—¡Esta es tu alcoba! —Tose, frotándose las cienes.
Miro mi habitación y está justo al lado de Albert. Es pequeña, con un papel tapiz de rayas verdes, una cama justo para mí y un escritorio.
—¡Es perfecta! —bostezo, y me tapo la boca para que Katrina no se dé cuenta lo cansada que estoy.
—Dios mío, las dos nos vemos horrendas —murmuró, riéndose, tosiendo.
—Por lo menos ya no tienes fiebre.
—Gracias a ti, te preocupaste por mi como si fuera mi madre.
Sonrío.
—Todos necesitamos de alguien que nos cuide cuando estamos enfermo.
—¡Es verdad!... lastima que no tengo a nadie, hasta ahora —tosió.
—¿Y tus padres?
Katrina me mira, se pone rígida.
Me arrepiento de haber preguntado.
—Lo siento, no debí preguntar —me disculpo.
—No, tranquila. Ella murió cuando estaba pequeña y más atrás mi padre. Entonces, mi hermano se ha ocupado de mí.
—Tu hermano se ve muy buena persona —secundo su información.
—¡Lo es!... un poco gruñón, pero, muy buena persona
Le doy una sonrisa de boca cerrada.
—Lamento lo de tus padres, los mío también murieron —dije con tristeza, a la verdad, no tenia la certeza de que ellos estuvieran muerto, solo abordaron ese maldito tren junto a mi hermano cuando fueron capturado por los esbirros, con suerte yo solo pude escapar junto a mi marido y escondernos.
Supongo que Katrina vio la tristeza de mi rostro porque de inmediato preguntó:
—¿Enfermaron?
—¡¿Qué!?
—¿Tus padres? ¿enfermaron?
Trago saliva, no se que decir, supongo que la verdad, pero en este momento decirle la verdad a Katrina, era entrar en una discusión de mi nacionalidad y origen judío.
—Si —miento, es mejor así. Mas valía una mentira que enfrentar una verdad y dar explicaciones por esa verdad.
Katrina tosió.
—Mi madre enfermó gravemente de tuberculosis. ¡Fue terrible! Se decía que era contagioso y no me permitían verla, para mi fue horrible —tosió —, cuando murió. Un año después, mi padre también nos dejó.
—Oh, lo siento.
—Las desgracias nos persiguen, creo que es algo generacional.
Abro mucho los ojos.
—¿Por qué crees eso?
—Nuestros antepasados han muerto de manera extrañas. Enfermedades, accidentes, y nuestra ultima perdida fue la muerte de la esposa de mi hermano.
—Lo lamento —mi boca formó un ovalo —. Puedo preguntar: ¿Cómo murió?
Tosió se aclaró la garganta. Miro a todos lados asegurándose de que Albert no estuviera por allí curioseando y prosiguió:
—¡Fue asesinada!
Mi cara se horroriza.
—¡Que horrible!
—Si, fue espantoso, Antón estaba destrozado.
Antón así se llama el hermano de Katrina.
—Lo lamento.
—Por favor, no lo menciones en presencia de Albert; él no lo sabe. Cree que su madre murió enferma.
Asiento.
—Claro que sí, no diré nada —hago un cierre en mi boca y veo a Katrina toser nuevamente.
—¡Dios! Me duele un montón la garganta.
—Te prepararé un caldo, te sentirás mejor.
Me miro agradecida.
—Gracias. Me voy acostar, te dejo para que te acomodes, y descanse —miro la casa —. Deja la casa como esta.
Asiento.
La observo irse a su alcoba, y yo me meto a la mía. Me duele todo, el cuello, los pies, la cabeza y tengo un sueño de muerte. Desearía dormir por tres días seguidos. Muevo el cuello de un lado a otro, y me estiro para alivianar mis huesos entumecido por dormir en una silla.
Dejo mi equipaje en la cama y me dispongo bajar a la cocina para preparar el caldo. También le preparo a Albert galletas, con leche papas. Me hace recordar tanto a mi hijo que cada ves que llega a mi mente, lloro en silencio.
Albert se levanta, y se sienta en las escaleras, me da ternurita verlo sentadito, entonces, me incorporo a su lado.
—¿Dormiste bien?
Asiente.
—Tengo más sueño.
Sonrío de medio lado y lo abrazo.
—Bueno, puedes seguir durmiendo.
—¿Sí?
—Desayuna y ve a descansar un poco.
Asiente.
Los dos nos levantamos y le pongo en la mesa las galletas con leche y papas y le subo a Katrina el caldo de pollo. Le palpo la frente y noto que la fiebre le ha regresado.
—¡Deberíamos ir al médico!
—¡No, estoy bien!
—Te ves horrenda!
Se rio.
—No quiero ver al médico.
Alcé una ceja.
—¿Por qué?
Katrina mueve el cuello de un lado a otro.
—Me pretende.
Arrugo las cejas.
—¿¡Que!?
—Se me ha declarado, ha pedido mi mano.
Sonrío.
—¡Eso es bueno! ¿no?
Curva sus labios hacia abajo.
—¿Debería ser bueno?
—Si.
—No lo sé, no me siento preparada para casarme.
—Nunca estamos preparados para casarnos.
Ella me mira tosió. Se aclara la garganta.
—No lo sé, quizás tienes razón solo que—se quedó callada por unos segundos —. No sé, siento que no somos compatibles.
—¿Por qué?
Parpadea, tose.
—No me siento entusiasmada por él.
—Ya —digo, entendiendo lo que quiere decir —. No está enamorada.
Katrina vuelve a toser con más intensidad.
