Capítulo 1: El borracho

1666 Palabras
Cinco años después Sábado. El fin de semana casi llegaba a su fin. Todo el día me lo había pasado trabajando, desde la mañana hasta la noche, ya que también tenía labores nocturnas. En realidad, no contaba con un empleo estable; ocupaba dos trabajos, uno en una cafetería durante las mañanas de lunes a viernes, y las noches de los fines de semana en una discoteca. Durante varios años, me había dedicado a labores no tan destacadas, como la limpieza de casas, como aquella vez hace cinco años para la señora González, donde solo estuve dos meses antes de buscar otra oportunidad laboral. También, realizaba pequeños trabajos, como pasear perros o llevar niños al colegio. Sí, mi vida laboral después de la universidad fue un tanto desorganizada, pero afortunadamente, hace tres meses, la suerte finalmente llamó a mi puerta con esos dos trabajos, tanto en la cafetería como en la discoteca, con los que pude cubrir mis necesidades. Sin embargo, el empleo en la cafetería era de carácter temporal y mi permanencia allí tenía un límite; no obstante, aprovechaba cada momento para obtener ingresos antes de irme. 23:15 p.m. Estaba trabajando en mi segundo trabajo en la discoteca, la cual era una de las más reconocidas de Madrid y disfrutaba de mi labor. Mi tarea consistía en servir bebidas, atender a los clientes y lidiar con adolescentes ruidosos y hombres ebrios que a veces cruzaban límites, como había ocurrido esta noche. Gustavo: — ¿Puedes llevarle una cerveza al chico de allá? — Claro, ¿al de camisa negra? Gustavo: — Sí Rápidamente, saqué una cerveza del refrigerador y la coloqué sobre la barra frente al chico. No obstante, este parecía completamente absorto en su acompañante, comiéndosela entera. La manoseaba por todas partes y le comía la boca como si no hubiera un mañana. «Qué dicha tienen estos jóvenes», me dije. Mientras observaba esa escena, el mismo señor borracho que previamente se había acercado a la barra regresó, visiblemente más ebrio que antes. Borracho: — Preciosa, smmsms — dijo, pero no entendí nada. Estaba tan ebrio que ni hablar podía. — ¿Eh? Borracho: — Dame otra cerveza — pidió y esta vez sí le entendí, pero no estaba segura de darle lo que quería. Darle más alcohol tal vez no era una buena idea. — Gustavo Gustavo: — Dime — Ese señor quiere otro trago Gustavo: — No se lo des, solo mira cómo está. Si le llegara a pasar algo por darle más alcohol del que deberíamos, a nosotros nos caerá la culpa — Claro Gustavo: — No le hagas caso, ya se irá — Vale — dije, me acerqué de nuevo a la barra y por suerte ese señor ya no estaba. Quién sabe a dónde se había ido. ¡Ah, no! No se había ido a ningún lugar, simplemente se había caído al suelo porque ni en pie podía tenerse. Así que le pedí a unos chicos que había cerca que le ayudaran a levantarse. Borracho: — Creo que el suelo está mal aquí — comentó después de que los chicos le ayudarán a sentarse en la silla. — Ajá Borracho: — ¿Y mi cerveza? — No, ya no podemos darle ninguna Borracho: — ¿Por qué no? — Porque no y listo — aclaré y él bufó. Se quedó sentado en la barra y yo seguí sirviendo más bebidas. Después, en eso que me iba a dar la vuelta, ese señor borracho estaba detrás de mí, con la intención de pegarse a mi cuerpo y de abrazarme, por lo que lo aparté enseguida. Gustavo: — Amigo, retírate. Aquí no puedes estar — ¿Dónde está el guardia? — pregunté, viendo cómo los guardias resolvían una pelea entre jóvenes. Borracho: — Lo siento, perdí la cabeza — dijo, volviendo a su lugar tras la barra. Gustavo: — ¿Estás bien? — Sí, solo me asustó un poco Gustavo: — Si vuelve a molestarte, házmelo saber. Ahora tengo que revisar el almacén — Está bien Gustavo se dirigió hacia el almacén, dejándome sola. Durante ese tiempo, vigilé al hombre ebrio para que no hiciera nada que no debía, consciente de que si eso pasaba, no habría ayuda disponible, ya que todos disfrutaban de la pista de baile con la música estruendosa, sin prestar atención a otra cosa. Fue entonces cuando noté que el borracho me miraba de manera inapropiada, sintiéndome acosada por su comportamiento. Era evidente que era un pervertido. Borracho: — ¡Eh, guapa! — exclamó, pero intenté ignorarlo. — ¿Quieres irte conmigo? Encontrarme con tipos que soltaban comentarios así, era el pan de cada día, y en mi trabajo, lamentablemente, tenía que soportarlo. En ese ambiente donde la gente se embriagaba, el culpable solía ser el alcohol, no la boca del hombre de quien lo había dicho. Así que las camareras como yo éramos