Miércoles.
De camino al trabajo, estaba aparcando mi auto en un hueco libre cuando otro auto me pegó por detrás.
Ese golpe me hizo salir hacia delante, pero por suerte, no me di un golpe en la cabeza con el volante. No obstante, mi cuello sí quedó dolido porque salí hacia adelante bruscamente.
Miré por el retrovisor y una señora salió de ese auto que había causado el accidente.
¡Mierda! Era la señora González.
7:56 a.m.
Matilda: — ¿¡A ti qué te pasa!? ¿¡Que no viste que iba entrando!? — preguntó gritando. Salí de mi auto y por su voz chillona me dolieron hasta los tímpanos.
— De hecho no la vi, señora. Además, este lugar está ocupado y no sé cómo no me vio que estaba aparcando
Matilda: — Pues tienes que tener más cuidado, ¡solo mira mi coche como lo dejaste! — exclamó, y lo miré.
Su auto no tenía nada, solo un pequeño rasguño, a diferencia del mío, que tenía un hueco por el golpe que me dio.
Claro, no había sido mi culpa, pero la muy creída no lo aceptaría.
Seguridad: — Señora, ¿se encuentra bien?
Uno de los guardias se acercó y le preguntó a la señora González cómo se sentía. Por supuesto, a mí ni caso me hizo, ya que solo le importaba ella, la jefa.
Matilda: — ¡Sí! Por suerte — respondió, tocándose el cabello de manera exagerada, como si hubiera tenido un gravísimo accidente. Ni que hubiera sido la gran cosa; parecía que actuaba más de lo necesario.
Seguridad: — ¿Llamo a alguna ambulancia?
«¿¡Qué!? ¿¡Está de broma!?», pensé.
Matilda: — Sí, mejor, creo que me lesioné
Ja, ja, ¿lesionar de qué? Esa señora estaba loca. Obviamente, se lo estaba inventando, ya que se veía bien.
Yo era la que realmente estaba afectada por el golpe, me dolía el cuello, incluso parecía que me había dado un esguince.
Entonces, el guardia me miró enfadado, pero yo ni caso le hice.
Seguridad: — Tenga más cuidado, señorita
— Ajá — dije entre dientes, intentando contener las ganas de mandarlos a la mierda, pero me contuve. Desgraciadamente, no podía hacerlo.
Me sentía más que enojada, ya que tendría que pagar para arreglar mi auto, y eso no era de mi agrado.
No era justo; solo porque esa creída era la jefa, no podía reclamarle. Además, cuando la conocí hace años y tuve que limpiar su casa, me caía bien, pero ahora se mostraba muy arrogante y ya me caía mal.
Luego, volví a entrar a mi auto y lo aparqué. Subí hasta mi cubículo y me puse a trabajar. Tenía que olvidar lo ocurrido, o terminaría echando fuego por la cabeza de lo furiosa que estaba.
15:33 p.m.
Ana: — ¡Hola!
— Hola
Ana: — ¿Cómo estás?
— He tenido días mejores
Ana: — Por cierto, los del seguro ya se llevaron tu coche
— Gracias
Ana: — ¡Ay amiga! — exclamó juntándolo con un suspiro y se sentó en la silla delante de mi escritorio.
— ¿Qué?
Ana: — El jefe me dijo que quiere hablar contigo. Bueno, en realidad, él no es el jefe, pero casi, es uno de los directores. Es el marido de la señora González, el que te dije que le está ayudando a dirigir la compañía
— ¿Y por qué quiere hablar conmigo?
Ana: — Porque se enteró de lo que sucedió, lo del accidente. La chismosa de su mujer seguramente le dijo
— Joder...
Ana: — Lo mismo dije yo, ¿pero tú no tuviste la culpa?
— ¡Claro que no!
Ana: — Vale, te creo
— Esa vieja chismosa si cae mal — dije y me tiré en el respaldo de la silla. Estaba frustrada.
— ¿Y de qué quiere hablar?
Ana: — De lo que pasó, supongo
— ¿Crees que me despida por eso?
Ana: — La bruja de la señora González lo haría sin dudarlo, pero tal vez él no. Hay que tener fe
— Si te soy sincera, yo no tengo tantas esperanzas
Ana: — No digas eso, ya verás que no te dirá nada
— No lo sé. Bien, iré ahora. ¿Está en su oficina?
Ana: — Creo que sí
— ¿Y dónde es?
Ana: — En la tercera planta, despacho uno
— Okay
Me levanté de la silla y mi amiga apretó mi mano en señal de apoyo.
Le devolví una sonrisa para tranquilizar mis nervios y me encaminé hacia la oficina del jefe.
