02. El niño perdido 🕯️

2095 Palabras
—¡Gracias por todo, Jimin, mucha suerte! —dijo Herman, dándome la liquidación. Es una lastima que en menos de 5 meses la estabilidad económica del restaurante haya menguado tanto que tuviera que cerrar. La popularidad del perímetro se perdió cuando se descubrió que Herman estaba en contra del Hitler y del partido de las SS, una alta traición sin duda para los soldados que comían allí. —¿Qué harás? —pregunté, triste por él, Herman había sido mi amigo durante todo este tiempo. Se encogió de hombros. —¡No tengo idea, cocinar es lo único que sé hacer! —Lo lamento —Mas lo lamento yo, Jimin, más lo lamento yo. En ese instante, supe que Herman estaba sufriendo, al igual que yo, también lo había perdido todo, desde su mas apreciado restauran hasta la popularidad que gozaba. La diferencia de él y yo, es que yo perdí a mi familia, él aun contaba con el calor de hogar. Le tomé de la mano y la voz me salió cortada, quebrada. —¡Gracias por todo! —No, no, gracias a ti. Extrañaré que toques el piano. Asentí. Herman me apretó la mano y me puso su brazo pesado en el hombro. —¡Buena suerte, Jimin! Adiós —Adiós Posteriormente, lo observé marcharse, con una tristeza que juro por lo mas sagrado que tuve, le estaba jorobando la espalda. Herman siempre había sido un hombre alegre, alto, con una calva que le brillaba la cabeza y algunos mechones blancos por los lados, en cambio, ahora, lucia miserable. ¿Qué tanto daño puede hacer la ideología? ¿Qué tanto daño puede hacer las personas? Regresé a casa cuestionándome un poco sobre la maldad de la gente, de como pueden acabar y destrozar por solamente seguir la voz de un líder, de un hombre que se ha empañado en destruir a los judíos, con la simple excusa de que no somos iguales que ellos. ¿Todos tenemos que ser iguales acaso para no ser asesinados? Si Yahveh había librado a los judíos de la mano enemiga, estaba segura que lo haría en este tiempo la pregunta era: ¿Cuándo? ¿Cuánto más tenían que soportar tanta tortura y humillación? Al llegar a casa, desalentada me acosté en la cama, y me permití llorar. ******* Al cabo de un mes, necesitaba trabajo. El dinero de la liquidación lo había gastado, y la renta no esperaba. Inicié la búsqueda por algunas joyerías que no hicieran tantas preguntas sobre mi pasado y origen, sin embargo, después de varias entrevistas, no tuve éxito. Luego, en cafeterías y panaderías, y todos quedaron en ven tal día, y cuando iba, nada, me decían que no. Entonces, me esforcé en seguir caminando, buscando, hasta algunos me llegaron a sugerir de forma descarada que me fuera a un buldero, que allí pagaban bien. Nunca consideré esa oferta, al contrario, no me di por vencida en busca de trabajo. Aunque tampoco se podía negar que ya a este punto donde los soviéticos le habían declarado la guerra a Alemania, la situación se encontraba un poco precaria, tanto que conseguir trabajo sin recomendación de un conocido, o un buen currículo significaba el fracaso absoluto. Algo saldría alenté a mi corazón. Al cabo de otro mes transcurrido, la anciana que me rentaba la alcoba tuvo que despojarme. Ya que le debía un mes de renta y el otro me respiraba en la nuca. A ese punto, estaba desesperada, y no solo por que voy a comer si no ahora por dormir. Pasar la noche en la calle era peligroso. Con lagrimas en los ojos, salí de la casa a despejar mis pensamientos, solo estaba teniendo una mala racha, eso lo tiene cualquiera ¿cierto? Podría dar clases de piano, de música, limpiar casas, trapear pisos, lavar baños, o hacer cualquier cosa solo para tener un techo. Seguí caminando mirando a todos lados aviso de si