ELIZABETH
10:11 a.m.
Estaba ocupada en mi jornada laboral, tras la barra de la cafetería, cuando de pronto mi atención se desvió hacia la calle.
En ese momento, vi a un chico de cabello castaño conversando con una chica rubia. Parecían charlar animadamente, pero en un instante, la chica mostró señales de marcharse y le dio un beso rápido al chico antes de irse.
Al principio, no le di tanta importancia, ya que estaba sumida en mis quehaceres y tampoco es que quería estar atenta al chisme, pero mientras preparaba un café para un cliente, noté que el chico había entrado a la cafetería. Fue entonces cuando me di cuenta de que era Hugo, sin duda alguna. Aunque no nos veíamos desde hace tiempo, reconocí de inmediato su rostro y figura, ya que eran inconfundibles: ojos café, piel morena, cara ovalada con una frente ligeramente más ancha que la barbilla, una estatura de metro sesenta y su cuerpo delgado.
— Aquí tiene su café expreso. ¿Desea algo más?
Cliente: — Un croissant de chocolate, por favor
— De acuerdo
Cliente: — ¿Cuánto te debo?
— Serían 3 € — respondí mientras veía a Fernando acercarse a la barra. Cuando me miró, pareció que casi le daba algo, aunque logró ocultarlo.
Cliente: — Gracias
— A usted
Hugo: — Hola, qué sorpresa
— Sí, digo lo mismo. ¿Por qué no me dijiste que venderías?
Hugo: — Bueno… Es que tengo algunos días libres
— ¿Ya acabaste los exámenes?
Hugo: — Sí, el viernes pasado
— Qué bien — intenté sonar alegre, pero en realidad me sentía desconcertada.
No solo porque Hugo estaba en Madrid, sino también porque la despedida entre el chico y la chica implicaba que Hugo podría estar saliendo con otra persona.
A pesar de sus intentos por convencerme de que solo fue un beso en la mejilla, mi mente se volvía paranoica, pensando que podría haber sido en la boca.
No obstante, la verdad es que Hugo y yo no teníamos una relación seria, así que no había lugar para la infidelidad, ya que no estábamos comprometidos. Además, no era la única persona que había compartido besos con alguien más; yo también lo había hecho con Héctor, aunque tenía una razón justificada: fue por ayuda. En cambio, la situación de Hugo con esa chica parecía más seria, puesto que aparentemente se conocían desde hace tiempo y salían a escondidas.
Hugo: — No sabía que trabajaras aquí
— No sé si lo recuerdas, pero en alguna ocasión te mencioné que trabajo en esta cafetería
Hugo: — ¡Ah!
— ¿Por cuántos días te quedarás en Madrid?
Hugo: — Solo dos, hoy y mañana
— Supongo que pensabas visitarme en alguno de esos días — dije con un tono desinteresado, no buscando reclamar, sino más bien indagar en el motivo de su secreto al venir a Madrid sin avisarme.
Su actitud me había dado la impresión de que, por algún motivo, quería mantener en silencio el hecho de estar en la misma ciudad que yo.
Hugo: — ¿Eh? Claro… Sí, lo iba a hacer. Te iba a avisar en cuanto llegara — dijo y noté que mintió con su respuesta. Su comportamiento no verbal hablaba por sí solo.
— ¿Y tienes dónde quedarte?
Hugo: — Sí, mi en casa de mi amigo Juan Carlos
— Ajá…
Hugo: — Ya. Oye, ¿me das un café con leche?
— Claro. Siéntate, ya te lo llevaré a la mesa
Hugo: — Gracias
Mientras preparaba el café con leche que me había pedido Hugo, consideré la idea de terminar la “relación” que tenía con él. Mi intuición me decía que Hugo estaba saliendo con otra chica porque había muchas señales, ya no solo por lo que había pasado hace minutos, lo de la despedida y el beso, sino también porque muy escasamente contestaba mis mensajes. Entre nosotros, había muchas excusas y pocas soluciones, y tal y como iban las cosas… Lo más probable sería terminar lo que teníamos.
A continuación, terminé de preparar el café y se lo fui a dejar a Hugo.
Sabía que teníamos que hablar sobre lo que ocurría, pero al estar en el trabajo no pude y tampoco quise hacerlo. Así que la conversación quedó para luego.
20:48 p.m.
Estaba en mi habitación, me tiré en la cama y encendí el televisor.
Estaba lista para tener una noche tranquila de cine, pero ese momento fue interrumpido por una llamada de Hugo.
Hugo: — Hola
— Hola
Hugo: — ¿Cómo estás?
— Bien
Hugo: — Estaba pensando en ir a visitarte
— Ah…
Hugo: — ¿Puedo ir? Yo estoy libre ahora
— Ya… Lo que pasa es que estoy ocupada. Además, no estoy en casa
Claramente, mentía, y lo hacía principalmente para devolverle un poco de su propia medicina. Cada vez que le proponía encontrarnos, él buscaba excusas, y al final, nunca concretábamos ninguna cita. Quería que experimentara la incertidumbre que él mismo provocaba.
Hugo: — Vale
— Espero que te la hayas pasado bien aquí en Madrid
Hugo: — Sí, ha estado genial
— Ya
Hugo: — ¿Tienes tiempo para hablar? Quisiera charlar ahora que estoy libre
— Lo que pasa es que estoy con una amiga en… Un cumpleaños y no se escucha muy bien
Hugo: — Está bien, no pasa nada
— Adiós
Hugo: — Adiós
Colgué la llamada, frustrada, y dejé caer mi teléfono a mi lado. Me sentía molesta con Hugo porque nunca podía ser completamente honesto conmigo.
No tenía la valentía necesaria para expresar sus verdaderas intenciones conmigo.
A menudo, tenía la sensación de que él se aprovechaba de mis sentimientos, siendo simplemente un medio para alimentar su ego y mantener la ilusión de que yo siempre estaría ahí, suplicando y esperando que algún día fuéramos novios, algo que nunca sucedería entre nosotros, pero seguramente entre él y la chica de la despedida sí.