Aunque no tenía tan claro lo que podría decirme, la posibilidad de ser despedida me inquietaba.
A pesar de mi deseo de mantener ese trabajo que me estaba yendo bien, la decisión de seguir ya no estaba en mis manos.
Al alcanzar el tercer piso, me encontré con una compañera de trabajo, que dada la cantidad de empleados y mi tendencia a no interactuar con ellos, no sabía quién era ni conocía su nombre.
— Hola, ¿es esta la oficina del señor Sáez?
Chica: — Sí, espera adentro, ya vendrá
— Vale
Entré a la oficina y decidí permanecer de pie, admirando la elegancia del lugar.
El orden reinaba, y el agradable aroma a madera, abetos y hierbas llenaba el ambiente. Mientras estaba allí, la puerta se abrió, pero me asusté y no me volteé.
Héctor: — ¿Elizabeth? — preguntó confundido, pero mi silencio fue mi única respuesta. Me hallaba en estado de shock.
— ¿Qué haces aquí?
— Lo mismo me pregunto — respondí, frunciendo el ceño.
— ¿Esta es tu oficina?
Héctor: — Sí
— ¿Cómo? ¿Quieres decir que eres el otro jefe?
Héctor: — ¿No lo sabías? — preguntó y en ese momento, la puerta se abrió, y apareció la señora González.
Matilde: — ¡Oh, cariño! — exclamó acercándose a Héctor con un gesto de posesión total.
— Aquí están los papeles que te faltaban firmados, cariño — mencionó, dándole un beso en la mejilla mientras él solo dirigía su mirada hacia mí.
Luego, sin siquiera mirarme, Matilde se dio la vuelta y se fue.
¡Dios!
¿Qué estaba pasando?
Me había sorprendido por completo descubrir no solo que Héctor era uno de los directores de la compañía, sino que la celosa mujer era su esposa.
¡Héctor tenía esposa!
— Em…
Deslicé mis manos por la cabeza, y noté que Héctor llevaba un anillo de oro en el dedo anular, algo que no andaba cuando iba a la discoteca.
Héctor: — Lo puedo explicar — dijo, y tomé una profunda bocanada de aire antes de responder.
— A ver… Déjame entender la situación. ¿Estás casado y lo estás ocultando?
Héctor: — No, no es así
— ¿Entonces qué es? Recuerdo claramente que cuando te pregunté si tenías novia, dijiste que no
Héctor: — Puedo explicarlo
— ¡Héctor, por Dios! — exclamé, tratando de contenerme para no gritar, consciente de que no quería que alguien nos escuchara discutir.
Mis problemas ya eran suficientes como para añadir más si alguien se enteraba.
Héctor: — Elizabeth… Esto no es como piensas
— Dios mío… — murmuré en voz alta y lo miré.
Héctor: — Espera un momento, ¿y tú qué?
— ¿Yo qué?
Héctor: — ¿Acaso intentaste aprovecharte de mí para conseguir el trabajo y por eso me besaste aquel día?
— No cambies de tema
Héctor: — Sí, si lo hiciste
— ¿¡Qué dices!?
Héctor: — ¿Entonces por qué lo hiciste?
— Porque era necesario, ya te lo he dicho. Mira, hablemos de lo que pasa ahora porque es más importante. Tú tienes esposa y no me lo dijiste.
¿Acaso nunca lo ibas a hacer?
Héctor: — Igualmente te hubieras enterado de quién era porque ella es la jefa también
— ¿Y cómo iba a saberlo si me dijiste que no tenías novia ni mucho menos esposa? Ni siquiera sabía tu apellido para sospechar que eras el marido de Matilde
Héctor: — Elizabeth…
— ¿Es que no te das cuenta? ¡Dios! ¿¡Por qué no me lo dijiste!? Aquel día hasta nos estábamos besando…
Héctor: — No te lo dije porque no era importante
— ¿¡Cómo que no era importante!?
— pregunté exaltada. Ya me estaba alterando porque la situación era muy fuerte.
Héctor: — No, no lo es
— Si es tu esposa
Héctor: — El único que lo afirma es el maldito contrato que firmé al casarme con ella, pero yo no la amo. Por eso no te dije nada. Ella para mí ya no es alguien importante. Es verdad que aún estoy con ella, pero…
— ¿Pero? ¿Si no la amas, por qué sigues con ella?
Héctor: — Porque es más complicado de lo que crees — respondió, y ya no soportaba más. Si seguía discutiendo me iba a dar un patatús. Así que decidí salir de ahí.
— Espera, ven. No te vayas
— Necesito pensar — dije y abrí la puerta.