se necesitaba personal, pero nada. Me atreví a preguntar en tiendas con la esperanza de que alguno me dijera: comienza mañana. Pero, solo me decían: Por ahora no estamos necesitan, pase en dos semanas a ver No podía pasar en dos semanas, mi necesidad era urgente, era de ahora. Yahveh, manda una señal. Comencé a rezar en mi mente, cuando tropiezo con algo y casi me voy de bruces. Agito las manos para amortiguar el golpe cuando de alguna razón consigo mantenerme a rayas. —Uuuch —bufo, mirando a un niño pequeño sentado en el suelo. —¡Casi me haces caer! —le reclamo. El niño no me responde, esta con sus rodillas pegadas al pecho y se ve asustado. De inmediato, me agacho hasta quedar a su altura, y con mis dedos levantarle el mentón. —¿Dónde están tus padres? —¡No están! —responde. —¿Cómo que no están? —pregunto. El niño no me mira, se frota la cara. —Mi papá se fue. —¿A dónde? Se encoge de hombros. —¿Tu mamá? —Murió. ¡Santo cielo! —¿Estas solo? —No sé dónde está mi tía. —Ya. ¿Vienes con tu tía? Asiente. Suspiro. —Ven, te ayudaré a buscar a tu tía —le extiendo la mano. Él la mira con desconfianza, sin embargo, la recibe y se pone en pie. Miro a todos lados, debe de estar cerca. ¡Dios! ¿Quién es tan tonto para perder a un niño? Lo tomo de la mano con fuerza, y le sonrió. —Por cierto, soy Jimin. Él me mira, y noto sus ojos verdosos como el ámbar, de un triste como los míos. Debía tener unos 5 años, la edad de mi hijo cuando murió. Y estarlo tomando de la mano me dolió muchísimo. —Albert Le sonrío con ternura. —Albert, bonito nombre, me gusta. Camino de la mano con él, y siento sus deditos apenas sostenerme, y sus ojos tristes en busca de su tía perdida. Al cabo de un rato, de caminar, ya estoy cansada y él también. Entonces, nos sentamos en una fuente, en la plaza. Lo miro, y me da ternura al observar que sus pies no le llegan a piso, que sus pantalones están arruinados al igual que sus zapaticos. Sus mejillas están rojas por el sol, y de seguro debe tener hambre. —¿Tienes hambre? —pregunto. —Si —responde, sin mirarme. Busco entre los bolsillos de mi camisa, y tengo unas cuantas monedas, me alcanza para por lo menos él coma. —Te compraré un pan. Los dos nos levantamos de la fuente y de manos agarradas nos conducimos a la panadería. Pido un pan, y nos sentamos. Lo miro comer, no sé qué hacer con él, está perdido, y a lo mejor también su tía lo debe estar buscando desesperada. El niño come hambriento y me parte el corazón verlo tan solo, tan abandonado. Me recuerda tanto a mi hijo, que me mueve a misericordia. —¿Cómo se llama tu tía? El niño me mira —Katrina. —Katrina bien. Y, ¿tu padre? Se encoge de hombros, arrugando sus pequeñitas cejas. —Papá. Sonrío, por supuesto, no sabe el nombre de su padre. Mi vista se topa con la ventana, y veo a un puñado de soldados acercarse, de pronto, me entra el miedo, no vayan a pensar que me robe a esta criatura, Yahveh me libre de esa calumnia. De repente, mi corazón se acelera cuando los soldados entran a la panadería, y se sientan en una mesa, no puedo apartar la vista de ellos, y en mi mente les deseo todos los males habidos y por haber. Entonces, el niño se levanta y sale corriendo a la salida. Me preocupo y salgo detrás de él. —¡Espera! —lo tomo de uno de sus bracitos y él me señala a una mujer. —Tía tía —dice, alzo la vista y me encuentro con una muchacha jovencita angustiada. —¡¡Dios cielo, Albert!! —se acerca y lo abraza con fuerza. Se agacha y le acaricia el rostro —. ¡No me vuelvas a hacer esto! Empieza a llorar, sorbiéndose los mocos por la nariz. No se si acercarme o mantenerme a rayas, al final, yo necesito seguir buscando trabajo y