01. El capitán Schwartz 🕯️

1768 Palabras
años después. 1944 Klara… Klara era feliz, alegre, sonriente. Klara murió con su familia aquel invierno crudo y sin compasión. Ahora, nació Jimin, una chica fría y rencorosa que busca sobrevivir, y contarle al mundo entero lo que está sucediendo. Toda historia, así como tiene inicio, también su final, y espero que el final de la guerra llegue para siempre. Suspiro ayudando en la cocina del restaurante “La Perla”. Llegué a ese lugar hecha polvo, sin corazón y escrúpulo. Tan rota como lo estoy ahora. Herman, el chef me ha recibido con los brazos abiertos, y me ha regalado la oportunidad de trabajar y ganar algo de dinero para mantener una habitación rentada y la comida. Casi nunca sonrió, casi siempre estoy llorando. Después de aquel evento traumático, quedé viva. Y arrastrándome con una herida en el pecho logre encontrar a alguien que me ayudó y me cuidó como si fuera su propia hija. Nadia, era una señora solitaria alemana que residía en una cabaña a pocos metros de donde nos escondíamos, y cuando me vio malherida, no dudo en extender su bondad para salvarme. Lamentablemente, Nadia murió de tufu el año pasado, y su cabaña quedo en posesión de su única hija, que es una verdadera molestia, Wanda. —Jimin, es hora —me saca de mis pensamientos Herman. Parpadeo asintiendo. —¿Hay mucha gente? —pregunto, intranquila. Asiente. —¡Esta repleto! —espeta él, con emoción. Antes de subirme al piano, miro el vestido amarillo holgado y aliso la falda con mis manos. El pelo, lo llevo en una trenza de medio lado y la cara con bastante color, por lo menos, no estoy tan pálida. —¡Estas bien! Anda —dice Herman, apurándome. Asiento, y salgo con la cabeza gacha ante las personas que se deleitan comiendo y bebiendo en un buen restaurante, y si bien digo que era bueno, es porque Herman tenía magia en las manos a la hora de preparar un plato. La exquisite del mismo, ya de por si solo daba un placer atroz y mas cuando se aventuraba a elaborar su mejor postre, tarta de chocolate, una delicia total. Enseguida, me siento en la butaca frente al piano y empiezo a tocar. Una melodía suave, triste como mi alma, y cierro los ojos para dejarme llevar. Cada momento en el piano era un desborde total de tristeza, era como desempacar toda aquella tristeza que llevaba acumulada por días entre mi pecho y mi pobre corazón. Mis dedos se deslizan de un lado a otro, haciendo movimientos, arpegio, armonías, agregándole un toque mas de melancolía a la pieza. No toco nada en específico, solo improviso, ejecuto lo que siento, lo que pienso, en cómo me encuentro. A través de la música pongo sobre la mesa mis problemas, mi dolor, mi angustia, mi tristeza, mis lágrimas, entendiendo que lo que no se habla, se toca o se llora, en mi caso, hago las dos, porque no pude evitar que en medio de la melodía explotara en llanto, y cayera rendida a la agonía de mi alma. Siento las lagrimas desprenderse de mis pestañas a medida que la música suena, que mis dedos se mueven de un lado a otro, y entonces, comprendo las miniaturas en la que mi alma esta rota, en pedazos tan pequeños que me será imposible armar. Habito con mis pedazos, y los abrazo porque es la única forma de respirar ante todo lo perdido. Quizás, nadie de la mesa sepa lo que significa estar tocando con el peso del dolor, tal vez, el mundo es un lugar feliz para unos y para otros un completo infierno. Mis ojos vacíos miran a mi alrededor manteniendo a tope la melodía y observo como todos ni siquiera le prestan atención a la música. Para las personas que beben y comen y se ríen es solo una música de fondo más, aunque para mi es mi vida entera complementada con notas, armonías estructurales, y un corazón que late con deficiencia. Hago un ultimo arpegio y termino la canción después de un largo rato. Mis dedos se despegan de las teclas y me quedo mirando al piano con lagrimas en los ojos, enseguida, pego un respingo cuando unos aplausos suenan detrás de mí. Volteo de inmediato, asustada, aturdida, en todo el tiempo que toco en el restaurante, nadie se había acercado a aplaudir. Sorpresa… Oh, no, oh, no. Es él… ese hombre… No se si ponerme en pie o quedarme sentada, no se como esta mi rostro ante su presencia, pero, las alertas de peligro rugen en mi interior, y el corazón esta a punto de estallar por el miedo que recorre desde mi nuca hasta la punta del dedo de mi pie. Finalmente, al igual que un resorte y sin pensarlo me puse en pie, con los ojos tan abiertos por el miedo, y las manos temblando tan frenéticamente que estoy segura que el demonio que estaba frente a mí lo pudo haber notado. —Es una buena pieza —dijo, tocando con sus manos las teclas del piano. Me quedo inmóvil, callada, las palabras no me salen porque tengo un nudo gigantesco atorado en la garganta. —¿Dígame, que pieza