ELENA No sé en qué momento pasé de tenerlo jadeando entre mis piernas… a quedarme sola, desnuda, con el sabor de su piel aún en la lengua, y la puerta cerrándose con un portazo seco. No dijo nada. Ni una puta palabra. Solo se vistió con esa prisa estúpida y se largó como si fuera algo más importante que yo. Que lo que estaba haciendo conmigo. Como si yo fuera… desechable. Me quedé ahí, de rodillas frente a la cama, mirando la puerta con la rabia subiéndome desde las entrañas. No. No iba a llorar por un cabrón como él. Pero tampoco iba a dejarlo pasar. Me puse de pie, temblando todavía, no por placer, sino por pura furia. Me cubrí con la bata, las manos aún húmedas, el cuerpo caliente y la mente hirviendo. Lo había visto en su rostro, ese cambio abrupto, esa tensión. ¿Un mensaje?