acosadas. Era frustrante, pero me veía obligada a aguantarlo y actuar como si nada sucediera. Por último, el borracho dejó de hablar cuando regresó Gustavo, y ya no tuve que quedarme sola. Gustavo: — Bien, ya he hecho el registro. Le diré a Marcos lo que falta para que lo traigan mañana — Perfecto Gustavo: — Bien, tu jornada ya ha terminado, puedes irte ahora — Por fin — expresé con alegría, y él sonrió. Gustavo: — ¿Quieres un trago? — Claro — acepté, quitándome el delantal n***o. Mi jornada había acabado hace dos minutos; yo trabajaba desde las diez hasta medianoche, mientras Gustavo y otro compañero llamado Luis iniciaban a esa hora y terminaban a las seis de la mañana. Me senté detrás de la barra y Gustavo me sirvió un chupito de tequila. — Gracias De un solo sorbo tomé el trago que Gustavo me sirvió y eché un vistazo a la pista de baile. Había bastante gente, la mayoría jóvenes, con algunos que estaban en la década de los treinta. A pesar de las peleas entre borrachos de vez en cuando, el ambiente era agradable. Posteriormente, justo cuando iba a mirar la hora en mi móvil, alguien me tocó la espalda. Al principio pensé que era el tipo molesto de antes, el borracho, pero por suerte, no fue él. — ¡Amiga! ¿Qué tal? Ana: — Holis — ¿No deberías estar ya en casa? Ana: — Sí, pero quería pasar a saludar. ¿Terminaste ya? — Sí Ana: — Entonces, ven y bailamos — Vale Ella me agarró de la mano y nos metimos entre la multitud. Empezamos a bailar, y eso me puso de buen humor. No había momento en que no me sintiera genial con Ana. Era una amiga increíble y compañera de vida, no podía pedir más. — ¿Cómo te fue en el trabajo? Ana: — Bien. Por cierto, Paula me dijo que el puesto de administrativa aún está libre — ¿En serio? ¿Tengo oportunidad de conseguirlo? Ana: — Sí, le pedí que te entrevistara y dijo que sí, pero todavía no me ha dicho el día — No me lo puedo creer Ana: — ¡Sí! ¿No es genial? — Es más que genial — respondí sonriendo. Superar esa entrevista significaría entrar a la misma compañía donde trabajaba mi amiga, con un trabajo fijo y un salario digno. Ana: — ¡Mierda! ¿Sí? Dime Ella contestó una llamada, así que nos apartamos de la pista de baile, lejos del ruido, para que pudiera escuchar y hablar mejor. Ana: — Vale... Ahora voy — ¿Qué pasó? Ana: — Mi hermano olvidó las llaves de casa. Tengo que ir a abrirle. ¿Te vas ya? — Me quedaré un rato más, quiero seguir bailando y tomar algo. Mañana tengo el día libre, así que no me preocupo Ana: — Me gustaría quedarme, pero tengo que abrirle a mi hermano, si no se quedará afuera en la calle — No te preocupes, saldremos otro día y nos divertiremos Ana: — Por supuesto — Adiós Ana: — Adiós, nos vemos en casa. ¡Cuidadito! No te vayas con cualquiera — Ni que fuera tú — mencioné y ella rio. Ana: — Y si encuentras a uno, pregúntale si tiene algún hermano o algo — ¡Lo haré! — exclamé riendo y ella también. Ana: — Chaoo Ana y yo nos conocimos hace siete años cuando estaba en busca de un departamento para alquilar. La primera vez que nos vimos fue en un autobús; coincidimos en el mismo asiento. Entonces, como ella necesitaba mudarse de la casa de sus padres porque tenía los recursos necesarios y quería, me preguntó si conocía a alguien que estuviera alquilando. Por suerte, yo tenía una habitación libre en mi propio departamento, así que acepté que se mudara conmigo porque me pareció una chica bastante simpática. Además, las dos teníamos la misma edad y coincidir en ciertos gustos y formas de pensar no fue difícil. A lo largo de los años, nuestra amistad creció, y ya llevábamos mucho tiempo siendo inseparables. En eso que Ana se fue, yo regresé a la barra, donde solo estaba un hombre en una esquina. Me senté y, en ese momento, el sinvergüenza del borracho volvió y se sentó a mi lado. Borracho: — Te estaba buscando, chiquita — susurró acercando su rostro a mi oído, provocándome un fuerte disgusto, así que me alejé de él. — ¡Señor, lárguese! Borracho: — ¿Por qué, chiquita? Te veo sola y no deberías estar así — No, no estoy sola. Tengo novio, así que márchese Borracho: — ¿Novio? No veo a ningún novio cerca, chiquita. No me voy — Señor, por favor, váyase — exclamé disgustada, me levanté del taburete y me dirigía hacia la puerta de salida, pero ese hombre me agarró del brazo. Borracho: — Chiquita, no me hables así. Vas a venir conmigo o... — ¿O qué? — pregunté desafiante. De su bolsillo sacó una navaja y la apuntó a mi abdomen. — Señor, no me haga daño, por favor
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR