En ese momento, estaba a punto de morir del miedo. Ese maldito borracho quería hacerme daño si no hacía lo que pedía.
Borracho: — Andando — exigió, así que me alejé rápido y me acerqué a un hombre que estaba en la barra.
— Amor — dije y lo abracé. No tenía ni idea de quién era, pero rezaba para que me echara una mano. Por suerte, así fue.
Él me miró directo a los ojos; al menos, noté que no parecía ebrio. Además, llevaba ropa limpia, lo cual me inspiró confianza.
— ¡Qué bueno que viniste! No te había visto — dije como si estuviera feliz. Mientras mi acosador se acercaba, me senté de golpe en las piernas de ese desconocido y, sin pensarlo, le di un beso en los labios, gesto que lo sorprendió en lugar de rechazarlo.
Sí, estaba claro que le había robado un beso, pero realmente había sido necesario, no había sido solo un simple capricho.
Finalmente, al apartarme de ese hombre, observé al borracho acercándose a la puerta, decidido a marcharse. Afortunadamente, mi plan funcionó, logrando que se fuera.
— Lo siento
Velozmente, me levanté del regazo del hombre y él solo carraspeó la garganta.
— Perdóname, es que ese hombre borracho quería tocarme y yo solo quería escapar. Creí que hacerte pasar por mi novio me iba a salvar — expliqué, y él sonrió.
— Por cierto, soy Elizabeth
Héctor: — Héctor, mucho gusto — dijo, y su voz sonó muy agradable, grave y rasgada.
— Lo siento — repetí, y esta vez sentí vergüenza, ya que ahora pude ver que era bastante guapo.
Estaba impecablemente afeitado, resaltando una simetría facial perfecta. Su sonrisa sincera y mandíbula definida capturaban la atención. Aunque las luces de colores en la discoteca dificultaban la identificación clara del color de sus ojos, estos eran oscuros y expresivos.
Héctor: — No tienes que preocuparte. Vine aquí para pasar un buen rato y me voy más que satisfecho con lo que ocurrió — dijo sonriendo.
— Me siento apenada
Héctor: — ¿Por qué? Solo buscabas ayuda
— Igualmente — dije, sintiendo mis mejillas arder.
— Mejor olvida lo que ha pasado — pedí, mientras él tomaba un trago de su vaso.
Héctor: — Creo que será un poco difícil, pero lo intentaré — dijo con actitud seductora, lamiéndose los labios para quitar el licor.
— ¿Ya te vas?
— Sí
Héctor: — Ten cuidado, no vaya a ser que te encuentres con otro estúpido que te haga sentir incómoda
— No creo que me tope con otro borracho
Héctor: — No, no hablaba de ese tipo, hablaba de mí
— Para nada, tú has sido mi salvación
Héctor: — Eso espero — dijo apenado.
— Hasta luego
— Adiós
Tomé mis cosas y me fui, no sin antes voltearme para mirar a ese hombre que se quedó en la barra acabándose su licor.
Sinceramente, no tenía ni idea de cómo se me ocurrió la idea de hacer que Héctor se hiciera pasar por mi novio y encima, darle un beso.
Igualmente, no tenía otra opción. Además, no vi a Gustavo en la barra para que me echara una mano. Así que, acercarme a Héctor fue la única solución que se me ocurrió en ese momento, ya que era el único que estaba cerca y que pude encontrar rápidamente.
Lunes.
Era casi medianoche.
Estaba tirada en mi cama, viendo una película de terror en mi laptop.
La trama se ponía intensa cuando, de repente, la protagonista se encaminó hacia una puerta.
Ya me imaginaba lo que le iba a pasar, porque ¿a quién carajos se le ocurría ir a un lugar donde no debería estar?
¡Claro, porque ahí había algo que no debería ser visto!
Entonces, la protagonista empezó a abrir la puerta y, al instante, la puerta de mi habitación se abrió.
— ¡Aaa!
Ana: — ¡Aaa! ¡Rayos, qué susto!
— A mí me asustaste más — comenté al ver que mi amiga Ana había entrado.