—Supongo que no. Aunque mi hermano dice que es un buen partido.
—Pero no es bueno casarse sin amor, si me permites, te recomiendo que esperes, llegará el indicado pronto.
Sonríe, tose. Carraspea.
—Hablas como si estuvieses casada.
Me quedo paralizada. Ahora soy yo la que carraspea.
—Lo estuve.
Ella abre la boca, luego, se le escapa un chorro de estornudos. Se sorbe la nariz, y me mira
—Hablaste en pasado. O sea, ¿ya no está casada?
Niego con la cabeza.
—¿Por qué?
Un destello de tristeza cruza por mi rostro, y de repente me arde la garganta.
—Murió.
Los labios de forma de corazón de Katrina forman un ovalo.
—¡Lo lamento Jimin! ¡debió ser duro! —tosió —. ¿Estabas enamorada?
Sonrío sin gracia.
—Mucho —le pongo una vez mas la mano en la frente y la aparto cuando me quema —. ¡Estas hirviendo!
Katrina se echa hacia atrás y se da por vencida.
—Me siento fatal.
—Deberíamos de mandar a llamar al doctor.
La veo poner los ojos en blanco.
—Si no tengo más opción, toca. Dile a Rock.
—¿Rock? —pregunto.
—El muchacho de afuera.
Asiento.
Entonces, me levanto y cruzo las escaleras, la sala hasta el jardín.
—Señor Rock —digo.
Él me mira.
—La señorita le manda a decir que si puede ir al médico.
Sigue mirándome con sospecha, eso me incomoda.
—Ya voy —dijo, en un tono extraño.
Lo miro con desconfianza y me voy entrando una vez más a la casa.
Estoy agotada.
Miro a la cocina y soy consciente que Albert no está. Me asusto. Salgo corriendo hacia su habitación y lo encuentro durmiendo con un pedazo de galleta en su mano derecha.
Sonrío, acercándome y quitándole la galleta de la mano. Se mueve, pero no se despierta. Asimismo, salgo de la alcoba frotándome los ojos, tengo demasiado sueño y todavía no he podido desempacar.
Me siento en las escaleras, y somnolienta, cabeceo hasta quedarme medio dormida.
Entonces, siento unas manos tocarme el pelo y me levanto de un solo golpe en posición de ataque si es necesario.
—El doctor está aquí —dice Rock.
Alterno la vista entre el doctor y Rock y asiento, ¿Por cuánto tiempo me quedé dormida?
—¡Adelante doctor! —digo.
El hombre, de cabello rubio, ojos azules, sube las escaleras como si fuera su casa y una vez esta frente a mí me mira con cautela.
—¿Usted es?
Parpadeo.
—Jimin, soy Jimin —respondo.
Sigue mirándome, ahora lo hace de arriba abajo.
—Jimin —susurró—. Un nombre extraño.
—Así somos, extraño doctor —bromeo.
Una media sonrisa se le forma en el rostro, y veo un destello de picardía y lascivia en la forma en que me mira.
—¿Dónde está Katrina?
—En su alcoba —indico.
—¡No es necesario que me acompañe, conozco la casa!
Me quedo paralizada, mirando al doctor meterse en la habitación de Katrina con tal arrogancia que me dio ganas de vomitar.
—¡Petulante! —murmuro, sin darme cuenta que Rock estaba allí —. Oh
Él esta sonriendo y no se porque, supongo por mi comentario. Nos quedamos mirando unos segundos, esa forma de mirar de Rock me incomoda, esos ojos azules intensos siento que oculta cosas, y eso me pone los pelos de punta. El sujeto no dice nada, solo se marcha dejándome sola en las escaleras.
Gracias Yahveh.
Suspiro hondo, yendo al cuarto de Katrina. Me quedo parada en el umbral y veo como el doctor la examina, tan petulante es que ni siquiera se presentó.
—¿Cómo está doctor? —me atrevo a preguntar.
Aquella mirada perezosa se dirige hacia mí.
—Tiene un fuerte resfriado, eso es todo. Necesita reposo. Cuidados. Atención —eso ultimo lo dijo mirando a Katrina de una forma extraña, me aseguro a decir que morbosa.
—Por suerte me tiene a mi —suelto, sonriendo.
Él vuelve a mirarme.
—¿En cuantos días se me pasará?
Entorna los ojos.
—A medida que te cuides.
—Me encargaré de cuidarla —respondo.
El doctor se levanta junto a su maletín lamiéndose los labios, mirando a Katrina con perversión.
—¿Lo pensó? —preguntó.
Ella abrió mucho los ojos.
—No he tenido tiempo —tosió.
—Entiendo. Espero que me acepte, le juro que seré un excelente marido.
Katrina se atraganto tosiendo.
Me quedé helada.
—Creo que es mejor dejarla descansar, doctor. ¿No le parece?
La mirada perezosa se clavó en mí. En cambio, Katrina me agradeció con los ojos.
—Bueno, la dejo, descanse, mi amada —dijo.
Salió y le acompañé a la salida.
Antes de marcharse me estudió una vez más, en un silencio tan perturbador que las señales de alerta se encendieron.
—¡Gracias por todo, doctor! —digo.
Sigue mirándome sigue teniendo esa mirada extraña que me inquieta.
—¡Cuida a mi prometida! —terminó diciendo, y se marchó.
Suspire de alivio, y agotada al mismo tiempo.
Miré la casa y tuve la necesidad de dormir un poco, y así lo hice, entonces, soñé con él. Soñé con mi hijo.
******
Notita: Mas capitulo para que disfruten, un abrazo.