Albert ya fue encontrado. —¡Debes de ser Katrina! —hablo, y me arrepiento apenas abrí la boca. Asiente, irguiéndose. —¿Tu estabas con Albert? —pregunto, en un tono que no me gustó nada. —Eeeh, me lo conseguí en el suelo, y te estábamos buscando —explico. Katrina mira al niño. —Lo siento, entre a una tienda y me distraje y lo perdí. —No es nada, tranquila, lo importante es que está contigo. —Si, muchas gracias. —No es nada, no lo vuelvas a perder —bromeo. Ella se ríe, se ve agotada, enferma. Estornuda. —¡Lo siento! Llevo semanas enferma. —Te ves, enferma. —Si, no he podido curarme bien esta gripa —se frota el rostro —. Estoy buscando a alguien que se haga cargo de la casa mientras me recupero. Parpadeo. —¿Estas buscando empleado? —Bueno, alguien de confianza que me ayude en la casa, y con Albert. Necesito trabajo, estoy a punto de decirle. —Mi hermano dijo que se encargaría, pero, de aquí que busque a alguien, ya estoy a metros bajo tierra —dice, quedándose atascada en un estornudo. —Eeeh ¿Cómo es el trabajo? —consulto. Tose. —Lo normal —vuelve a toser —. Limpiar. Cocinar. Cuidar a Albert. Asiento. Me viene bien un trabajo como ese. —Estas de suerte —digo, a la verdad, la que esta de suerte soy yo —. Estoy buscando empleo. —¿Ah, sí? —enarca una ceja, y tose. —Si. Por cierto, soy Jimin —estiro la mano, ella la mira y la estrecha. —Katrina —Lo sé. —Cierto. —Bueno Jimin ¿Cuáles son tus habilidades? Sonrío de medio lado. —Cocino bien. Sé limpiar. Y me encantan los niños. Y, por cierto, soy muy buena con el piano. A Katrina se le ilumina el rostro. —¡Eso es genial! Estamos buscando una institutriz a Albert para que aprenda piano —dice, con alegría —. Mi hermano es aficionado al instrumento, y quiere que Albert aprenda. —Pues, su hermano esta de suerte si me contrata. Katrina se quedo callada y supe que algo andaba mal. —Es que mi hermano no esta en casa en estos momentos, y no regresara hasta Dios sabe cuándo —Oh. —Tu tranquila, yo estoy a cargo de la casa, por ende, te contrato. Sonrío. —Solo hay un problema —tosió Katrina. Se aclaró la garganta —. Debes quedarte a dormir. Para mí no es ningún problema, al final, no tengo hogar ni nadie que me espere. —Hecho. Katrina sonríe, y veo lo hermosa que es al hacerlo. Tiene un pelo n***o largo con un flequillo que le da un aire de niña inocente. Le calculaba unos 18 años, por lo joven que veía, además, era supremamente delgada con un vestido azul ajustado a su figura. —Entonces Jimin, ¿Cuándo puedes comenzar? —Cuando tú me digas. —¿Mañana? —Me parece perfecto. Katrina me anota la dirección en un papel arrugado y me la da. —Esta es la casa. Si alguien te pregunta por parte de quien vas mencionas mi nombre y no tendrás ningún tipo de problema. Asiento, atenta. No entiendo a que se refiere, pero, igual asiento. —Ya. —Ah, y me llevas una recomendación y hacemos una entrevista formal para que mi hermano no tenga nada que decir. Recomendación Asiento. —Bueno, nos vemos mañana Jimin. —Adiós —digo. —Adiós. Katrina y Albert se marchan y yo me quedo mirando el pedazo de hoja arrugada con la dirección del trabajo. Me asalta la curiosidad de saber quien es el hermano proveniente de esa casa, ya que, según la dirección, es la casa de personas adineradas e influyentes. Esperaba que su hermana no fuera un SS, o si no tendría que abandonar la oportunidad. Suspiro, entonces, empaco mis cosas y espero el mañana con ansias. ******* Notita: Aquí les dejo otro capitulo, por fa, nos hablamos en comentarios, un beso gigante. Les adelanto el capitulo de mañana y el domingo. Así que, nos vemos el día lunes.
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