Lunes, 19:35 p.m.
Ana: — ¿Cuándo tienes la entrevista de trabajo?
— El miércoles
Ana: — Vale. ¿Sabes qué? Estaba pensando en que fueras elegante a la entrevista
— ¿Cómo así?
Ana: — Porque te verás más profesional. Aunque no lo creas, hay gente que se fija mucho en eso cuando vas a una entrevista trabajo. Claro, eso también depende para qué puesto sea, pero yo te aconsejo que vayas bien vestida
— ¿Con una camisa de vestir y una falda?
Ana: — Mejor un pantalón y una camisa de vestir
— Okay, pero tendría que comprarme el pantalón y la camisa porque creo que no tengo
Ana: — ¿No tienes ninguna camisa de vestir?
— En buen estado creo que no. Desde hace años ya me visto de esa manera porque desde las prácticas laborales, al acabar la universidad, no he utilizado ese tipo de vestimenta
Ana: — Claro. Buscaré algo en mi armario, tal vez tengo algo que te sirva
— Vale, yo iré a ver si ya está el pollo porque huele rico
Ana: — Vale
Mientras tanto, fui hasta la cocina para ver cómo iba la cena.
Estaba preparando pollo y papas al horno con hierbas y limón, y lucía increíblemente apetitoso.
Después, regresé a la habitación de Ana, que estaba junto a la mía a mano izquierda.
— ¿Encontraste algo? — pregunté mientras me acercaba a ella.
Ana: — Tengo algunas camisas y pantalones, pero no creo que te queden. Ya sabes que soy más delgada que tú
— Lo sé, pero tal vez me quede algo
Ana: — Mira, ¿esta falda de aquí no es tuya?
— A ver… ¡Ah sí!
Ana: — ¿Y qué está haciendo en mi armario?
— Seguramente algún día te la presté
Ana: — Puede ser. Pruébatela quizás todavía te quede
— Voy — dije mientras probaba una falda de lona.
— No, no me entra
Ana: — Pero no es porque sea pequeña, es porque ahora tienes más nalgas — dijo riendo.
— ¡Me creció el trasero! Antes no tenía nada — mencioné emocionada al darme cuenta de los cambios gracias a la falda que no subía más allá de los muslos.
Ana: — El gym sí te sirvió
— El gym y el comer papas, ja, ja. Me parece sorprendente porque el año pasado esta falda me quedaba, ¿te acuerdas de que me la puse en la boda de Karina y Rudy?
Ana: — Sí, y eso que fue el año pasado, no ha pasado mucho tiempo. ¡Qué suerte tienes! A mí no me ha crecido tanto
— Sí, tú tienes, mírate en el espejo
Ana: — Ah, bueno, un poco sí, je, je.
Ten, quizás esta camisa te quede, es la más grande que tengo y este pantalón también
— A ver… No, los botones no me cierran
Ana: — Es que tus pechos son grandes, no como los míos que apenas se ven. A veces me siento insegura por eso
— No te sientas mal, tus pechos también son bonitos
Ana: — Gracias, te quiero
— Yo también
Ana: — Entonces, tendrás que ir a comprar la camisa de vestir
— Sí. El pantalón me queda. ¿Qué tal me veo?
Ana: — Te queda bien
— Vale, pues me pondré este
Ana: — Okay. ¿Ya está la comida?
— Sí. ¿Vamos a comer? Muero de hambre
Ana: — Yo también, vamos
— ¿Me vas a acompañar al centro comercial para comprar la ropa?
Ana: — Vale
— ¿Qué te parece si vamos mañana?
Ana: — Sí. ¿A qué horas?
— Después de que salgamos del trabajo como a las seis de la tarde
Ana: — Vale
Martes, 19:08 p.m.
Después de mi jornada laboral en el bar, llegué a casa para darme una ducha y ponerme otra ropa que no fuese la del trabajo. Entonces, antes de meterme en la ducha, llamé a mi amiga Ana.
— Amiga, ¿vamos al centro comercial?
Ana: — No, amiga, no puedo. Mi madre me acaba de llamar hace rato y me ha dicho que no puede acompañar a mi hermano al médico, así que tengo que ir yo — dijo desanimada.
— Vale, no pasa nada
Ana: — Ve tú sola, lástima que no puedo ir
— Ya. Iré hoy y así me quito eso de encima
Ana: — Vale, pásatela bien
— Gracias, adiós
Ana: — Hasta luego
Colgué la llamada y finalmente me metí a la ducha.
19:47 p.m.
Estaba en el centro comercial con la intención de comprar algunas faldas y pantalones para llevar al trabajo. Además, de la ropa que llevaría a la entrevista de trabajo.
Después de la compra, aproveché para pasearme por algunas tiendas que había en el centro comercial como pasatiempo, no tanto por gastar dinero, sino por disfrutar de las novedades y, eventualmente, encontrar algo interesante.
21:23 p.m.
Había completado mis compras del día, que abarcaron no solo la adquisición de algunas camisas de vestir y varios pantalones, sino también la compra de artículos personales como ropa interior y calcetines, opté por dedicar un momento a revisar minuciosamente las facturas de las tiendas que había visitado. Esta práctica se había convertido en un hábito desde que, en el pasado, me cobraron de más en una tienda. En aquella ocasión, al vivir bastante lejos de ese establecimiento y estar de paso, no pude recuperar el dinero; sin embargo, al llegar a casa, me percaté de lo sucedido. Por tanto, nunca omitía este paso, ya que no deseaba que volviera a ocurrirme lo mismo.