Ana: — ¿Otra película de miedo?
— Sí — respondí mientras se sentaba en el colchón.
— ¿Qué hora es?
Ana: — Medianoche
— ¿Y por qué vienes tan tarde?
Ana: — Fui a visitar a mi abuela con mi madre y nos quedamos charlando
— ¿Cómo está tu abuela?
Ana: — ¿Qué te puedo decir?
El Alzheimer avanza cada vez más, aunque por ahora, el medicamento para la ansiedad le está funcionando
— Esa es una buena noticia
Ana: — Sí, pero esto no tiene cura y ahí está el problema. Me hubiera gustado que mi abuela muriera tranquila y recordando a los suyos, no de esta manera en que a veces no reconoce a sus propios hijos
— Es una pena
Ana: — Pues sí, pero solo queda aceptar la realidad. Por cierto, me dijo Paula, de Recursos Humanos, que podías ir a una entrevista la semana que viene
— Vale, ¿qué día?
Ana: — Me dijo el miércoles o jueves a partir de las cuatro de la tarde
— Muy bien. El miércoles iré
Ana: — Está bien
— Deséame suerte
Ana: — Te irá bien, ya verás
— Eso espero, pero por ahora ven, veamos la película
Ana: — Vale, déjame traer unas palomitas
— De acuerdo — dije, mientras llegaba un mensaje a mi teléfono.
Hugo, 00:34 pm.
Hola, te echo de menos
Leí el mensaje y una parte de mí se alegró, pero otra parte lo ignoró por completo.
Ana: — Por tu cara, supongo de quién es el mensaje
— Hugo me escribió
Ana: — ¿Y qué te puso?
— “Hola, te echo de menos”
Ana: — ¿De verdad? ¿Tan directo?
— Así es
Ana: — ¿Y tú le crees?
— No lo sé
Ana: — Lo más probable es que esté en algún bar ebrio y solo y por eso te haya escrito
— Eso tendría sentido. ¿Le respondo?
Ana: — No, ¿para qué?
— No sé, ¿y si es cierto lo que dice?
Ana: — Nah!
— Bueno
Ana: — Ya vengo, iré a preparar las palomitas
Ana se marchó, y al revisar el mensaje, reflexioné sobre mi relación con Fernando. Aunque no éramos novios, estábamos saliendo desde hacía seis meses. Es cierto que no nos veíamos cada día ni mucho menos cada semana, pero intentábamos mantener la comunicación, aunque sea a distancia, ya que él estudiaba en Zaragoza y yo vivía en Madrid.
A pesar de que nuestros sentimientos eran mutuos, a veces sentía que la dedicación de Fernando a sus estudios de medicina lo alejaba de nuestra relación, si es que así se le podía llamar. Es más, estaba pensando en dos posibilidades para solucionar ese problema: la primera, intentar resolver nuestra situación y hacer que nuestra relación funcionara y la segunda, olvidarme de Fernando y dejar atrás toda esa indecisión que me causaba.
Por último, decidí contestar a su mensaje. No quería ignorarlo.
Yo, 00:50 p.m.
Hola, ¿cómo estás?
Envié el mensaje y dejé mi teléfono sobre la mesita de noche.
Ana: — Bien, veamos la película
Ana se sentó a mi lado y puse Play a la película, aunque debo admitir que no la vimos mucho, ya que era bastante aterradora. Sinceramente, no sé por qué la estábamos viendo, puesto que ninguna de las dos éramos fanáticas de ese tipo de películas; siempre nos causaban pesadillas, y esa madrugada no fue la excepción. Ambas terminamos durmiendo juntas por miedo a estar solas. Es más, ninguna de las dos pudo conciliar el sueño porque siempre parecía que se escuchaban ruidos en la cocina o en la habitación, lo que nos mantuvo despiertas, alertas y paranoicas.
En definitiva, esa noche no dormimos como debíamos. Por suerte, al día siguiente no trabajábamos, si no hubiéramos ido como zombis al trabajo, muertas de sueño y con grandes ojeras.