es? Ahora, me mira, y sus ojos verdes tienen una intensidad temible, y lo reconozco, es el mismo que le disparo a mi esposo hace dos años. Su uniforme verde pulcro le da la autoridad y apariencia feroz que tenia aquel tiempo. Temo que me reconozca, que sepa que soy esa judía que ordeno aniquilar junto a su hijo. No respondo, las lágrimas están saliendo, no lo puedo evitar, y sé que tengo que hablar, responderle a su pregunta, pero le tengo miedo, demasiado miedo, y siento que esos ojos verdes son dos dagas que están a punto de identificarme. Su mirada sigue sobre mí. Sus dos brazos están a su espalda, y tengo la sensación de que sacara el arma y me disparara justo en la cabeza. Reacciono con un respingo cuando sus manos salen de su espalda y acerca su dedo índice a mi rostro, limpiando las lágrimas. Casi me muero por ese contacto sin permiso. —¿Me tiene miedo? —pregunta, y su rostro se le llena de insuficiencia —. Porque si es así, no tema, no le haré daño. Sigo callada, necesito aire, no puedo respirar. —Le puso corazón a esa pieza, se puede notar su tristeza al tocar, pero, señorita, es un restaurante, todos los alemanes que comemos aquí estamos felices, y sugiero que debería de tocar algo más feliz. No respiro, me ahogo, entonces, tengo que abrir la boca para poder tomar bocanadas gigantes de aire. —¿Se siente bien? —consulta, avanzando, acercándose, acortando la distancia que nos separa. No lo puedo permitir, no puedo dejar que me vuelva a tocar, además, necesito deshacerme de él. —¡Estoy bien! —digo, con tanta frialdad que hasta lo sentí. Asiente, llevando nuevamente sus manos a la espalda. —No se ve bien, se ve… angustiada. —¡Estoy bien! —repetí. —Estoy seguro que sí, señorita. Lo miro, y tropiezo con su mirada cautelosa y sumamente altiva. —Toca muy bonito —dijo. Abro mis ojos de par en par. Inhalo aire. —Gracias —aparto la mirada, y bajo la cabeza. ¿Me reconoció? ¿sí? ¿no? Parece que no. Él se queda callado y sé que me esta estudiando, debo hacer algo. —Gracias por su sugerencia, tocaré algo mas alegre —respondo, sin mirarlo. —Me parece genial, así disfrutaré de la velada completa —comento. —Me alegro de que disfrute de la velada, señor —digo —. Con su permiso, debo seguir haciendo mi trabajo. Me siento en la butaca llevando mis manos al piano, sintiendo el peso de aquella mirada en mi nuca, mientras que pienso en una canción alegre para tocar. Ninguna se me ocurre, solo pienso en la pieza que antes solía tocar y la primera que me aprendí, una pieza excepcional y romántica de Beethoven titulada claro luna. Toco… mis dedos tiemblan, mi cuerpo, mi corazón, toda yo esta aterrada. Y temo a equivocarme, a que el capitán no se vaya y permanezca un buen rato allí hasta que me recuerde y decida matarme. Aun sigue detrás de mí, mirándome, poniéndome los pelos de punta. ¿Por qué no se va? Sufro en medio de la canción mientras tensiono todo mi cuerpo, y pienso en las notas de la composición. De soslayo veo que el capitán sigue allí, con la misma posición serena y autoritaria que antes tenía, sus manos siguen a sus espaldas y sus ojos se cierran y se abre de vez en cuando, tal vez, disfrutando de la melodía, de la música y lo odie, odie por el hecho del placer que sentía con algo que a mí me gustaba mucho. Y por un momento, mis dedos estuvieron a punto de fallar y equivocarse hasta que di por finalizada la pieza; Yahveh bendito, estaba tan descolocada con su presencia que me costaba horrores seguir tocando. Continué con otra pieza, también improvisada hasta que escuché a alguien acercarse con carcajadas molestas y ruidosas, (risa que reconocí al instante) era el hombre que tenía sujetado a mi hijo y le disparo a él y a mí. Las lagrimas estaban a punto de volver, y mi corazón a segundos de explotar de una forma tan cruel que me dejaría sin vida al instante, y gracias a Yahveh se alejo de donde me encontraba. ¡Que alivio! Respiré hondo, evitando explotar en publico en llanto, mas por dentro, ya era un mar turbulento desbordado con un cielo gris dispuesto a llover. Entonces, tuve que parar la pieza, y llorar, levantarme de la butaca y llorar de verdad, porque si no lo hacía, me iba a morir asfixiada. Herman me vio abandonar el piano y correr al baño en mal estado, por eso, no dudo en acercarse, tocar la puerta y decir: —Creo que es mejor que te vayas a casa. Entonces, me fui. Me fui con el alma rota. Con el recuerdo tan vivo como la herida en mi pecho. Esa noche, llegué a casa e intenté acabar con mi vida. Sin ningún éxito claro, la anciana que me rento la alcoba llego justo a tiempo a liberarme de las garras de la parca. Sin embargo, a partir de allí, todo se volvería mas complicado, tanto que deseé estar muerta. ****** Notita: Aquí les dejo el primer capítulo. Disfrutenlo. Besos ?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR