ELENA El hotel olía a lujos que no me pertenecen y a pecado que ya me abrazaba la piel. Estaba sentada en la cama, con la bata pegada al cuerpo, mirando la ciudad desde la ventana. Aún sentía sus manos. Su sangre. Su respiración pegada a la mía. No era amor. Era una maldición. Y yo me la estaba dejando tatuar en los huesos. Alessandro Vannicelli se había duchado. Estaba al otro lado del cuarto, afilando la mirada como quien prepara otra guerra. Camisa abierta. Pecho mojado. Silencio cargado. —¿No vas a dormir? —preguntó, con esa voz baja que tiene cuando no sabe si quiere pelear… o follar. —No tengo sueño —respondí sin girarme. —¿Te arrepientes? —De qué. ¿De casarme contigo? ¿De haberte dejado follarme como una puta en el asiento trasero? ¿De mirar cómo le arrancabas el alma a un

