —dijo apenas llegamos. Yo lo miré sin ninguna expresión, sin decir nada. Me costaba no mostrarle el enojo que me comía por dentro. Ryker suspiró hondo, se sentó frente a mí, y soltó una confesión que me tomo por sorpresa. —Pasaron cosas feas con mi familia. Nos estábamos viniendo abajo... De verdad que lo siento. Y ahí me sentí mal por el. Yo preocupada por mis tonterías, mientras él andaba lidiando con algo más jodido. Recordé que había mencionado que su familia iba a visitarlo. ¿Había pasado algo grave? —¿Qué pasó, Ryker? —le pregunté, sin entender nada. —Bueno... en realidad te mentí. No me llamo Ryker. Mi verdadero nombre es Alaric Whitcarver —soltó como si nada. Se me heló la sangre, el cuerpo y si se pudiera el alma, hasta eso. ¿Whitcarver? ¿Ese Whitcarver? ¿Los millonarios esos que salen en todas las revistas? No lo puedo creer con quien estaba hablando. —No te entiendo… ¿Eres de esa familia? —le dije, todavía en shock. —Sí, cariño. Soy uno de ellos —confirmó. Me sentí como una tonta definitivamente. ¿Quién era este tipo en realidad? ¿Por qué me hizo hacerme una prueba? ¿Estaba buscando un órgano compatible o qué? Empecé a transpirar frío. Seguro es eso. Los millonarios son crueles y no les importa si les toca pasar encima de quien sea solo para sacar su propio beneficio. —Te pagué las deudas. El contrato con el Grupo Hollister se termina mañana. Vas a ser libre —me soltó, como si con eso resolviera todo. —¿Por qué me ayudaste? ¿Y por qué la prueba? —le insistí. Mi cabeza ya no daba más. Entonces me tiró algo que me rompió todos los esquemas. —¿Te acuerdas que te conté que mi hijo mayor perdió a su beba recién nacida? Bueno… no fue que la perdió. Se la llevaron. La secuestraron y nunca más supimos de ella. Me quedé muda. Quería decir algo, pero las palabras no me salían. —Hadley… tu… tu eres mi nieta. Sentí que el piso se me movía. ¿Qué estaba diciendo? ¿Yo? —No puede ser —balbuceé. Me hablaba de una marca de nacimiento que tenía en el muslo. Que mi papá la había visto cuando nací. Y sí, la tengo. Siempre la tuve. Pero... ¿qué significaba eso? —Eres tu. Te encontramos al fin —dijo él, llorando y sonriendo al mismo tiempo. Me abrazó como si se le fuera la vida en eso. Yo apenas pude responder. Todo en mí estaba en modo colapso. Y la gente en el restaurante nos miraba como si estuviéramos locos. Y quizás lo estábamos. Porque nada de esto parecía real. Durante una hora entera, lo acribillé con preguntas. No quería dejarme llevar por la emoción hasta tener pruebas en la mano. Pero el viejo Alaric no solo hablaba, también traía papeles. Informes, análisis, ADN, todo. Cada hoja era un golpe directo: sí, era su nieta. Punto. El tipo no paraba de disculparse. Que si lo lamentaba, que si llegó tarde, que si no sabía… Pero el daño ya estaba hecho. Ahí mismo me tiró otro dato importante: mis padres ya no estaban muertos, como siempre había creído. Así, sin delicadeza. Y como si eso no fuera suficiente, resulta que tengo hermanos. Hermanos de verdad. Vivos. Respirando. Caminando por el mundo sin saber que yo existo. Nadie en esa familia sabía que él me había encontrado. Me dejó la opción que quisiera: ¿quería conocerlos o no? Me tomé un par de días para digerirlo todo, y al final decidí que la otra semana era el momento. Necesitaba ese respiro para no colapsar. Los días previos fueron un desmadre mental. Entre aceptar que vengo de una de las familias más ricas del planeta y lidiar con la noticia de que nunca intentaron borrarme del mapa… Era demasiado. Me dolía, me enojaba, y al mismo tiempo, me partía el corazón. Lo del secuestro fue otro balde de agua helada. Que me habían raptado de niña, sin que nadie entendiera bien por qué… Me hervía la sangre solo de pensarlo. ¿Qué clase de monstruos hacen algo así? * La semana llegó. El coche que Alaric mandó por mí parecía irreal. El aire acondicionado estaba a tope, pero aun así yo sudaba como si estuviera en una parrillada. Cuando llegamos, la entrada era una cosa de locos: portón n***o gigante, camino larguísimo, jardín que parecía sacado de una revista. Todo tan perfecto que hasta daba miedo. Apenas puse un pie fuera del coche, lo vi. Alaric estaba ahí, firme como siempre. Pero no estaba solo. A su lado había un hombre alto, con mis mismos rasgos. Mis ojos, mi nariz, mi boca. Lo supe de inmediato: era mi papá. Verlo fue como mirarme en un espejo. Al lado de él, una mujer morena, con el cabello largo hasta la cintura y unos ojos que gritaban muchas cosas a la vez. Dolor, duda, esperanza. Y a su lado… dos tipos de mi edad. Mis hermanos. Uno con mis ojos azules y el pelo oscuro; el otro con los ojos oscuros de su mamá y el pelo rubio como el mío. El corazón se me apretó. No sabía qué hacer. Ni qué decir. Me sentía como una extraña. Pero no hubo tiempo para pensar. Un guardia apareció de la nada y soltó: —Señor Whitcarver, hay alguien que quiere verlo. —¿Quién? ¿Qué quiere? —preguntó Alaric, con el ceño fruncido. —Es Patrick Hollister —dijo el guardia, y los nervios empezaban a apoderarse de mi. Ese nombre no lo podía olvidar. Era el abuelo de Jaxon. El guardia le pasó un celular a Alaric y le mostró un video. Ahí estaba el tal Patrick, saludando a la cámara con esa sonrisa desagradable. —¿Así que ya están sonando campanas de boda para su encantadora nieta y mi Jaxon? —dijo con descaro. Sentí náuseas. Alaric y mi papá se miraron y murmuraron algo que me dejó paralizada: —Vamos a ir preparando todo el papeleo del contrato.
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