Héctor: — Sospecho que eres una espía — comentó bromeando mientras levanté la mirada a sus ojos, descubriendo que era Héctor, lo cual me sorprendió, dado que no esperaba encontrarme con él una vez más, pero en otro sitio que no fuese la discoteca.
— Pues pienso lo mismo porque es curioso coincidir dos veces, pero en distintos sitios
Héctor: — No te estoy siguiendo, si eso es lo que piensas. Más bien, tú pareces estar haciéndolo…
— ¿Yo?
Héctor: — Sí, porque si no, ¿qué casualidad tan grande encontrarnos aquí y no en la discoteca?
— Cierto, pero te equivocas en algo
— repliqué.
Héctor: — ¿En qué?
— Este centro comercial es el único en la ciudad. El otro está a más de una hora de donde vivo, así que, me queda más cerca
Héctor: — Hm, esa es una buena excusa
— A ver, dime la tuya y espero que me convenzas antes de que llame a la policía y te denuncie por estar vigilándome
— dije bromeando, y él sonrió antes de sentarse a mi lado en el mismo asiento de piedra.
Héctor: — Entonces, si me denuncias por “vigilarte”, yo te tendría que denunciar por el beso que me diste sin mi consentimiento aquella vez — dijo con una sonrisa.
— Bueno… Cuéntame, ¿por qué estás aquí? — pregunté tratando de desviar la conversación.
La memoria del beso que compartimos en la discoteca me avergonzaba, no por la incomodidad que pudiera haber causado, sino porque la repetición de un recuerdo a menudo insinúa interés o atracción. Al menos eso decían.
Así que, ¿acaso, Héctor recordaba el beso porque le había gustado?
Sinceramente, no lo sabía con certeza, pero la idea me ponía nerviosa.
Héctor: — ¿Qué te parece si nos tomamos un café y charlamos un rato?
— preguntó, y su sonrisa contagiosa me hizo sonreír también.
— Eso podría ser un intento de persuasión para que no te denuncie, pero acepto de todas formas — respondí con un humor.
Héctor: — De acuerdo, vamos
Finalmente, nos dirigimos a la cafetería del centro comercial y pedimos dos cafés mientras conversábamos.
Héctor: — No soy de andar de compras, pero vine para acompañar a mi madre a comprar unas cosas
— ¿Y dónde está tu madre ahora?
Héctor: — Ahora mismo, en la tienda que está ahí, la de la esquina.
Todavía no ha salido, por eso la estoy esperando. Seguramente me enviará un mensaje o me llamará cuando salga
— Ya
Héctor: — ¿Y tú qué hacías aquí antes de que te encontrara?
— Vine a comprar unas cosas que me hacían falta. Todo lo que he comprado está en esta bolsa
Héctor: — No quiero parecer curioso ni malpensado, pero me da miedo preguntar qué tipo de ropa has comprado, sobre todo por la marca de la bolsa que dice Intimissimi y Victoria's Secret
— No he ido solamente a comprar ropa de ese estilo, si eso es lo que estás pensando
Héctor: — Solo estaba bromeando, no hace falta que me expliques tu vida personal, simplemente estaba…
— Para nada. Igualmente, eso no me avergüenza. Todo el mundo compra ropa interior. Solo compré algunas prendas: unas camisas, unos pantalones y ropa interior para una entrevista de trabajo que tengo el miércoles
Héctor: — ¿Y por eso elegiste ropa sexy? Si vas a ir así vestida a la entrevista, la persona que te la haga tendrá suerte…
— ¡No!
Héctor: — Ja, ja
— Eres muy bromista…
Héctor: — Lo siento, perdóname por ser tan…
— No, me gusta — dije mientras sonreía, al igual que él, aunque con timidez.
Héctor: — Espero que te vaya bien en la entrevista
— Gracias — agradecí y en ese instante sonó el teléfono de Héctor, quien respondió de inmediato.
Héctor: — Mi madre ya está libre, me tengo que ir
— Nos veremos otro día, tal vez coincidamos nuevamente
Héctor: — Quizás, ojalá — dijo sonriendo.
Nos levantamos y fuimos a la barra para pagar.
— Espera, yo pago el café
Héctor: — No, lo pago yo
— No
Héctor: — Insisto. A la próxima lo pagas tú — mencionó y pagó la cuenta.
— Hasta pronto, gracias por el café
Héctor: — Adiós, cuídate
Salió de la cafetería, mientras yo lo observaba.
Una señora más baja que él, se le acercó, llevaba dos bolsas que le entregó a Héctor.
Al parecer era su madre y una cosa curiosa que noté en ella era que, para caminar, necesitaba un bastón. Quién sabe si por alguna lesión en sus piernas, porque por vejez no, ya que a la señora se le veía joven. Al menos de unos cincuenta y tantos.
En tanto veía esa escena, me puse a pensar en lo curioso que era encontrarme a Héctor en tantos lugares.
Me preguntaba si era simplemente casualidad o parte de un destino que nos unía. De todas formas, aprovechaba cada encuentro como una oportunidad para conocerlo mejor, ya que sentía una conexión especial, como si ya lo conociera de alguna otra vida.